Los hermanos Burgess
27 Jun 2017

Los hermanos Burgess

Las pelusas estaban barridas y amontonadas en

27 Jun 2017

Las pelusas estaban barridas y amontonadas en el centro del salón y la luz vespertina que entraba por las ventanas era indiferente, cruda. Las paredes desnudas parecían decirle con hastío: “Lo sentimos. Pensabas que esto era un hogar. Pero sólo era esto, desde el principio”.

Los hermanos Burgess.
Elizabeth Strout.
Ed. Austral.

 

Francamente, no logro recordar cómo era mi vida cuando no leía a Elizabeth Strout pero, que necesito que viva muchos años para que siga escribiendo, es seguro. No tiene un libro malo. No tiene una novela que no sea magistral. No firma un texto que no merezca el Pulitzer, aunque sólo lo ganara por “Olive Kitteridge”. No busca historias, es una escritora de raza y, como todos los que son así de nacimiento, sólo tiene un tema. O tema y medio: en su caso, a veces la familia, casi siempre, la maternidad. Desde el punto de vista de la madre o desde la perspectiva del hijo, pero eso es todo: inagotable.
Steinbeck, Faulkner, Melville, Henry James, Willa Cather, Highsmith, Carson McCullers (de entre los muertos). Philip Roth, Anne Tyler, Richard Russo, Joyce Carol Oates, el primer Auster (de entre los vivos). Olvido a muchos, sin duda, pero ahora mismo os explico a santo de qué los arriba retahilados. Sevilla es una ciudad llena de guiris y de sevillanos (claro) y yo soy una persona a la que le gusta tomar café en la calle y que siempre lleva un libro en el bolso. Pero sólo leo si las conversaciones (las verbales y las mudas) ajenas y cercanas no despiertan mi atención. A estas alturas de mis años tengo ya, como es lógico, mi propia opinión sobre lo que distingue a las nacionalidades socio-económicas más inclinadas al hecho de viajar y con la posibilidad de soportar el coste de esos efímeros traslados. Digamos que hablo de una forma de estar (en la vida) y de mirar (esa misma vida). Todos nacemos al azar en cualquier sitio y ese lugar, de algún modo, nos construye. Pues bien, en todos menos en los norteamericanos, yo encuentro una correspondencia bastante justa (incluyendo a los trianeros) entre sus literaturas y sus maneras de narrar sus vidas a la sombra de un bar; ya sean canadienses, rusos, portugueses, mexicanos, japoneses, ingleses, italianos, argentinos o franceses. En cambio, a los norteamericanos, creo que les deberé siempre esta impagable perplejidad que me permite no olvidar que nunca vemos nada. Cuando los leo (ahora sí os remito a las retahílas de arriba) no encuentro la menor similitud con sus modos de ocupar una mesa durante un tiempo dado. Creo que ellos solos se bastan para demostrar que la literatura es la ciencia (sí, ciencia) de la condición humana mientras que en el velador de al lado yo sólo percibo almas más buenas que malas, pero cándidas e infantiles que, sólo por cubrir más superficie de cuerpo que la que ofrece un niño a la intemperie, compran su ropa en secciones de adultos. Leed a Elizabeth Strout. Este o cualquiera de sus libros. En serio.

Belén Rubiano.

Por cierto, es una suerte que la editorial haya fijado el precio del libro atendiendo únicamente a su formato de bolsillo pues, de haber querido cobrar unos céntimos por cada errata que contiene la edición, sería tan económico como una Biblia Gutenberg o pedir langosta en Maxim’s.

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