Dickens, mon amour
20 Oct 2017

Dickens, mon amour

Me dispongo a convenceros de que disfrutéis

20 Oct 2017

Me dispongo a convenceros de que disfrutéis de Dickens quienes aún tengáis la inmensa fortuna de no haberlo leído, lo que os envidio aun más que un diagnóstico benigno o un décimo premiado, pues siempre es una buena idea mantener intonsas algunas felicidades, por aquello de que el futuro no sea un páramo.
Algunos apuntes y luego voy al trigo:

1. Dickens, como todo gran escritor, siempre escribió el mismo libro. En sus historias siempre hay una lucha malsabora de sus protagonistas por (no ya, que también) dejar atrás la pobreza, sino la miseria que suele adornarla. Los niños de Dickens no quieren ser ricos algún día, quieren ser auténticos caballeros. Son niños que (vaya usted a saber de dónde les viene esa sed de belleza) aspiran a una vida delicada y, aunque luego tengan que llegar a cuidar sin rencor a sus padres de verdad, son siempre hijos de sí mismos. Y no hay más.
2. Bueno, sí, todo lo que ya sabéis: el miedo y la soledad que sólo en la infancia se puede llegar a sentir, la estulticia de los gobernantes, la lesiva endogamia de la aristocracia, la no justicia del poder judicial, la denuncia social, la insalubridad global (material y espiritual) del siglo XIX… Y el amor, of course; el que sostiene las convenciones sociales (comúnmente llamado matrimonio) y el que descubre lugares inesperados del propio corazón.
3. Aunque prefería no elogiar a un autor salvo para poner en evidencia (así como de paso) las carencias de otro escritor, estoy segura de que Borges fue absolutamente sincero cuando destacó los méritos literarios tan poco pedantes de Dickens. Después de haber leído ya mucho, aseguró que podía hablar de la experiencia de “volver a estrenar el verbo leer” cuando devoró su obra. Os lo cuento por si os fiáis del argentino más que de mí, que es lo que yo haría.
4. Hace unos años, yo tenía en un lugar destacado de mi casa un gran retrato de Dickens comprado en Padilla. Un día, durante un almuerzo familiar, uno de mis sobrinos preguntó: ¿quién es ese hombre? Yo le respondí: es Dickens, mon amour. Él siguió a lo que estaba pero enseguida oí cómo le decía bajito a su madre y mi hermana: pues la tita leerá mucho, pero vaya novio feo y viejo que se ha echado la pobre…

Y, de más a menos, voy al trigo:

David Copperfield. Espectacular. Hasta sus defectos son maravillosos. No me parece bien que nadie deje este mundo sin haberla leído. Después de todo, no es tanta la felicidad que se le puede negociar a nuestra estancia aquí. Para cualquier lector y en cualquier momento de su edad. Incluso si el sujeto que lee no estuviera previamente preparado para la dicha. No importa.

La Casa Lúgubre. Estoy de acuerdo con Chesterton, quien decía que no es su mejor libro pero sí, seguramente, su mejor novela. Creo, además, que cualquier juez, fiscal, abogado o procurador debería estar inhabilitado para ejercer si no la ha leído. Es más, creo que deberían poner en la calle inmediatamente a todos los presos que tampoco hayan tenido la oportunidad. Posiblemente, de haber tenido ocasión de hacerlo, no hubieran acabado con sus huesos en una celda.

Grandes esperanzas. Amo este libro.

La pequeña Dorrit. Extenso, pero lo vale. Y preciosa historia de amor donde las haya.

Nuestro común amigo. Me pareció la más coral de sus novelas y, al principio, es un lío. Enseguida compensa y es inolvidable.

Dombey e hijo. El tal Dombey es un hombre muy rico que tiene un hijo y una hija. Al niño lo quiere más que a sus ojos pero, encontrando en él rarezas que le hacen pensar que ha nacido “pasado de moda” lo manda a un internado y el niño se le muere. A la niña no la puede ni ver, ni de pequeña ni de mayor. Bueno, pues mejor hija es ella y mejor lo trata. Para disfrutar leyendo sin más.

Nicholas Nickleby. Muy divertida y muy triste.

Tiempos difíciles. Con ésta inauguro la decadencia: sólo para fans. No está mal, denuncia social y poco más. Es buena tallada con la obra de otros y débil comparada con las arriba citadas.

Martin Chuzzlewit. Dickens anduvo de gira por América y no le gustó lo que vio. Por lo visto, tenía sus buenas esperanzas de que una sociedad tan nueva no cometería los mismos errores que la rancia Europa y volvió bastante decepcionado. Tras la publicación de este libro, sus admiradores americanos dijeron todos a una: pues ya verá como se le ocurra volver por aquí. Tampoco es que los criticara tanto, pero la novela no es buena, eso sí es verdad.

Los papeles póstumos del Club Pickwick. Una ida de olla, ni siquiera es una novela, sino una suma episódica de aventuras sin pies ni cabeza. Don Quijote y Sancho sin filosofía ninguna (sólo sentidos) con un montón de amigos de buen beber unos años después de Cervantes. Para colmo, mi traducción es un horror firmado por Pérez Galdós, que también pimplaría lo suyo durante la misma. No lo he leído entero aunque tampoco lo descarto, que la vida puede llegar a ser muy baldía.

Oliver Twist. Es mala y sólo sirve como literatura juvenil o para ser llevada al cine. Dickens era muy joven cuando la escribió y se nota. Al menos, en ella está presente (de un modo muy plano e ingenuo) buena parte de todo lo que escribió después.

La tienda de antigüedades. No la acabé ni pienso hacerlo. Qué horror. Cuenta la historia de la pequeña Nell, más buena y bonita que todas las cosas y que sólo tiene en el mundo a su abuelo para protegerla. El anciano solo posee dos cualidades: es viejo y estúpido. Y, claro, Nell muere, lo que hizo que a Dickens le tiraran de todo por las ventanas de las calles de Londres cuando se publicó el desenlace de la novela por entregas. Hasta escupideras sin lavar. Pero se lo merecía.

Historia de dos ciudades. Mi bestia negra de la obra de Dickens. A ver, sostengo (y algún día alguien más erudito que yo y con más tiempo lo demostrará con documentos hallados y todos esos avíos) que no sólo es mala con codicia sino que ni siquiera la escribió Dickens. No hay en ella nada por lo que se pueda reconocer su mano o su corazón: ni estilo, ni profundidad, ni humor, ni temas, nada. Está mal escrita y apenas si serviría para conciliar el sueño. La Revolución Francesa contada para torpes por un discípulo poco dotado del gran escritor. Lo que me gustaría saber es qué le impulsaría a aceptar su autoría y por qué los planes de estudio suelen incluir esta obra tan disuasoria de un genio tan inmenso y generoso como Dickens.

Belén Rubiano.

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