mayo 2018

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El asesino tímido

El asesino tímido
Clara Usón
Seix Barral

Los médicos me prohibieron retomar mi trabajo de abogada hasta mi completa curación, pero nadie me dijo que no podía escribir novelas, escribir novelas, según mi madre, es un hobby, como hacer punto o jugar al golf, los hobbies son inofensivos por definición y yo a nadie perjudicaba con mis veleidades literarias. (Danilo Kiš dijo que cuando uno ya no tiene nada que perder, empieza a escribir, escribir es un acto de desesperación. Ahorcarse o sentarse delante de la máquina de escribir es el único dilema, afirma Kiš ; yo, si bien soy tímida, no valgo para asesina, incapaz de ahorcarme y sin nada que perder, escribo).

He tenido que leer la novela al menos dos veces. Como Borges, creo en el poder de la relectura más que en el de la lectura. Y en mi caso releo por dos motivos: releo los párrafos de manera obsesiva por culpa de un diagnosticado déficit de atención; y releo los textos, sean capítulos o novelas enteras, que necesito interiorizar. Subrayo a lápiz lo que debería memorizar y redondeo lo que me tatuaría si no le tuviera respeto al dolor de lo que al menos antes era para toda la vida. Cuando era adolescente un profesor de Literatura me enseñó a leer con un lápiz en la mano. Sin embargo mi ejemplar de El asesino tímido está impoluto. Podría interpretarse que me ha dejado indiferente. Mis relecturas no han dejado huella de grafito sobre el papel. No están escritas todas las veces que mis ojos han pasado por sus párrafos y algunos de sus capítulos. Y sin embargo, en todo momento, la relectura ha estado acompañada de un mullido sentimiento de gratitud; mullido como un colchón que acoge y da descanso a un cuerpo y una mente agotados de transitar laberintos, propios y ajenos.

Si alguna vez, todas las veces, me he perdido en mis intentos de comprender el impulso de autodestrucción humano, tan humano, a Clara Usón le debo la oportunidad de reflexionar con la misma naturalidad que ella alcanza acerca del desesperado deseo de huída que se materializa en el suicidio, como una tentación dulce. Y cómo, afanándose en la desesperación, el poder de la autodestrucción arrasa todo lo que el suicida toca. El triunfo es enfrentarse a la bestia que te seduce con sus promesas de descanso eterno, con sus túneles para escapar de los encierros; y es una lucha diaria en la que cada nuevo día vivido es algo que no te pertenece, porque la bestia te lo arrebató el día que apareció en tu vida y en definitiva da igual de lo que se alimentara, cada autodestrucción tiene sus maneras y sus motivos. (Re)Leer El asesino tímido ha sido escuchar el sonido de las piezas cuando encajan. Puedes atreverte sin miedo a deshacer el puzle que con paciencia has ido conformando, sin desdeñar el valor de cada pieza, porque siempre podrás repetirlo a ciegas con la clarividencia de haber hallado las claves: “haber sufrido—le digo a Sandra citando a Borges—no es ningún mérito, ni enseña nada, ni encierra lección alguna, la vida no es una carrera académica” (esta entre otras).

Cada salto en la narración, cada vericueto de ires y venires, de menciones y conversaciones con un deslumbrante Wittgenstein; o del diálogo íntimo con Camus o Pavese, del que se extraen ideas como piedras preciosas; a la contemplación de una Virginia Woolf entrando en el río con los bolsillos cargados de piedras que te mira y te reta; cada intento por resolver el misterio del suicidio o el asesinato de esta actriz del destape, Sandra Mozarovski, que funciona como símbolo de una promesa de falsa libertad que frustra la vida; cada vericueto de su discurso, que fluye, conforma un laberinto hipnótico en el que te adentras absorta, desenrollando el hilo de Ariadna que te regala la Usón con un seguro de retorno. Caminas en él, página a página, tras las confesiones alucinadas de una voz potente y circular. Transitas en ella entre la realidad, la ficción, la locura, el drama y el humor, un magnífico y refrescante humor; pero sobre todo en la lucidez de una mujer redimida, ya por fin libre, vivencialmente libre, hasta de sí misma. Y es por este brillo, esta solidez, esta sabiduría y estas bondades que El asesino tímido se merece, como algunos de los que están entre los grandes, una o varias relecturas.

