abril 2018

Viewing posts from abril , 2018

Magnetizado

Magnetizado
Carlos Busqued
Anagrama

– ¿El demonio no inspira los actos malos?
– Si yo pensara eso, sería cristiano. La maldad está en uno, no en la religión. La persona que tiene un costado oscuro… no necesariamente tiene que ser un malvado en su vida. El concepto de que yo, para adorar a Satán, tengo que ser un hijo de puta es un concepto cristiano. Es como decir que la juventud se va a la mierda porque escucha rocanrol. Se va a la mierda por otras mil cosas, no por el rocanrol.

1. En 1982 Ricardo Melogno era un veinteañero ensimismado y taciturno de Buenos Aires que en cuatro noches muy seguidas mató a cuatro taxistas de un disparo en la frente. Lo hizo desde el asiento de atrás de los taxis, en el momento en el que los cuatro hombres se giraron para comunicarle el importe de la carrera una vez llegados al destino solicitado. Tras acompañarlos en el tránsito de morir mientras se fumaba un cigarrillo, Melogno se marchaba caminando llevándose la documentación personal de los muertos. Nunca les cogió dinero.
2. Cuatro noches, luego paró.
3. En una especie de cobertizo que tenía su padre y en el que a Melogno le gustaba pasar horas escondido, montó una especie de altarcito con las fotografías de los muertos. Para que no le vinieran a hundir desde la muerte o algo así.
4. Su padre, tras descubrir el esotérico altar con los mismos rostros que llenaban la primera plana de los periódicos de aquellas semanas, fue a la policía y lo contó. Melogno confesó sin dilaciones. Sí, había sido él. No, no tenía la menor idea de por qué lo había hecho.
5. Cumplió su condena, pero aún sigue preso. Por cierto, ¿alguien sabe de qué hablamos cuando hablamos de justicia humana?
6. A quienes les interese, como a mí, cualquier libro en el que un fulano dado (Carlos Busqued en éste caso. Argentina, 1970) intenta descifrar el porqué de un cómo y un cuándo determinados sin importarle la respuesta final, van a disfrutar de esta rescritura de más de noventa horas de conversación con ¿un monstruo? muy honrado que no quiere o no sabe pronunciar las palabras mágicas que le devuelvan al hipotético universo de Antes y Nada.
7. He visto por ahí algunas comparaciones con A sangre fría (Capote) o El adversario (Carrère), pero yo no les encuentro justificaciones ni paralelismos a esa supuesta afinidad. Sí los veo (y muy marcados) con un texto extraordinario, poderosísimo, terrible e inclasificable: Ataúdes tallados a mano (dentro de Música para camaleones, de Truman Capote). Otra cosa es que lo recomiende, que no es eso, ya que tendría que estar segura que me vais a perdonar el terror (adicional al estipulado en el contrato de estar vivos) con el tendréis que lidiar tras su lectura. Por si el antídoto reside en la costumbre yo suelo releerlo cada tanto, pero no hay modo y mucho me temo que hasta sea peor…

Belén Rubiano

Río revuelto

Río revuelto
Joan Didion
Gatopardo ediciones

Lily no le dijo más que eso, pero luego se le ocurrió que Ryder quizá la encontrara tan tediosa como ella a veces lo encontraba a él, y reflexionó con admiración sobre los personajes del cine -y no sólo los personajes del cine- que cuando no podían hablar entre ellos se decían adiós, llevaban a cabo renuncias y tomaban decisiones: empezaban de cero, casi como si les hubiesen lavado el cerebro. Si había una cosa que tuviesen en común tanto ella como Everett y Ryder era que ninguna de sus decisiones terminaba en gran cosa; a todos les perseguían sus memorias.

