octubre 2017

Viewing posts from octubre , 2017

La librería

La librería.
Penelope Fitzgerald.
Ed. Impedimenta.

Estimada Sra.,
Me gustaría desearle suerte. En tiempos de mi bisabuelo había un librero en High Street quien, al parecer, tumbó a un cliente con un libro cuando éste se puso pesado. Se había producido algún retraso en la llegada de la última parte de una nueva novela, creo que era Dombey e hijo. Desde ese día hasta hoy, nadie ha tenido el valor suficiente para vender libros en Hardborough
.

Disfruto mucho (incluso los mediocres) los libros sobre librerías, aunque son muy pocos los que me gustan de verdad y puedo recomendar (84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, los del argentino Héctor Yánover y pocos más). Por supuesto, leí este de Penelope Fitzgerald en 2010, recién salido de imprenta, y aunque no comparto que la novela sea, ni de lejos, “la obra maestra de la entomología librera” que afirma su tapa trasera, me parece muy valiosa y, sin ser un texto en absoluto delicioso, sí lo leí con verdadero deleite. A mi modo de ver, Fitzgerald posa su mirada en varios aspectos que echo de menos en casi todos los libros que narran el que para mí es el oficio más hermoso que existe: plantar una librería en cualquier lugar del mundo y defender su existencia contra toda sequía.

1. Que, por muy promiscuo (en el sentido de la casi siempre feliz compañía que procuran los clientes) y estimulante que sea el día a día de estar al frente de miles de libros cuidadosamente seleccionados y expuestos, un librero siempre está completamente solo, pues no hay soledad más sólida que la que se puede padecer en la sillita que el director de tus humildes números rojos te permite mal ocupar a efectos del temido “tenemos que hablar de la renovación de su línea de crédito”.
2. Que es mentira que el mundo mire con benevolencia a los libreros ya que, desde Gutenberg, los tiene muy calados y los intuye como verdaderamente son: perfectos revolucionarios o rebeldes que, al no estar sometidos a las servidumbres que siempre conlleva el temor a perder una vida más o menos desahogada gracias a unos ingresos regulares, son capaces de conseguir, casi sin medios y mediante el tráfico legal de libros, un desembrutecimiento de las masas que, por lo visto, tanto para quienes dirigen esta tragicomedia que llamamos vida civil, como para el señor del bar de al lado, resulta poco conveniente.
3. Que afirmar que “leer es sexy” es una boutade. Sólo leen los lectores y, para dichos especímenes, leer es, sencillamente, inevitable. Lo que sí es sexy (y mucho) es comprar libros y evitar así la quiebra de todas las editoriales que no pertenecen a los dos grupos en los que estáis pensando, así como el cierre de cualquier librería; únicos territorios insurrectos, a día de hoy, contra el pensamiento impar. También es sexy (y mucho), precisamente porque el propósito es noble y carece de margen comercial que avale la cordura del empeño, venderlos o intentarlo.

Porque es triste la soledad y cala en los huesos, porque la inquina hipócrita es incómoda y porque ser sexys es mejor que no serlo, cuiden a sus libreros, por favor, como si fuese a tronar mañana sin una preciosa librería en la que encontrar, a cambio de casi nada, toda la lucidez, refugio y sensibilidad de la que, a menudo, carece cuanto queda fuera de ella.

Belén Rubiano.

El círculo de los Mahé

El círculo de los Mahé.
Georges Simenon.
Ed. Acantilado.

