diciembre 2017

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Mensaje al resto de los hombres

Patricia Andrada
Mensaje al resto de los hombres
Ed. Maclein y Parker

 

Parece exagerado pero
cada mañana
tras el despertador,
como un rumiante,
regurgito tu muerte y vuelvo a digerirla
-mastico con mi pluma sus nutrientes vacíos-
y sigo normalmente con el día.

 

Ningún poemario te libra de una mala tarde, de una racha infame o de un festivo con alma de suicida. Para leer poesía hay que estar fuerte. Es el lector quien la libra a ella de todo mal. Por eso tiene menos adeptos que la novela, por eso se vende poco la poesía. Un buen poema solo sirve, si acaso y como mucho, para librarte de todo el peso que arrastras desde que empezaste a vivir. Por eso nadie se desprende, cuando toca hacer sitio para libros nuevos en viviendas medidas para la infravida, de sus libros de poesía. Por eso en las librerías de segunda mano, si tienes paciencia y esperas sólo un poco, alcanzarás a llevarte por seis o siete euros cualquier título de narrativa y todas las novedades de ficción, ensayo o biografías que aterrizan de balde en las redacciones de prensa con sede en cada localidad; pero no de poesía. En ellas, poco más encontraremos que algún Machado en sepia de los que daban los periódicos a cambio del cambio apenas, el único libro de Camões y puede que, por esas otras epopeyas tras repartos injustos de vidas que siguieron su camino con dos alquileres donde antaño latió una hipoteca, algún Valente abandonado. Pero nunca armarán, y digo nunca, una buena sección de poesía.

 

Belén Rubiano.