Por fin entiendo que Joan Didion (California, 1934) sea alguien en la historia de la literatura. No he leído ninguno de sus ensayos, he abandonado El año del pensamiento mágico en sus primeras páginas (no acabo de pillarle el punto a su crónica del auto dolor), pero me he quedado atónita como en contadísimas ocasiones con Río Revuelto (1963).
Justo en ese año, 1963, el papa Juan Pablo XXIII promulga su última encíclica (Pacem in terris, para troncharse), el famoso teléfono rojo (que nunca fue de ese color) obtiene línea entre Washington y Moscú, los rusos envían por primera vez a una mujer al espacio (Valentina Tereshkova, obrera en un Inditex ruso y luego ingeniera), Martin Luther King interpreta un texto buenísimo (I have a dream) y da el pistoletazo de salida definitivo para que los asuntos de las polis pasen a ser competencia de las agencias de publicidad, y un presidente norteamericano es abatido en directo por primera vez mientras su mujer explica al mundo (también en tiempo real) cuánto sufrimiento y empatía puede esperar un hombre de su viuda si no se ha portado bien antes de palmarla. Quiero decir que ya sabía que 1963 había sido un año poco aburrido, lo que desconocía es que Joan Didion, con sólo veintinueve años, hubiera escrito una obra maestra que yo no iba a poder leer (impecable traducción, por cierto) hasta hace dos días.
Se afirma en la contraportada del libro que, bajo el pretexto de un inofensivo drama doméstico (¿desde cuándo lo es matar a alguien de un disparo intencionado?), Didion logra un retrato fiel de la América que iba a atar a sus perros con longanizas. Yo creo que es al contrario y que, imbricada en esa trama social y coral, la autora pulsa una clave fundamental de cualquier relación amorosa duradera: que conocer íntimamente al otro suele significar odiarlo (no todo el tiempo, sólo el que cuenta), que odiar a quien amas suele significar odiarte y que, si entiendes eso, no queda en ti nada que pueda perecer en un incendio. No digo que saberlo nos libere. Saber -viene a decir la Didion- no sirve para casi nada.

Belén Rubiano.

El desbarrancadero

El desbarrancadero
Fernando Vallejo
Alfaguara

Es que yo creo en el poder liberador de la palabra. Pero también creo en su poder de destrucción pues así como hay palabras liberadoras también las hay destructoras.

No quiero que mi breve memoria borre El desbarrancadero y el inmenso poder de sus palabras. No quiero olvidar que el castellano más bello que jamás leí está en la obra de Fernando Vallejo.

Pareciera una paradoja que el discurso que dicen incendiario, demoledor, misántropo, amargo, ofensivo y letal esté redactado con una belleza irresistible y un vocabulario lujoso.

Todo en Vallejo parece odio y sin embargo quienes le leemos mucho y despacio sabemos que su literatura es pura pasión, un grito desesperado de amor.

En El Desbarrancadero, Fernando está herido de muerte por la agonía de su hermano Darío, enfermo de SIDA y el libro se transforma en un canto desesperado al amor fraternal y al amor a la vida aunque los detractores de Vallejo lo acusen de repetirse en sus diatribas contra la Iglesia, el Papa y su país Colombia. ¡Pero todo es vida! ¡El odio es vida! Y frente a quienes son responsables del sufrimiento de su hermano y de todos los enfermos de SIDA; frente al dolor de los animales masacrados en una cadena de crueldad infinita; frente a los manejos de gobiernos corruptos; frente a la violencia del terrorismo; frente a la pobreza y la ignorancia; e incluso frente a quienes torturan la lengua castellana sólo queda el grito que denuncia.

El amor del que es capaz Fernando Vallejo por fuerza ha de borrar el odio que parece respirar. Que parece, insisto. Porque en verdad os digo que este hombre rezuma pasión con la fuerza con la que protesta la naturaleza de su Medellín natal.

Así es que cada vez que me atraganto con la realidad y me tropiezo con lo peor de los seres humanos recurro a Vallejo, sus palabras son liberadoras y me hacen sentir viva y capaz de enfrentarme a la crueldad desde el poder de un lenguaje que construye siempre, aunque él mismo y sus enemigos digan lo contrario.

Un lenguaje, el de Fernando Vallejo que es un permanente homenaje a la lengua castellana. Y a la vida.

Sandra Rodríguez-Orta Rigo

Correo literario

Correo literario
Wislawa Szymborska
Nørdica

¿Cómo llegar a ser escritor? La pregunta que nos hace usted es muy delicada. Es como cuando un niño le pregunta a su madre cómo se hacen los niños y la madre le dice que se lo explicará más tarde, que está muy ocupada, y el niño empieza a insistir: “Entonces explícame, aunque solo sea cómo se hace la cabeza…” A ver, intentemos también nosotros explicar, al menos, la cabeza: pues bien, hay que tener algo de talento.

