El círculo de los Mahé
27 Oct 2017

El círculo de los Mahé

El círculo de los Mahé. Georges Simenon.

27 Oct 2017

El círculo de los Mahé.
Georges Simenon.
Ed. Acantilado.

1. Aunque a quienes les interese el tema les recomiendo el libro “El acoso moral” de Marie-France Hirigoyen (psiquiatra, psicoanalista, psicoterapeuta y francesa) publicado en Paidós, aquí me basaré, por comodidad mía y nada más, en la lectura de una entrevista a Jean-Charles Bouchoux (psicoanalista, psicoterapeuta y francés), autor de “Los perversos narcisistas”; libro publicado por Arpa y que no he leído.
2. Dice Jean-Charles que el perverso narcisista es alguien que roza la psicopatía y que, por temor a caer en la psicosis, emplea mecanismos de auto defensa encaminados a que sea su víctima elegida quien soporte toda su suciedad, perdón, su neurosis. Asegura que jamás se sienten ni confiesan culpables de nada porque logran (gracias a sus víctimas) ir tirando y normalizar así su tara. Lo dice con otras palabras tan sinónimas o más. Sigo. Que maltratan, sí, pero porque la víctima se lo merece (y han logrado, además, su humillación cuasi voluntaria) y que, si rozan el límite de la ley es porque ellos son “la ley” y no está tan claro el conflicto legal. Ah, y que nunca cambian, pues eso sólo podría suceder si el perverso tomara consciencia de que “el otro” es, efectivamente, otredad hermosa, pura y clara (en cuyo caso ya no sería un perfecto perverso narcisista sino una persona de bien con sus cosillas, su miedo al dolor, al abandono, a la muerte y tal). A propósito del perfil de las víctimas, asegura que éste no existe y que cualquiera de nosotros, sólo por estar vivos, aunque no tuviéramos la autoestima bajita ni nada, podríamos acabar de pienso de su bulimia. Dice también Jean-Charles (ante la perplejidad de la entrevistadora, supongo, de que haya víctimas que se ofrezcan para eso) que, muy al principio, utilizan todas sus artes seductoras. Digamos que la víctima se siente verdaderamente amada, deseada y (en lo más íntimo) comprendida. Digamos que, cuando se acabó lo que se daba, aparecerá una (la primera) “mancha”. La misma a la que se aferrará el perverso para sentirse legitimado para reeducar a su víctima. Sostiene también el francés que sí hay un denominador común en estos tipos: su infancia. Una niñez en la que el padre está ausente y en la que la madre da al hijo regalías de príncipe mientras espera al rey. Preguntado Bouchoux por la salida que les queda a las víctimas, dice que sólo tres: caer en una profunda depresión invalidante, abrazar alguna forma de locura o (las menos, porque cientos de mecanismos perversos ya se han abierto y enredado como raíces oxidadas) pedir ayuda.
3. Os he contado esta brasa porque todos los protagonistas de las novelas de Simenon son perversos narcisistas. Todos. También Maigret (pobre madame Maigret. Dame, Señor, treinta años más de vida y escribiré tu libro, Louise Leonard). También Simenon… Si creéis que tengo la pluma muy larga, leed sus casi doscientos libros, buscad la entrevista que le concedió a Bernard Pivot y luego me acusáis de hablar a la ligera.
4. Sigo leyendo a Simenon y, la pasada semana, cayó uno de los pocos que aún me quedaban: “El círculo de los Mahé”. Aunque creo que el siglo XX fue realmente generoso en genios literarios, jamás se me ocurriría cuestionar en dicha lid el liderazgo del grafómano belga. Simenon es un clásico y un grandísimo escritor que siempre escribió la misma historia: la de un hijo de puta, perdón, la de un perverso narcisista, contada por él mismo, que nunca acaba de vengarse como desearía de no sabe qué. Sí, soy fan, pero también es cierto que empieza a cansarme ese je ne sais quoi sórdido tan suyo, esa crueldad latente y ese asco profundo que me está empezando a dar contribuir a la reimpresión de las historias de unos individuos que, a diferencia de los tiempos en que fueron escritas, hoy sí serían denunciables, punibles y leídas arrugando la nariz y el alma.
5. Que una cosa es leer y, otra muy distinta, vivir. Si os pasara, no lo dudéis: ni depresión, ni amago de locura, ni renuncia al instinto de vivir bien. Aun sin salvar los muebles: ¡huid!.

Belén Rubiano.

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