agosto 2017

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Un mal secreto

– Los egipcios creían que el corazón era el órgano del  pensamiento. Desdeñaban el cerebro.
– Y ahora la ciencia ha descubierto neuronas en el recubrimiento del corazón.
– Y en los intestinos.
– Exacto. Por eso, a veces tenemos “pensamientos viscerales”.
– Y por eso se nos rompe el corazón.
– Ajá.

Un mal secreto.
Ann-Marie MacDonald.
Editorial Lumen.

1. Ann-Marie Mac Donald, por no hacer mudanza en su costumbre, lo ha vuelto a hacer: una novela magistral.
2. Claro, como la pobre (aunque nacida en Baden-Baden) es canadiense, no le salen de las otras.
3. En realidad, lo hizo en 2014, pero quienes no leemos en inglés tenemos que agradecer a Lumen su reciente traducción en tiempo relativo (que nunca es el de las novedades librescas).
4. Ann-Marie Mac Donald es dueña de una complejidad, alcance e inteligencia tan generosos como abrumadores. Encima, le acompaña una prosa que, a su manera, roza la perfección de lo eficaz si tal cosa existiera.
5. Como todos los grandes escritores, esta mujer solo tiene un tema y se podría decir que siempre escribe (y escribirá) el mismo libro.
6. Los militantes en cierta forma de vagancia podrían afirmar (y sería veraz) que escribe sobre las raíces invisibles de la homosexualidad femenina.
7. Quienes tengan una tolerancia a lo cómodo más baja, seguramente coincidirán conmigo en que “su tema” tiene un calado mucho más universal y difícil de acotar. Mac Donald se hace dos preguntas y en sus cartografías desarrolla sus novelas: ¿cómo podríamos saber cuándo fue la primera vez que alguien nos hizo daño? La otra: ¿serviría de algo el acceso a esa respuesta?
8. Por supuesto y como de costumbre, ceci n’est pas una crítica literaria. Si acaso, una afirmación poco temeraria: sus libros cuestan muchísimo menos de lo que valen. Yo ya he cumplido con avisaros.

Belén Rubiano.

Felicidad familiar

Felicidad familiar.

Laurie Colwin.

Libros de Asteroide.

“Querida Eva: los últimos seis meses han sido los más lúgubres de mi vida. Puede que algún día te sientas como yo. Un día despertarás y los trinos habrán desaparecido. Puede que no te pase nunca, pero me ha pasado a mí. Todo se vuelve muy difícil. Tu querido hermano no ha cambiado ni un ápice. Su forma de ser me ha derrotado: trabaja demasiado, está fuera a menudo y cuando está presente está ausente. Yo, en cambio, tengo una aventura adulterina. (…) Todos los días lloro por lo menos una vez.”

1. Hay dos clases de libros de ficción: los escritos antes de que se inventara el teléfono móvil y los otros. Yo prefiero, de lejos, a los pioneros.
2. Bueno, hay una tercera clase de los segundos que respeto y admiro especialmente: los que, portando los escritores de los mismos un teléfono en el bolsillo o en el bolso, olvidan que tal progreso existe cuando trabajan con sus argumentos y  personajes; de modo que se buscan la vida para que estos últimos se tengan que comunicar en la distancia atendiendo a las obligaciones de un tempo clásico que, aun siendo hoy ya anacrónico, es más veraz.
3. Sostengo, además, que existen dos clases de escritores de primera fila (es que no estoy hablando de los otros, que son legión): quienes nos donan cuanto tenían dentro (algunos, hasta la última gota) y quienes mueren antes o prefieren dejar de escribir (unos egoístas vividores o amantes del descanso eterno, eso es lo que son).
4. Laurie Colwin, con cuarenta y ocho tartas de cumpleaños apagadas en su haber, dejó de escribir en 1992. Y no por frivolidad, es que se murió.
5. Es la crítica más destructiva que se le puede hacer a su obra. De verdad, si la leéis entenderéis mi desconsuelo: algunas muertes tempranas son de una perfecta desfachatez.
6. Su tema es la naturaleza de lo que llamamos amor: su hallazgo, su defensa, su abandono, su aliento, su lastre, su importancia vital, nuestra desidia, su ahora sí, su ahora no, su prodigiosa capacidad de volver a aparecer cuando ni está ni se le espera, su facultad de revivirnos mientras que, a la par, nos desmenuza como pan rallado entre los dedos…
7. El punto anterior viene a cuento porque yo soy la primera que, en ocasiones, no tiene más ambición que leer bonitos asesinatos por resolver o sobre gente que busca la paz y cosas así.
8. Y es tan buena esta Colwin que aunque ni remotamente seamos, como sus personajes, hermosos ejemplares de neoyorquinos ricos, se la entiende perfectamente. Eso tiene mucho mérito, no me digáis que no.