1. Si el promedio de una buena cura de humildad colocara en su sitio a tres de entre tres mil y derribara a dos mil novecientos noventa y siete, es muy posible que la trinidad salvada quede convencida de haber sido tratada con dureza mientras que la legión restante afirme que el mundo les tiene manía. Si hablamos de editores, noveles e inéditos, puede que los últimos se sientan inclinados a aseverar que los que manejan el cotarro no reconocerían una obra maestra ni aunque se sentaran encima. Dado que poca gente oye con gusto y gratis: trabaje duro, lea mucho, tire mucho, no se tome jamás en serio y, aunque nos parece buena idea que siga escribiendo, esté preparado para lo peor; dudo que el precio de este libro les parezca una ganga. Si el veredicto fuese: la buena literatura jamás ha hecho daño a nadie, sea un buen hijo de vecino y déjela en paz; aún me parece más improbable. Sin embargo, a quienes interesándoles el mundillo editorial y las debilidades humanas carezcan del deseo de publicar a cualquier precio, puede que esta recopilación impagable de respuestas epistolares les parezca lo más desopilante, tierno y aleccionador que hayan leído en años. Grandes respuestas a Irresponsables intentos de deforestación y posteridad sin causa más o menos punibles. Por mi parte y tras su lectura agradecida, las cartas de Groucho me siguen pareciendo tan maravillosas como antes pero las de San Pablo, salvando la primera a los Corintios, se me antojan ahora más apresuradas, sosas y repetitivas.
2. Si mi opinión pudiera interesar a alguien (y les prometo que he meditado mucho el tema antes de sacar conclusiones), creo que es sólo cuestión de suerte y de mercado (mucha gente quiere leer libros horribles) que textos sin atenuantes mediocres o malísimos encuentren su hueco y acaben, incluso entre los más vendidos por unos meses, en el escaparate de cualquier librería. Pero también creo que nunca, jamás de los jamases, un buen libro ha dejado de editarse. Será más o menos corta o larga su particular travesía en el desierto, pero un buen libro siempre encuentra a su editor. Aun si el autor fuese un agonías con prisas por matarse (como en el caso de John Kennedy Toole), si éste hubiera dejado algunas páginas buenas en el cajón de la mesilla de noche junto con los condones sin usar (verdadero motivo de la autolisis aunque el forense diga que me meto donde no me llaman), su pobre madre encontrará en un pis pas a quien quiera publicarlo. También estoy convencida de que el mundo jamás será un lugar mejor por muchos buenos libros que encuentren el favor de una imprenta, pero lo sería si aumentara el número de buenos lectores. El lector, por definición y salvo raras excepciones (los violentos post Salinger, por ejemplo) es un tipo pacífico que apenas si pretende comprender mejor el mundo antes de rendirse. El verdadero escritor (sin excepciones) o tiene la rabia o es un magnicida que dispara con letras porque Dios no le llamó por el camino de las balas.
Aunque sólo sea por el bien común, leamos como locos, por favor.

Belén Rubiano

Biblioteca bizarra

La memoria narrativa no es fluida. No es continua. Más que como una película, se manifiesta como una serie de imágenes fragmentadas (…) ¿Por qué? Veo esas imágenes en el álbum de mi memoria: inconexas y opacas y acaso inventadas. El hilo que las une es la literatura. La literatura, hilvanándolas, les da sentido. El oficio de un escritor no difiere del oficio de un sastre. Parches, remiendos, costuras, hilos, retazos que, con oficio, crean la ilusión de un todo.

Biblioteca bizarra
Eduardo Halfon
Jekyll & Jill

A lo largo de estas seis crónicas brevísimas y autobiográficas, Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) narra su encuentro con los libros, con la escritura, con otros escritores, con la infancia, con su país y, como no podía ser de otro modo, con el exilio. Es de una concreción tan brillante que pocas veces he leído un texto que respete tanto el tiempo que el lector necesita para hacer otras cosas. Porque escribir no debe confundirse con abusar, yo también resolveré en muy pocas líneas el placer de recomendarlo. Este es un libro para quienes saben que aunque no podamos cambiar el hecho de que vivir es pisar de mentira en mentira (piadosas o no, chicas o grandes) no hay mayor sinceridad que dejar una biblioteca en una casa prestada o propia antes de abandonar el mundo. Los libros leídos, los releídos, los intonsos de los que no quisimos deshacernos, los dedicados, los robados o no devueltos, los que merecieron ser cargados en mudanzas o se quedaron en las divisiones, los repetidos, las obras completas de poquísimos, los que nos regalaron quienes nos quisieron mucho y nos conocieron mal, todo está ahí.
Armad una biblioteca y lo que el gran silencio cubrirá cuando llegue su hora será una inmensa verdad sin imposturas tan fácil de leer como miles de libros cerrados.