1. Aunque a quienes les interese el tema les recomiendo el libro “El acoso moral” de Marie-France Hirigoyen (psiquiatra, psicoanalista, psicoterapeuta y francesa) publicado en Paidós, aquí me basaré, por comodidad mía y nada más, en la lectura de una entrevista a Jean-Charles Bouchoux (psicoanalista, psicoterapeuta y francés), autor de “Los perversos narcisistas”; libro publicado por Arpa y que no he leído.
2. Dice Jean-Charles que el perverso narcisista es alguien que roza la psicopatía y que, por temor a caer en la psicosis, emplea mecanismos de auto defensa encaminados a que sea su víctima elegida quien soporte toda su suciedad, perdón, su neurosis. Asegura que jamás se sienten ni confiesan culpables de nada porque logran (gracias a sus víctimas) ir tirando y normalizar así su tara. Lo dice con otras palabras tan sinónimas o más. Sigo. Que maltratan, sí, pero porque la víctima se lo merece (y han logrado, además, su humillación cuasi voluntaria) y que, si rozan el límite de la ley es porque ellos son “la ley” y no está tan claro el conflicto legal. Ah, y que nunca cambian, pues eso sólo podría suceder si el perverso tomara consciencia de que “el otro” es, efectivamente, otredad hermosa, pura y clara (en cuyo caso ya no sería un perfecto perverso narcisista sino una persona de bien con sus cosillas, su miedo al dolor, al abandono, a la muerte y tal). A propósito del perfil de las víctimas, asegura que éste no existe y que cualquiera de nosotros, sólo por estar vivos, aunque no tuviéramos la autoestima bajita ni nada, podríamos acabar de pienso de su bulimia. Dice también Jean-Charles (ante la perplejidad de la entrevistadora, supongo, de que haya víctimas que se ofrezcan para eso) que, muy al principio, utilizan todas sus artes seductoras. Digamos que la víctima se siente verdaderamente amada, deseada y (en lo más íntimo) comprendida. Digamos que, cuando se acabó lo que se daba, aparecerá una (la primera) “mancha”. La misma a la que se aferrará el perverso para sentirse legitimado para reeducar a su víctima. Sostiene también el francés que sí hay un denominador común en estos tipos: su infancia. Una niñez en la que el padre está ausente y en la que la madre da al hijo regalías de príncipe mientras espera al rey. Preguntado Bouchoux por la salida que les queda a las víctimas, dice que sólo tres: caer en una profunda depresión invalidante, abrazar alguna forma de locura o (las menos, porque cientos de mecanismos perversos ya se han abierto y enredado como raíces oxidadas) pedir ayuda.
3. Os he contado esta brasa porque todos los protagonistas de las novelas de Simenon son perversos narcisistas. Todos. También Maigret (pobre madame Maigret. Dame, Señor, treinta años más de vida y escribiré tu libro, Louise Leonard). También Simenon… Si creéis que tengo la pluma muy larga, leed sus casi doscientos libros, buscad la entrevista que le concedió a Bernard Pivot y luego me acusáis de hablar a la ligera.
4. Sigo leyendo a Simenon y, la pasada semana, cayó uno de los pocos que aún me quedaban: “El círculo de los Mahé”. Aunque creo que el siglo XX fue realmente generoso en genios literarios, jamás se me ocurriría cuestionar en dicha lid el liderazgo del grafómano belga. Simenon es un clásico y un grandísimo escritor que siempre escribió la misma historia: la de un hijo de puta, perdón, la de un perverso narcisista, contada por él mismo, que nunca acaba de vengarse como desearía de no sabe qué. Sí, soy fan, pero también es cierto que empieza a cansarme ese je ne sais quoi sórdido tan suyo, esa crueldad latente y ese asco profundo que me está empezando a dar contribuir a la reimpresión de las historias de unos individuos que, a diferencia de los tiempos en que fueron escritas, hoy sí serían denunciables, punibles y leídas arrugando la nariz y el alma.
5. Que una cosa es leer y, otra muy distinta, vivir. Si os pasara, no lo dudéis: ni depresión, ni amago de locura, ni renuncia al instinto de vivir bien. Aun sin salvar los muebles: ¡huid!.

Belén Rubiano.

