Río revuelto
25 Abr 2018

Río revuelto

Río revuelto Joan Didion Gatopardo ediciones Lily

25 Abr 2018

Río revuelto
Joan Didion
Gatopardo ediciones

Lily no le dijo más que eso, pero luego se le ocurrió que Ryder quizá la encontrara tan tediosa como ella a veces lo encontraba a él, y reflexionó con admiración sobre los personajes del cine -y no sólo los personajes del cine- que cuando no podían hablar entre ellos se decían adiós, llevaban a cabo renuncias y tomaban decisiones: empezaban de cero, casi como si les hubiesen lavado el cerebro. Si había una cosa que tuviesen en común tanto ella como Everett y Ryder era que ninguna de sus decisiones terminaba en gran cosa; a todos les perseguían sus memorias.

Por fin entiendo que Joan Didion (California, 1934) sea alguien en la historia de la literatura. No he leído ninguno de sus ensayos, he abandonado El año del pensamiento mágico en sus primeras páginas (no acabo de pillarle el punto a su crónica del auto dolor), pero me he quedado atónita como en contadísimas ocasiones con Río Revuelto (1963).
Justo en ese año, 1963, el papa Juan Pablo XXIII promulga su última encíclica (Pacem in terris, para troncharse), el famoso teléfono rojo (que nunca fue de ese color) obtiene línea entre Washington y Moscú, los rusos envían por primera vez a una mujer al espacio (Valentina Tereshkova, obrera en un Inditex ruso y luego ingeniera), Martin Luther King interpreta un texto buenísimo (I have a dream) y da el pistoletazo de salida definitivo para que los asuntos de las polis pasen a ser competencia de las agencias de publicidad, y un presidente norteamericano es abatido en directo por primera vez mientras su mujer explica al mundo (también en tiempo real) cuánto sufrimiento y empatía puede esperar un hombre de su viuda si no se ha portado bien antes de palmarla. Quiero decir que ya sabía que 1963 había sido un año poco aburrido, lo que desconocía es que Joan Didion, con sólo veintinueve años, hubiera escrito una obra maestra que yo no iba a poder leer (impecable traducción, por cierto) hasta hace dos días.
Se afirma en la contraportada del libro que, bajo el pretexto de un inofensivo drama doméstico (¿desde cuándo lo es matar a alguien de un disparo intencionado?), Didion logra un retrato fiel de la América que iba a atar a sus perros con longanizas. Yo creo que es al contrario y que, imbricada en esa trama social y coral, la autora pulsa una clave fundamental de cualquier relación amorosa duradera: que conocer íntimamente al otro suele significar odiarlo (no todo el tiempo, sólo el que cuenta), que odiar a quien amas suele significar odiarte y que, si entiendes eso, no queda en ti nada que pueda perecer en un incendio. No digo que saberlo nos libere. Saber -viene a decir la Didion- no sirve para casi nada.

Belén Rubiano.

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