Belén Rubiano.

Los Papalagi

Los Papalagi.

Edición de Erich Scheurmann.

Dibujos de Joost Swarte.

RBA.

“Los Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos (…) La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que son”.

El gran jefe samoano Tuiavii de Tivea nos llamó los Papalagi. Tras visitar Europa a finales de los años veinte regresó a Upolu, su isla Polinesia, sinceramente aterrorizado y preocupado por el hombre blanco. Pero algo de horror propio hay también en su aversión a nuestro consumir los días, vivir mal y comprar cosas. Como si presintiera que una enfermedad tan localizada en un continente concreto pudiese, algún día (y no lo permita jamás el Gran Espíritu) alcanzar a sus hermanos. Me atrevo a afirmar que ni una sola frase del largo discurso tiene desperdicio o ha envejecido mal. Su mirada sobre nosotros es certera, ingenua, amorosa y lúcida. Y es tan divertido en sus percepciones que pudiera ser muy fácil no darnos cuenta de que estamos ante el texto más triste y compasivo que hayamos leído antes sobre nosotros mismos. La voz de Tuaivii nos sigue advirtiendo, desde esta reimpresión tan deliciosa como económica, de que no sabemos vivir, que no hemos entendido nada, ni hay inteligencia alguna en pasar los días haciendo daño y autolesionándonos. Vivir, parece apuntar el de Tivea, es un misterio tan complejo como paradójico porque, careciendo de sentido o finalidad es, ante todo, un acto sagrado.

El gran jefe samoano no sospechó nunca que sus humildes palabras llegarían a imprimirse en papel tosco y que aun muchos años después de la primera edición (1929) las podríamos adquirir con metales redondos y rectángulos de plástico. Posiblemente se hubiera sentido, de saberlo, terriblemente avergonzado pues todo buen hombre sabe que el colmo de la mala educación es dejar a otros en evidencia.

Belén Rubiano

A contraluz

A contraluz
Rachel Cusk
Libros del Asteroide

 

“Me acordaba muy a menudo del capítulo de “Cumbres borrascosas” en el que Heathcliff y Cathy, en el sombrío jardín, miran por las ventanas de la sala de los Linton y observan la iluminada escena familiar que tiene lugar puertas adentro. Lo fatal de esa visión es su subjetividad: al mirar por la ventana, los dos ven cosas distintas: Heathcliff algo que odia y teme, y Cathy, algo que desea y que echa en falta. Pero ninguno ve las cosas como realmente son. Y, de igual manera, yo empezaba a ver mis propios miedos y mis propios deseos manifestándose fuera de mí, empezaba a ver en las vidas ajenas un comentario de la mía.”

1. Carol Shields, Robertson Davies, Rohinton Mistry, Ann-Marie MacDonald, Margaret Laurence, Margaret Atwood, Malcolm Lawry, Alice Munro, Mavis Gallant, etc. Si naces en Canadá y eres escritor, estás condenado a ser muy bueno.
2. Los nacidos en Canadá también pueden ser escritores malos o mediocres, pero el Gobierno canadiense tiene un control muy férreo sobre los derechos de traducción de dichos escritores, ya que les encanta presumir de literatos estupendos allende sus fronteras.
3. Rachel Cusk (canadiense de nacimiento) es muy buena. Es posible que para la calidad literaria baste con vivir en Canadá los primeros siete años y luego ya te puedas ir a donde te lleven los mayores.
4. Tampoco hay que descartar a lo loco que puedan ser propiedades desconocidas (por ahora) del jarabe de alce.
5. A escribir se aprende leyendo y ensayando. No existen otros caminos ni atajos.
6. Bueno, también es imprescindible que el día de tu nacimiento la única hada madrina que estuviera de guardia no fuese la que regalaba el don de dormir a las piedras. Imprescindible, la verdad.
7. Hay dos clases de personas y nada más: quienes son capaces de narrarse a sí mismos y quienes no. Yo admiro a los primero y siempre los admiraré.
8. La mitad de los susodichos primeros se hacen escritores cuando son mayores. Los otros son muy apreciados en las reuniones de amigos y, en general, viven mejor que los que se hacen escritores. Normal.
9. La vida real no existe, ya que todo es opinión. A partir de ahí elaboramos la memoria y los recuerdos de lo que fuera que pasó. Si el tiempo acompaña, hasta los analizamos. Dicho análisis también está sujeto a la acción del tiempo sobre él. No es fijo ni sólido, sino portátil y voluble. Si somos honrados, hasta lo reconocemos.
10. Además de sobre el proceso creativo, la meta literatura y todo eso, Rachel Cusk sabe lo suyo sobre la vida y sobre la naturaleza de lo que llamamos amor que grita, amor que calla, amor que llora…

Belén Rubiano.