Dickens, mon amour

Me dispongo a convenceros de que disfrutéis de Dickens quienes aún tengáis la inmensa fortuna de no haberlo leído, lo que os envidio aun más que un diagnóstico benigno o un décimo premiado, pues siempre es una buena idea mantener intonsas algunas felicidades, por aquello de que el futuro no sea un páramo.
Algunos apuntes y luego voy al trigo:

1. Dickens, como todo gran escritor, siempre escribió el mismo libro. En sus historias siempre hay una lucha malsabora de sus protagonistas por (no ya, que también) dejar atrás la pobreza, sino la miseria que suele adornarla. Los niños de Dickens no quieren ser ricos algún día, quieren ser auténticos caballeros. Son niños que (vaya usted a saber de dónde les viene esa sed de belleza) aspiran a una vida delicada y, aunque luego tengan que llegar a cuidar sin rencor a sus padres de verdad, son siempre hijos de sí mismos. Y no hay más.
2. Bueno, sí, todo lo que ya sabéis: el miedo y la soledad que sólo en la infancia se puede llegar a sentir, la estulticia de los gobernantes, la lesiva endogamia de la aristocracia, la no justicia del poder judicial, la denuncia social, la insalubridad global (material y espiritual) del siglo XIX… Y el amor, of course; el que sostiene las convenciones sociales (comúnmente llamado matrimonio) y el que descubre lugares inesperados del propio corazón.
3. Aunque prefería no elogiar a un autor salvo para poner en evidencia (así como de paso) las carencias de otro escritor, estoy segura de que Borges fue absolutamente sincero cuando destacó los méritos literarios tan poco pedantes de Dickens. Después de haber leído ya mucho, aseguró que podía hablar de la experiencia de “volver a estrenar el verbo leer” cuando devoró su obra. Os lo cuento por si os fiáis del argentino más que de mí, que es lo que yo haría.
4. Hace unos años, yo tenía en un lugar destacado de mi casa un gran retrato de Dickens comprado en Padilla. Un día, durante un almuerzo familiar, uno de mis sobrinos preguntó: ¿quién es ese hombre? Yo le respondí: es Dickens, mon amour. Él siguió a lo que estaba pero enseguida oí cómo le decía bajito a su madre y mi hermana: pues la tita leerá mucho, pero vaya novio feo y viejo que se ha echado la pobre…

Y, de más a menos, voy al trigo:

David Copperfield. Espectacular. Hasta sus defectos son maravillosos. No me parece bien que nadie deje este mundo sin haberla leído. Después de todo, no es tanta la felicidad que se le puede negociar a nuestra estancia aquí. Para cualquier lector y en cualquier momento de su edad. Incluso si el sujeto que lee no estuviera previamente preparado para la dicha. No importa.

La Casa Lúgubre. Estoy de acuerdo con Chesterton, quien decía que no es su mejor libro pero sí, seguramente, su mejor novela. Creo, además, que cualquier juez, fiscal, abogado o procurador debería estar inhabilitado para ejercer si no la ha leído. Es más, creo que deberían poner en la calle inmediatamente a todos los presos que tampoco hayan tenido la oportunidad. Posiblemente, de haber tenido ocasión de hacerlo, no hubieran acabado con sus huesos en una celda.

Grandes esperanzas. Amo este libro.

La pequeña Dorrit. Extenso, pero lo vale. Y preciosa historia de amor donde las haya.

Nuestro común amigo. Me pareció la más coral de sus novelas y, al principio, es un lío. Enseguida compensa y es inolvidable.

Dombey e hijo. El tal Dombey es un hombre muy rico que tiene un hijo y una hija. Al niño lo quiere más que a sus ojos pero, encontrando en él rarezas que le hacen pensar que ha nacido “pasado de moda” lo manda a un internado y el niño se le muere. A la niña no la puede ni ver, ni de pequeña ni de mayor. Bueno, pues mejor hija es ella y mejor lo trata. Para disfrutar leyendo sin más.

Nicholas Nickleby. Muy divertida y muy triste.

Tiempos difíciles. Con ésta inauguro la decadencia: sólo para fans. No está mal, denuncia social y poco más. Es buena tallada con la obra de otros y débil comparada con las arriba citadas.

Martin Chuzzlewit. Dickens anduvo de gira por América y no le gustó lo que vio. Por lo visto, tenía sus buenas esperanzas de que una sociedad tan nueva no cometería los mismos errores que la rancia Europa y volvió bastante decepcionado. Tras la publicación de este libro, sus admiradores americanos dijeron todos a una: pues ya verá como se le ocurra volver por aquí. Tampoco es que los criticara tanto, pero la novela no es buena, eso sí es verdad.