Belén Rubiano

Las posesiones

¿Queremos saberlo todo sobre nuestros padres? Y ellos, ¿quieren saberlo todo de sus hijos? Es evidente que no. Entonces, ¿por qué reclamamos saberlo todo de la persona que comparte nuestra vida?

Las posesiones
Llucia Ramis
Libros del Asteroide

Si se pudiera afirmar que la capacidad de crear una atmósfera literaria es la evidencia de que el escritor tiene un estilo propio, entonces Llucia Ramis es dueña de uno tan potente como difícil de imitar. Aunque en Las posesiones pasan continuamente cosas es una novela que sustenta casi toda su acción en lo que no sucede y en lo que, habiendo ocurrido, al carecer de nombre, adquiere propiedades sobrenaturales y estériles para apuntalar la dimensión de lo doméstico, cotidiano o real. Lo que Llucia Ramis parece preguntarse es de qué sirve vivir si no es posible dotar de sentido casi nada de lo que nos pasa.
La familia, el dinero, la envidia, la razón de ser de un periodista, la porción congrua de yo que a todos nos pertenece desde que el vienés nos dio permiso, el ego más grande que la catedral de San Pablo de algunos hombres, el remordimiento, el ir tirando, el hacerse hueco en la vida, el empezar a despedirse de ella, lo que tenemos y lo que extraviamos, lo que nunca fue nuestro, el amor, el hedor del dinero, la mentira, la vida que le queda a quien elige ser honrado entre corruptos, el ser demasiado joven y demasiado viejo, en fin. Son tantas las tramas y subtramas de las que la autora, mediante continuos flash backs, tira en este libro que uno de sus mayores méritos es que no se le enreden las riendas ni se le suelte ninguna; que no es lo mismo pastorear un montón de ovejas más o menos afines que guiar por el mismo sendero ideas y otras bestias de todo pelaje y condición. Si, para colmo de bienes, logra todo lo anterior llevando al lector por donde ella elige mediante un argumento principal (vístanlo, además, de intriga y suspense) que hace que a una no le importe lo que se esté quemando en el fuego o se sienta inclinada a ser más indulgente de lo habitual con quienes llegan tarde a sus citas con tal de seguir y seguir leyendo, estoy segura de que, por muchas novedades afortunadas que este 2018 traiga en su seno, Las posesiones de Ramis seguirán ocupando un lugar muy querido en mi ranking.
Es un horror escribir ranking ¿verdad? Pero lo escribo porque me da pie a una advertencia: la autora escribe feedback, Facebook o Twin Peaks y ni siquiera los entrecomilla o inclina. Al principio, siento rechazo. Enseguida (y gracias al resto de su valía narrativa) me parece muy bien: también Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula cuentan su época en sus términos y no nos llevamos las manos a la cabeza. Porque todo es argot, todo pasa y nada queda y el verdadero horror no reside en escribir ranking, sino en tenerlo que pensar y padecer. Lo dicho, todas  estas distracciones animadas de ayer y hoy en uno de esos raros libros que cuestan mucho menos de lo que valen.

Belén Rubiano

Cuentos escogidos

Cuentos escogidos
Shirley Jackson
Minúscula

Leo mucho y leo compulsivamente, y es que vivo en Alaska donde la soledad y la última frontera te dejan espacio para montones de libros. Lo malo es que olvido con la misma energía. No tiene nada que ver con el efecto que me haya producido el libro, tanto si me gusta como si no, he de leer varias veces un mismo párrafo para hacerme con él, he de volver atrás, muy atrás, cuando retomo el libro tan solo un día después, y olvido, olvido casi todo. Pero Shirley se merece que no la olvide, que un día vuelva por aquí y recuerde por qué me gusta tanto cómo escribe y sobre lo que escribe. Lo primero fue Siempre hemos vivido en el castillo una joya tangible entre los dedos, con un personaje, Merricat, ella sí, inolvidable.

Hace apenas un par de días he vuelto a leer sus cuentos escogidos y sus conferencias y qué corto se me ha hecho, ¡y qué poco me han durado! Otra vez. Da igual que el tema sea una muela picada, un niño aburrido en un tren o una novia preocupada, Shirley Jackson convierte cada cuento en una experiencia profunda, incluso transformadora y en la que siempre se puede encontrar el propio reflejo.