Maite Aragón

La condena de Sísifo es al mismo tiempo su salvación, porque si una sola vez le fuera concedido alcanzar la cumbre de la montaña y depositar allí su roca, librándose de su carga, ¿qué hará después?

Reza la banda promocional del libro: Una novela inspirada en el caso real de la polémica muerte de Sandra Mozarovski. Afortunadamente, no es verdad. Porque es mucho más, no porque la reconstrucción del temprano final de Sandra no le resulte al lector apasionante. Se publican tantas novedades que apenas si sirven para salvar un fin de semana del mero acto de pensar y pensar en vano que, aunque no sé cómo llevar esta recomendación a puerto, sí sé que para mí es especial. Digamos que es prurito personal conseguir que el mayor número de lectores indecisos elijan este libro entre tantas sirenas desafinadas. Vale, iré por partes.

1. Claro que es la historia de Sandra Mozarovski, aquella actriz del destape y la transición que murió con dieciocho años tras caer desde la terraza de su casa de Madrid una triste noche estival de 1977. Aunque hay pocos datos fiables en las hemerotecas (las eufemísticas revistas del corazón de la época) y ninguna autopsia que se hiciera pública, lo único que queda claro es que (por la estructura de la barandilla) su muerte no pudo ser un accidente: o se suicidó o la invitaron a no molestar. ¿Era una de las amantes de nuestro estrenado monarca puesto a dedo? ¿Estaba embarazada de él? Sólo sabemos que murió demasiado joven, que en aquella época ningún padre le hubiera pedido a un rey una prueba de ADN y que a su Alteza sólo le salpicó el asunto en tanto en cuanto sus entrañables amigas empezaron a grabar (sin pedir permiso) sus encuentros amorosos. Todo un fastidio, no me digáis que no.

2. Si no la mataron, este es el primer suicidio de esta historia que tira de tantos hilos a la vez. Cesare Pavese, cansado de ser un Sísifo, llamó a la muerte y ésta acudió. Con anterioridad, había bautizado a la autolisis como ese asesino tímido.

3. De Camus, que también es uno de los actores principales de la trama, no sabemos si se suicidó o no. El francés absurdo e individualista (lo decía él) murió en un accidente de coche tras empotrar el que le acababa de prestar Gallimard. Nunca se sabrá mas pudo ser y, si no, fue sin querer queriendo. Llevamos dos.

4. Y tenemos a Wittgenstein quien, tras desearlo mucho y quizás predestinado, no fue capaz. Muere pues cuando le llega su hora y dedica su vida, entre otras cosas, a la filosofía del lenguaje. ¿Sirve este realmente para traducir el pensamiento? De lo que no se puede hablar, dice, es mejor callar. Y sigue viviendo pues matarse, lo sabemos todos, no está al alcance de cualquiera. Ya os he contado, muy por encima, el argumento de la novela (novela o literatura del yo, que ahora hay que ponerle etiquetas a todo, por lo visto). El tema aún es mejor: nacer de cualquier modo, crecer a lo loco, vivir o no.

5. No me olvido de ella, la propia Clara Usón: Fui joven en una época en que el futuro parecía también joven y nuevo. En esa primera frase del libro, Usón ya cuenta que la primera persona es la suya y nos presenta a uno de los personajes secundarios más importantes del texto: la transición, la movida, los 80’s. De su generación dice la autora (no en el libro, sino cuando habla de él): Quisimos ser jóvenes y serlo mucho tiempo. Éramos nuevos ricos de libertad. Kamikazes. Subtrama esta (la de los ángulos ciegos de la historia, su propia juventud y la de Sandra) que le sirve para introducir a otro personaje fundamental: la voluntad de autodestrucción y cuanto implica.

