La librería
30 Oct 2017

La librería

La librería. Penelope Fitzgerald. Ed. Impedimenta. Estimada

30 Oct 2017

La librería.
Penelope Fitzgerald.
Ed. Impedimenta.

Estimada Sra.,
Me gustaría desearle suerte. En tiempos de mi bisabuelo había un librero en High Street quien, al parecer, tumbó a un cliente con un libro cuando éste se puso pesado. Se había producido algún retraso en la llegada de la última parte de una nueva novela, creo que era Dombey e hijo. Desde ese día hasta hoy, nadie ha tenido el valor suficiente para vender libros en Hardborough
.

Disfruto mucho (incluso los mediocres) los libros sobre librerías, aunque son muy pocos los que me gustan de verdad y puedo recomendar (84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, los del argentino Héctor Yánover y pocos más). Por supuesto, leí este de Penelope Fitzgerald en 2010, recién salido de imprenta, y aunque no comparto que la novela sea, ni de lejos, “la obra maestra de la entomología librera” que afirma su tapa trasera, me parece muy valiosa y, sin ser un texto en absoluto delicioso, sí lo leí con verdadero deleite. A mi modo de ver, Fitzgerald posa su mirada en varios aspectos que echo de menos en casi todos los libros que narran el que para mí es el oficio más hermoso que existe: plantar una librería en cualquier lugar del mundo y defender su existencia contra toda sequía.

1. Que, por muy promiscuo (en el sentido de la casi siempre feliz compañía que procuran los clientes) y estimulante que sea el día a día de estar al frente de miles de libros cuidadosamente seleccionados y expuestos, un librero siempre está completamente solo, pues no hay soledad más sólida que la que se puede padecer en la sillita que el director de tus humildes números rojos te permite mal ocupar a efectos del temido “tenemos que hablar de la renovación de su línea de crédito”.
2. Que es mentira que el mundo mire con benevolencia a los libreros ya que, desde Gutenberg, los tiene muy calados y los intuye como verdaderamente son: perfectos revolucionarios o rebeldes que, al no estar sometidos a las servidumbres que siempre conlleva el temor a perder una vida más o menos desahogada gracias a unos ingresos regulares, son capaces de conseguir, casi sin medios y mediante el tráfico legal de libros, un desembrutecimiento de las masas que, por lo visto, tanto para quienes dirigen esta tragicomedia que llamamos vida civil, como para el señor del bar de al lado, resulta poco conveniente.
3. Que afirmar que “leer es sexy” es una boutade. Sólo leen los lectores y, para dichos especímenes, leer es, sencillamente, inevitable. Lo que sí es sexy (y mucho) es comprar libros y evitar así la quiebra de todas las editoriales que no pertenecen a los dos grupos en los que estáis pensando, así como el cierre de cualquier librería; únicos territorios insurrectos, a día de hoy, contra el pensamiento impar. También es sexy (y mucho), precisamente porque el propósito es noble y carece de margen comercial que avale la cordura del empeño, venderlos o intentarlo.

Porque es triste la soledad y cala en los huesos, porque la inquina hipócrita es incómoda y porque ser sexys es mejor que no serlo, cuiden a sus libreros, por favor, como si fuese a tronar mañana sin una preciosa librería en la que encontrar, a cambio de casi nada, toda la lucidez, refugio y sensibilidad de la que, a menudo, carece cuanto queda fuera de ella.

Belén Rubiano.

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