Música acuática
30 Nov 2017

Música acuática

Música acuática T. C. Boyle Ed. Impedimenta

30 Nov 2017

Música acuática
T. C. Boyle
Ed. Impedimenta

¿Qué otra cosa podía hacer? Su vida se había transformado.
Despertaba con Fanny en la cabeza, salía a pregonar su caviar, pero sólo pensaba en ella, caía abatido en la cama, atormentado por una pena parecida al hambre, pleno y vacío al mismo tiempo, siempre soñando con Fanny, Fanny, Fanny. Había tenido docenas de mujeres. Putas y mozas de tabernas, campesinas, dependientas, floristas, hijas de pescaderos y caldereros, enfermeras, niñeras, borrachas y tías guarras: las Nan Punt y las Sally Sebum del mundo. Cuestión de ejercitar su órgano, tan sencillo como eso. Meterla y sacarla. Pero esto, esto era diferente. Esta vez su corazón estaba involucrado. Y su mente.

Hay dos maneras de leer “Música acuática” y una sola razón para no hacerlo de ninguna de las dos; que uno conozca mejores cosas que hacer en la vida que leer libros libres y maravillosos hasta la crueldad:
1. A pequeños sorbos. Dejándolo cerca e ir saboreándolo de poco a poco. No hay la menor posibilidad, por muchos otros libros que se vayan intercalando en la lectura de éste, de entregar a la desmemoria sus personajes, tramas o ambientes. Se retoma como si nunca se hubiera interrumpido su lectura.
2. Del tirón, claro.
Cada tanto (cada mucho tanto) nace un escritor que no necesita en lo más mínimo seguir herencia literaria alguna, se lo inventa todo y hace cuanto le place con la pluma o la tecla. T. C. Boyle (1948, Peekskill, Nueva York) es de esa estirpe de hijos sin padres. En “Música acuática” (aunque eso es lo de menos) narra las aventuras inventadas de un personaje histórico: Mungo Park (Escocia, 1711 – Nigeria, 1806)* , el hijo de granjeros que habiendo tenido acceso (cosa rarísima) a estudios superiores de botánica y medicina le propone a la African Association ir a África para seguir el curso del ignoto Níger (los geógrafos europeos sólo tenían conocimiento de este río mitológico por las escasas referencias de algunos clásicos, como Plinio). Mungo pretendía demostrar que sus aguas no fluían hacia el oeste sino, tras mil giros orates durante un curso de más de cuatro mil kilómetros por el interior, justo en sentido contrario. Con dicho propósito, en 1794 la primera y en 1803 la segunda, realizó dos expediciones que son la base de la trama de T. C. Boyle en “Música acuática”.
Además, pero no menos, la historia en paralelo del peor de los hombres, de ese hijo de la grandísima puta, inigualable (por abajo), llamado Ned Rise.
Aviso de avisadora: el asterisco que engalana el paréntesis que recoge las fechas del principio y el fin de la vida encarnada del auténtico Mungo Park es un destripe en toda regla. Si a mí me avergonzara nuestra lengua (o se me quedara corta) sería también un spolier, pero no es el caso.
Resumiendo: si como yo, creéis que las navidades son las fechas más adecuadas para ningunear los reclamos de novedades editoriales, pero es el tiempo, como una vez me dijo un señor, de “armar, en condiciones, la biblioteca para los chicos”, este volumen es una elección mucho más allá del acierto seguro.

Belén Rubiano.

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