6. ¿Para qué sirven las palabras? Las de los libros y las que nos decimos. Como mucho, y no siempre, para no morir. Sherezade habla, habla, habla y sus males no espanta, pero consigue una nueva prórroga cada día. Es justo lo que hace Clara Usón con sus lectores. Defiende la estructura del libro porque a ella lo que le gusta, dice, es contar muchas cosas a la vez. Y que, teniendo en cuenta lo inconexa y desordenada que es la vida, el único hilo conductor es uno mismo y ya está.

7. Hilo. Ovillo. Porque todo lo anterior que os he contado está maravillosamente enredado en la novela. Todas las paralelas de la trama resultan ser secantes que se rozan: Sísifo, Pavese, Camus, Sandra Mozarovski, Wittgenstein (que repetirá una y otra vez que de lo que no se puede hablar es mejor callar) o Juan Carlos I que, como sigue siendo el rey y la sombra de Shakespeare es tan alargada, concluirá: ¿por qué no te callas?

Belén Rubiano

Solenoide

Solenoide
Mircea Cartarescu
Impedimenta

Al igual que el sexo y las drogas, al igual que todas las manipulaciones de nuestra mente que querrían reventar el cráneo y salir al mundo, la literatura es una máquina de crear, en primer lugar, beatitud, y luego decepción. Después de leer decenas de miles de libros, no puedes evitar preguntarte: ¿dónde ha estado mi vida durante todo este tiempo?

Comencemos con una verdad: todos los escritores escriben lo que les viene en gana. Y entremos en detalle: hay escritores libres y escritores libérrimos. A estos últimos pertenece Mircea Cartarescu. Uno tiene la sensación de que sólo con un dominio total del vocabulario, con una aplicación virtuosa del ritmo, con la entrega absoluta en cada frase, se puede escribir lo que sea —de verdad, lo que sea— sin caer en el patetismo, la pedantería o el ridículo. Eso ocurre con el libro del bucarestino, del que intentaré hablar sin destripar nada. Ese asombro infantil que acomete al lector es parte de su encanto. Porque Solenoide se pone intenso, muy intenso. En sus 800 páginas caben sueños, divagaciones existenciales, alucinaciones, semblanzas, lecciones de matemática y mundos paralelos, y todo ello lo sostienen, además del papel, una ciudad y un hombre. La ciudad es el tristísimo Bucarest comunista, y el hombre es, o no es, o quizás sea —no lo sé ni lo sabe él mismo— el propio Cartarescu. Hay aquí un juego de espejos, propio de la obra cartaresquiana, en el que el autor y su reflejo ficticio se entremezclan. Un problema añadido es que él tampoco sabe mirar su vida con otros ojos que los del literato, ni es capaz, como digo, de distinguir entre lo inventado, lo vivido, lo imaginado, lo anhelado. No es nada que nos deba sorprender, porque ese problema lo tenemos todos: mírense al espejo, o al espejo deformado de su propia memoria, y me cuentan. Dicen las lenguas desatadas que pocos de los críticos que han reseñado Solenoide se han leído el libro. Todo el libro, digo. Y hay que tener en cuenta que a esta novela le han llovido los premios. ¿Cómo una obra como esta, sembrada de pasajes geniales, de narraciones alucinadas, de viajes insólitos, ha acabado con la paciencia de avezados lectores? En primer lugar, porque a esos lectores no les da el día ni la semana ni el mes para leer tanta novedad. El mercado editorial está desatado, no dejan de aparecer libros esenciales, impostergables, definitivos. En segundo lugar, se entiende esta impaciencia o descreimiento porque este es un libro grande, enorme, tan desmesurado que junto a sus muchas virtudes brotan, como malas hierbas, párrafos, incluso capítulos, que parecen no ir a ninguna parte. No es que esta sea una historia lineal, ni esperamos eso de ella. Pero tampoco podemos aceptarlo todo. La novela como género es una paella, y hay malas novelas como hay chiringuitos cutres. En el caso que nos ocupa, las malas hierbas son como esas manchitas del ojo que estropean una puesta de sol: molestias sin importancia. Más de una vez he levantado la vista, con el libro abierto, manoteando el aire oscuro de mi cabeza, tratando de encontrar la causa de un deleite extraordinario. Pocas veces me ocurre. Creo que, al igual que ocurre con la creación poética, el vínculo con un libro leído, el motivo por el que ese libro nos sigue hablando tras cerrar sus tapas, consiste en una imagen, un pensamiento, una idea; la perla o prisma que engloba y muta el mundo; el momento en el que todo se olvida, todo se vacía para abarcar un detalle, una anécdota en la que todo, en fin, se resume y recuerda. (Lo mismo ocurre con una canción, una película, una pintura, un amor, un trauma). Solenoide contiene varias, y todas ellas consiguen, además, entrelazarse, replicarse, ir de la mano, lejos la una de la otra, como notas de un mismo acorde. Nada de este entusiasmo —que espero haberles transmitido— habría sido posible sin la traducción imposible de Marian Ochoa de Eribe, quien de principio a fin logra que leamos rumano en español, o español con acento del este; no sé cómo decirlo sin que parezca una perogrullada. De aquí se sale con ganas de seguir leyendo a Cartarescu y más sabiendo, como he sabido luego, que todos sus libros cuentan, de manera más o menos velada, las mismas historias, la misma música.