Para Jackson no hay mejor fuente de inspiración que la realidad, la más cercana, la más doméstica, la cotidianidad como el escondite perfecto del terror. Porque lo cotidiano, como diría Alice Mc.Dermott, es un velo que cambia la realidad, o algo parecido. Lo auténtico y verdadero, lo doméstico, es el dolor por la pérdida o por una muela enferma.

La muela es un cuento perverso, una narración de terror perfecta en la que se revive físicamente el dolor insobornable de una muela en pie de guerra. Se sufre e incluso se llora, y el cuerpo se relaja al mismo tiempo que el de la protagonista cuando los calmantes hacen efecto.

Ocurre lo mismo con El amante demoníaco, cualquiera que haya sufrido abandono y desamor recorrerá de la mano de la novia las calles de la ciudad en busca de lo que sabemos que no encontraremos. Con la misma angustia, la misma inocencia y el mismo tremendo dolor.

Pero dolor dolor dolor… el de la dichosa muela.

Los prejuicios de Después de usted, mi querido Alphonse, la ceguera materna de Charles, la mezquindad de Siete tipos de ambigüedad o el horror de La lotería, sin olvidar el maravilloso juego de palabras y situaciones, y sentido del humor de La noche en que todos tuvimos gripe.  Nada, ninguna debilidad humana le es ajena a Shirley Jackson.

Y nadie debería perderse sus lecciones sobre escritura, sus consejos sobre la inspiración y el uso de las palabras. Sobre párrafos muy negros y muy espesos que asustan al lector. Sobre un vocabulario tan culto que es impertinente o sobre imaginar que el lector es tonto. El escritor escribe para que le lean, en eso encuentra la motivación para sentarse cada día delante del ordenador o de la libreta, no se trata, pues, de convertir al futuro lector en un enemigo.

Sandra Rodríguez-Orta Rigo

El universo en tu mano

El universo en tu mano
Christophe Galfard
Blackie Books

Stephen Hawking y un equipo de ingenieros de Intel diseñaron la que hasta hoy sigue siendo la silla más inteligente del mundo. Dotada de infinidad de sensores, la silla de marras era capaz de enviar y recibir correos electrónicos, monitorizar las constantes vitales y parámetros de salud de su insigne piloto, localizarlo en todo momento mediante un sistema corregido de posicionamiento global, reconocer hasta el más mínimo desliz de su mejilla derecha y, además de un sinfín de aplicaciones y utilidades, servir como vehículo para desplazar de un lado a otro el maltrecho cuerpo del científico. Pero la mente no cumple los rígidos preceptos de la física (al menos no de la conocida hasta hoy) y Hawking desplazaba su inteligencia a velocidades que desafiaban los límites espacio temporales señalados por Einstein. De ahí que cuando murió la silla quedase arrinconada como un trasto inútil y carísimo.
Una de las pruebas más contundentes a favor de que el intelecto (quizá no de cualquiera, sino de ciertos escogidos) se pasa por el arco del triunfo los enunciados de la teoría de la relatividad se plasma en el libro que traigo a continuación. Christophe Galfard, que fue discípulo de Hawking, abandonó su prometedora carrera como físico teórico y se dedicó a divulgar ciencia. ¿Quién en su sano juicio sería capaz de semejante estupidez? ¿Por qué alguien instalado en la élite del conocimiento querría descender a ras de suelo para explicar el funcionamiento de las cosas?
La respuesta a estas dos preguntas y al cuestionamiento implícito en la introducción de este artículo, se encuentra entre las páginas de El universo en tu mano.
Desde la irresponsabilidad que me otorgan la ignorancia y esta especie de anonimato puedo prometer y prometo que no han leído antes un libro parecido. Galfard, con la sencillez y rigurosidad que dimana del conocimiento desnudo, despliega de una forma inédita el manual de instrucciones del cosmos, nos lo explica y no contento con eso, hasta logra que lo entendamos.
Si quieren seguir subidos a sus sillas adaptadas y continuar desplazándose cómodamente por la realidad, no lean este libro. Ergo, si por el contrario, desean emprender un viaje fascinante por el universo obviando todas las limitaciones que creen tener, acérquense sin temores a este botón de Blackie Books que, además de entrar por los ojos, no concede la menor prerrogativa a los detractores de los libros traducidos.

Miguel Herranz