noviembre 2017

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Música acuática

Música acuática
T. C. Boyle
Ed. Impedimenta

¿Qué otra cosa podía hacer? Su vida se había transformado.
Despertaba con Fanny en la cabeza, salía a pregonar su caviar, pero sólo pensaba en ella, caía abatido en la cama, atormentado por una pena parecida al hambre, pleno y vacío al mismo tiempo, siempre soñando con Fanny, Fanny, Fanny. Había tenido docenas de mujeres. Putas y mozas de tabernas, campesinas, dependientas, floristas, hijas de pescaderos y caldereros, enfermeras, niñeras, borrachas y tías guarras: las Nan Punt y las Sally Sebum del mundo. Cuestión de ejercitar su órgano, tan sencillo como eso. Meterla y sacarla. Pero esto, esto era diferente. Esta vez su corazón estaba involucrado. Y su mente.

Hay dos maneras de leer “Música acuática” y una sola razón para no hacerlo de ninguna de las dos; que uno conozca mejores cosas que hacer en la vida que leer libros libres y maravillosos hasta la crueldad:
1. A pequeños sorbos. Dejándolo cerca e ir saboreándolo de poco a poco. No hay la menor posibilidad, por muchos otros libros que se vayan intercalando en la lectura de éste, de entregar a la desmemoria sus personajes, tramas o ambientes. Se retoma como si nunca se hubiera interrumpido su lectura.
2. Del tirón, claro.
Cada tanto (cada mucho tanto) nace un escritor que no necesita en lo más mínimo seguir herencia literaria alguna, se lo inventa todo y hace cuanto le place con la pluma o la tecla. T. C. Boyle (1948, Peekskill, Nueva York) es de esa estirpe de hijos sin padres. En “Música acuática” (aunque eso es lo de menos) narra las aventuras inventadas de un personaje histórico: Mungo Park (Escocia, 1711 – Nigeria, 1806)* , el hijo de granjeros que habiendo tenido acceso (cosa rarísima) a estudios superiores de botánica y medicina le propone a la African Association ir a África para seguir el curso del ignoto Níger (los geógrafos europeos sólo tenían conocimiento de este río mitológico por las escasas referencias de algunos clásicos, como Plinio). Mungo pretendía demostrar que sus aguas no fluían hacia el oeste sino, tras mil giros orates durante un curso de más de cuatro mil kilómetros por el interior, justo en sentido contrario. Con dicho propósito, en 1794 la primera y en 1803 la segunda, realizó dos expediciones que son la base de la trama de T. C. Boyle en “Música acuática”.
Además, pero no menos, la historia en paralelo del peor de los hombres, de ese hijo de la grandísima puta, inigualable (por abajo), llamado Ned Rise.
Aviso de avisadora: el asterisco que engalana el paréntesis que recoge las fechas del principio y el fin de la vida encarnada del auténtico Mungo Park es un destripe en toda regla. Si a mí me avergonzara nuestra lengua (o se me quedara corta) sería también un spolier, pero no es el caso.
Resumiendo: si como yo, creéis que las navidades son las fechas más adecuadas para ningunear los reclamos de novedades editoriales, pero es el tiempo, como una vez me dijo un señor, de “armar, en condiciones, la biblioteca para los chicos”, este volumen es una elección mucho más allá del acierto seguro.

Belén Rubiano.

Con el traje de los domingos

Con el traje de los domingos
Bernice Rubens
Alba

Quizá todo esto os lleve a pensar que no quiero a mi mujer. Pero tampoco la odio, por muy difícil que me resulte. El caso es que en estos últimos años la he estado tratando fatal y esto suele bastar para que acabes odiando a cualquier persona. Ella ha reaccionado con elegancia, pero esta exquisita elegancia suya es lo que hace que a mí se me llene el corazón de desprecio. Aun así, soy incapaz de odiarla. Y también de dejarla.