Rafa Castaño

El Nix

El Nix
Nathan Hill
Editorial Salamandra
 
Samuel no sabía que su madre se marchaba. No sabía que ya llevaba muchos meses marchándose: en secreto, por partes. Se había ido llevando objetos de casa, uno a uno. Un único vestido de su armario. Luego una foto suelta del álbum. Un tenedor del cajón de los cubiertos. Un edredón de debajo de la cama. Cada semana se llevaba algo. Un jersey. Unos zapatos. Un adorno navideño. Un libro. Poco a poco, su presencia en la casa se fue minimizando.
Llevaba ya casi un año así, cuando Samuel y su padre empezaron a notar algo, una especie de inestabilidad, una sensación de merma desconcertante, inquietante y a veces incluso siniestra, que los asaltaba cuando menos lo esperaban. Echaban un vistazo a la estantería y pensaban: “¿No teníamos más libros?” Al pasar por delante de la vitrina donde se guardaba la vajilla tenían la certeza de que faltaba algo. Pero ¿qué? No lograban ponerle nombre a aquella impresión de que los detalles de sus vidas se estaban reorganizando. No comprendían que si ya no comían guisos preparados en la olla de cocción lenta era porque esa olla ya no estaba en la casa. 

 
Creo que era James Salter quien comentaba que en sus conversaciones con otros escritores muchas veces salía a relucir el tema de si se había escrito ya la gran novela americana o quién había estado más cerca de conseguirlo. Es algo subjetivo, como todas las opiniones que puedan girar en torno a una obra de ficción. Sin embargo, en mi humilde opinión, El Nix de Nathan Hill sí que llegará a considerarse como una de las grandes novelas americanas. 
Para aclarar un poco las cosas con el título, digamos que el Nix es un personaje de la mitología nórdica y que puede atraparte toda la vida, como es el caso del protagonista, Samuel, cuyo Nix es su propia madre, que lo abandona siendo niño y esa tragedia lo acompaña hasta su vida adulta, momento del reencuentro entre ambos. Y ése es el núcleo en torno al que gira la novela, saber por qué Faye abandonó a su hijo y a su marido, la vida que llevaba y volver a aparecer años después siendo una perfecta desconocida y mezclada en un caso de agresión a un político.
También los otros personajes que transitan la novela tienen su Nix particular, todos ellos desarrollados de manera magistral, con su propia historia detrás, que siempre te dejan con las ganas de saber qué les ocurrió, les ocurre o les ocurrirá, porque así de absorbente es esta obra, que no te da ni un segundo de tregua. 
Esta novela es un monstruo que lo abarca todo. Cada capítulo suele desarrollar la historia de alguno de los personajes, ellos son la trama fundamental que hilvana todo el armazón y Hill juega maestralmente con ello, dejándonos siempre con la intriga y con la necesidad de seguir leyendo más sobre cada uno de ellos, ansiosos por saber cómo continúa su historia hasta que Hill nos secuestre en la siguiente esquina que giremos y nos arroje a otro mar para el que no estábamos preparados y del que tampoco queramos salir.