Los papeles póstumos del Club Pickwick. Una ida de olla, ni siquiera es una novela, sino una suma episódica de aventuras sin pies ni cabeza. Don Quijote y Sancho sin filosofía ninguna (sólo sentidos) con un montón de amigos de buen beber unos años después de Cervantes. Para colmo, mi traducción es un horror firmado por Pérez Galdós, que también pimplaría lo suyo durante la misma. No lo he leído entero aunque tampoco lo descarto, que la vida puede llegar a ser muy baldía.

Oliver Twist. Es mala y sólo sirve como literatura juvenil o para ser llevada al cine. Dickens era muy joven cuando la escribió y se nota. Al menos, en ella está presente (de un modo muy plano e ingenuo) buena parte de todo lo que escribió después.

La tienda de antigüedades. No la acabé ni pienso hacerlo. Qué horror. Cuenta la historia de la pequeña Nell, más buena y bonita que todas las cosas y que sólo tiene en el mundo a su abuelo para protegerla. El anciano solo posee dos cualidades: es viejo y estúpido. Y, claro, Nell muere, lo que hizo que a Dickens le tiraran de todo por las ventanas de las calles de Londres cuando se publicó el desenlace de la novela por entregas. Hasta escupideras sin lavar. Pero se lo merecía.

Historia de dos ciudades. Mi bestia negra de la obra de Dickens. A ver, sostengo (y algún día alguien más erudito que yo y con más tiempo lo demostrará con documentos hallados y todos esos avíos) que no sólo es mala con codicia sino que ni siquiera la escribió Dickens. No hay en ella nada por lo que se pueda reconocer su mano o su corazón: ni estilo, ni profundidad, ni humor, ni temas, nada. Está mal escrita y apenas si serviría para conciliar el sueño. La Revolución Francesa contada para torpes por un discípulo poco dotado del gran escritor. Lo que me gustaría saber es qué le impulsaría a aceptar su autoría y por qué los planes de estudio suelen incluir esta obra tan disuasoria de un genio tan inmenso y generoso como Dickens.

Belén Rubiano.

La soledad del aguacero

La soledad del aguacero.
Rafael Adolfo Téllez.
Ed. Renacimiento.

Si hoy pisamos tú y yo
al fin las calles de Córdoba,
las calles humildes que dan al atardecer
donde alguien, parsimoniosamente, remueve
las ascuas de un brasero
y ahuyenta, así, los viejísimos astros.
Si a nuestro paso un viento inmemorial enlaza
lo remoto y este sol que en mi sangre arde.
Si en la linde de un aljibe somos
el rastro último del amor
y su callado imperio de rosas y músicas y sombra

es que regreso a los patios de mi nacimiento,
es que se hunde del todo en lo oscuro
la historia de mi corazón,
es que voy a morir.

1. Puede que el amor prefiera ser una idea asonante en manos de poetas que por disponer para ello de todo el tiempo del mundo que no les robó el gasto del amor ni su cuidado han podido, con métrica, disecarlo. Puede que el amor esquive a los que aman en activo.
2. Conocí a Téllez en 1989 (casi recién llegada a Sevilla) donde él ya vivía, escribía versos inmortales que robaba al pasado, hablaba de Vallejo y Félix Grande a quien quisiera escucharlo y (como levantar todo un universo poético jamás ha servido para pagar una factura importante) trabajaba en La Carbonería, donde padecía la miseria dorada de los tocados por la gracia. Durante algunos años, lo traté lo suficiente como para poder nombrarlo con respeto y cariño el resto de mi vida, aunque no lo bastante para poder decir: lo conozco y soy su amiga.
3. Rafael Adolfo Téllez, como todo gran escritor, tiene poquísimos temas y siempre escribe y escribirá los mismos versos: la novia huida y la vigencia de los muertos. Es muy bueno y, si no me creéis, esta humilde antología editada con el mimo que él merece, prologada con acierto por Trapiello y clausurada con fervor cómplice por Cabanillas debería bastar como prueba.
4. Comala c’est toi, Rafa.

Belén Rubiano.