TALES
22 Jun 2017

TALES

La revista del relato corto Nº5. Málaga,

22 Jun 2017

La revista del relato corto Nº5. Málaga, 2017.

 

La noche en que Soler ganó el Andalucía de novela yo estaba allí. Era un premio que tenía su importancia y no estaba mal dotado económicamente. Aquella noche Soler abrió una puerta que ya nunca se cerraría para él aunque otros, estoy segura, dejaron de escribir. El fallo del premio se celebraba durante el transcurso de una cena en el Hotel Alfonso XIII de Sevilla mientras el jurado deliberaba y cenaba en una sala aparte. Entre plato y plato del banquete, su portavoz salía y, desde un atril, leía los nombres (con pseudónimos) que aún podían albergar esperanzas y los títulos bajo los que, en cumplimiento de las bases del premio, habían presentado sus obras. Durante mucho tiempo yo creí que aquella noche había probado el caviar verdadero por primera vez, aunque hoy sé que eran huevas de lumpo repintadas y creo que sigo sin haberlo probado. A nuestra mesa estaba sentado fulanito y su “Fulgor amarillo”. Lo acompañaba una mujer bastante más guapa que él y que parecía quererlo mucho. Lo miraba como si él fuese un Dios pequeño y careciera de defectos mortales, con lo que se notaba un poco que no era su mujer de verdad. Cada vez que la portavoz salía para leer la lista de finalistas, “Fulgor amarillo” seguía en ella y la chica parecía que iba a estallar su corpiño de tanto amor. Tras los postres, la lista contenía sólo tres nombres: fulanito, con “Fulgor amarillo”, y dos más, claro. Nosotros también creíamos que estábamos compartiendo mesa con el vencedor, no parábamos de animarlo y estaba más que acordado todo a lo que nos convidaría para celebrar el galardón, pero no llevábamos maldad; era la euforia del momento y nos alegrábamos sinceramente por él (y por ella). Cuando la portavoz leyó el nombre del ganador y el de su novela, las partes del cuerpo de fulanito que no quedaban ocultas a la vista con la ropa se volvieron de un gris casi azul, la mujer lo miró como si alguien sin el menor sentido de la oportunidad se lo acabara de presentar y, en un instante, habían desaparecido de esa manera que te hace pensar que nunca habían estado. Cuando nos marchábamos vimos en un sofacito que (como casi todo el mobiliario del regio hotel) parecía poco estable, a un chico muy delgado atendiendo a la prensa que lo rodeaba y que perfectamente podría estar temiendo que todo fuese un sueño. Yo no recordaba su nombre pues aún me resonaba en la memoria el de mentira, el pseudónimo bajo el que atravesó aquella noche llena de fulgor vicario y que resultó ser propio. Alguien dijo mientras dejábamos atrás la estancia: es Antonio Soler y me alegro mucho.

(…)
En los tres puntos de arriba es donde la vida cambia. Salvajemente.

Al año siguiente nos volvieron a invitar a la ceremonia del fallo del mismo premio literario pero, justo cuando llegábamos a casa para vestirnos adecuadamente para la cena, en esos mismos segundos en que algo sucede y ya no vuelves nunca a ser como eras, una portería de fútbol cayó sobre un niño que vivía en nuestro bloque. Recién apagado el motor del coche, unas vecinas que corrían angustiadas nos gritaron que lo pusiéramos de nuevo en marcha. El padre sostenía a su hijo como una pietà al suyo y ocuparon el asiento de atrás mientras corríamos contra el tiempo hacia el Virgen Macarena. Quedaba muy cerca, el tráfico estaba ausente (era un sábado abrasador, no recuerdo ahora si de julio) y dudo que llegáramos a tardar siete minutos en recorrer todo el trayecto. Quien era mi marido conducía, yo agitaba un pañuelo blanco con la ventanilla bajada y, como una sirena, el padre ululaba inconsolable mientras sostenía a su hijo. Justo cuando íbamos a alcanzar el hospital, nos cruzamos con el coche que conducía la madre del niño y que regresaba de hacer esas compras tan necesarias cuando damos por descontados el aliento. Ninguno de nosotros la vio, pero ella sí a nuestro coche, que volaba por las calles de Sevilla con el horror recorriendo toda su chapa, un pañuelo que suplicaba auxilio y a su marido (que apenas si nos conocía) ocupando el asiento de atrás. Por supuesto, hizo un giro suicida y nos siguió. Apenas a unos estertores de derrapar ante la puerta de urgencias, la sangre dejó de manar como un torrente y el niño murió. Hasta entonces, yo no sabía a qué huele toda la sangre que nos mantiene vivos cuando recorre nuestro cuerpo, pero no evoca en lo más mínimo al pensamiento que tenemos de la sangre y su olor. Huele más bien a todo el hierro que sostiene, invisible, un rascacielos cualquiera (de los más altos) de Nueva York. Sobre una de las alfombrillas traseras había quedado uno de los zapatos del niño. Era muy pequeño y lo recuerdo perfectamente. He ido olvidando cosas infinitas a lo largo de los muchos años que han pasado desde aquella tarde, pero cada vez recuerdo mejor aquel zapato muerto que dos días después entregué a su madre.

Belén Rubiano.

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