1. A la señora Rubens sí la dejó su marido y por otra mujer (peor para él, posiblemente) y puede que el párrafo anterior sea una suerte de autocrítica. Pero no lo sé, ni creo que importe.
2. Bernice Rubens nació en Gales en 1923 aunque tendría que haber nacido en Nueva York. Mejor para nosotros, pues igual en Manhattan hubiera acabado de peluquera o vete a saber de qué. El caso es que su padre compró billetes para el Nuevo Mundo con objeto de cambiar de vida y le engañaron. Vamos, que le sacaron la pasta sin barco de por medio en el puerto de Cardiff y allí que se tuvieron que quedar.
3. Para mí que éste es el primero de sus libros que se publica en España y espero que no sea el último. ¿Cómo he podido vivir todos estos años sin leerla? Ni idea pero, al menos, la ignorancia de toda su obra por traducir (fue muy grafómana) mitigó completamente el dolor de desleerla.
4. Bernice Rubens escribe tan bien (aunque sin aparente esfuerzo o intención) que, si sois amigos de leer con lápiz, no sería mala idea que tengáis a mano un bote de Reflex. Por mi parte, siendo uno de los libros que más he marcado, si tengo la fortuna de leer algún otro suyo creo que lo haré al revés: subrayaré alguna que otra frase que no me derribe del caballo mío y ahorraré en grafito.
5. “Con el traje de los domingos” es un libro que se publicó en 1971 y es tan inteligente, divertido, valiente, original, canalla y moderno que es hasta cruel y, a su lado, casi todas las novedades actuales parecen torpes, planas, cobardes, pretenciosas y aburridas. No pasa nada, el mundo seguirá malbaratándose igual, pero es triste o me lo parece a mí.
6. Que ¿de qué trata? Pues de que, a menudo, la línea más corta entre dos puntos es el arabesco, de que no siempre un disfraz es una mentira y, sobre todo, de que no es imprescindible morir para dejar esta vida.
7. La autora falleció en Londres un día de octubre de 2004 de un íctus o algo así y espero que, en su propia vida, lograra ser una maravillosa impostora a la altura de su descomunal valía escritora tantas veces como le hiciera bien.

Belén Rubiano.

Tránsito

Tránsito.
Rachel Cusk.
Libros del Asteroide.

“Al principio, su madre lo acusó de inventárselo todo. Y una parte de sí mismo estuvo a punto de creerla: lo malo de ser sincero, dijo Julian, es que tardas mucho en darte cuenta de que los demás saben mentir”.

1. Los rarísimos escritores que son tan buenos como Rachel Cusk deberían venderse solos y sin que gente como yo nos pongamos a hacer como que los defendemos o avalamos. Es tan exuberante la calidad de esta canadiense afincada en la vieja Inglaterra que, en la idea de difundirla, apenas si encuentro una prueba más de que el mundo está mal hecho, es cómico (en el mal sentido) y de que hasta yo participo, aun sin querer, de esa injusticia y ridiculez que las más de las veces lo acota y nos define.
2. La ficción de Rachel Cusk centra todo su interés en  los mecanismos de los que nos servimos para convertir en un relato con sentido nuestra  propia vida (cuando no suele ser más que una acumulación de improvisaciones más o menos desafortunadas), en la ira que subyace en infinidad de ínfimos gestos cotidianos nuestros, en la veracidad de cualquier deseo y en la naturaleza del amor de los ventajistas en tiempos de la soledad moderna*. Casi nada.
3. Confesó una vez James Joyce (cuando ya era mayor y sus ojos se cegaban) que reservaba sus postreras conexiones ópticas a leer en Harper’s Bazaar las entregas de Los caballeros las prefieren rubias, pero se casan con las morenas, el maravilloso libro de Anita Loos. Lo digo porque si cualquier mudanza inmobiliaria ejerce la crítica literaria con un nivel de exigencia que el profesional de pago más feroz parece un osito de trapo, saber en qué letras gastaría una sus últimas horas de luz no se queda atrás y, hoy por hoy, Cusk es una firme candidata de las mías.

Belén Rubiano.

*: António Lobo Antunes, tras la muerte de la maravillosa mujer de la que se había divorciado, dijo, hace ya algunos años: Me separé, queriéndola a ella, para vivir solo y amargado. Pues eso: relato, vacío y eco ingrato.