Por favor no se asusten de sus 700 páginas, si consiguen vencer ese miedo se encontrarán con una novela ágil, increíble, que se lee prácticamente de un tirón, con la que no dudarán en quedarse un rato más leyendo antes de irse a dormir, con la que se divertirán oyendo hablar a sus personajes y de la que podrán hablar mucho antes de que lo hagan sus amigos cuando vean la serie que prepara sobre el libro J.J. Abrams con Meryl Streep como protagonista.

Manuel Reyes

Diarios

Diarios
Iñaki Uriarte
Pepitas de calabaza

He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Sólo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos.

Nuestro país no es ningún ejemplo para el mundo en lo que a la literatura diarística se refiere. Complejos, falta de libertad, venalidad pura y dura, será un poco de todo, qué sé yo. Pero cada uno a su manera y con sus defectos, admiro los diarios de:
1. Trapiello, cuyo Salón de pasos perdidos ya he recomendado por aquí.
2.  Pla, aunque no hayan resistido demasiado bien el paso del tiempo, que hay que tener ganas para leer ahora a alguien que está todo el santo día viendo la mota en el ojo ajeno y a quien de una mujer apenas si le interesa desnudarla con la mirada y fantasear con ella si comparten viaje en autobús.
3. José Luis García Martín, a pesar de su ¿cicatería?
4. Laura Freixas y su brutal sinceridad. Pero una no lee diarios para admirar a nadie. Si yo militara en Greenpeace, haría un lote con su Todos llevan máscara (Errata Naturae) y Correo literario (Nørdica, Wislawa Szymborska) y los vendería juntos. Evitarían mucha tala innecesaria, esa que reduce los árboles a libros.
5. E Iñaki Uriarte, de quien Pepitas de Calabaza ya ha publicado tres volúmenes impagables. De estas páginas me gustan hasta sus andares. Por fin, te dices, he aquí unos diarios que nos debía el tiempo y la justicia. Pero no me equivoco y sé que no: los diarios de este hombre son tan buenos que aún no nos los merecemos. No mientras la mejor literatura en nuestro país de un escritor vivo la esté tirando, de poquito a poquito y con mucho esfuerzo, una pequeña editorial riojana…

Belén Rubiano

El baile

El baile
Irène Némirovsky
Salamandra

De nuevo Antoinette se echó a llorar, pero más quedo, saboreando las lágrimas que se le colaban por las comisuras de la boca; un extraño placer la invadió bruscamente: por primera vez en la vida lloraba así, sin muecas, ni hipos, silenciosamente, como una mujer… Más adelante, derramaría las mismas lágrimas por un amor… 

La obra de Irène Némirovsky volvió para no volver a marcharse, consiguiendo el voto unánime de lectores rasos, libreros y críticos de lengua bífida sobre el tremendo valor de sus textos y así, de paso, rescatarla de una cámara de gas en Auschwitz para ocupar el lugar que merece.
El baile se digiere en un único bocado por su brevedad, pero hay quien lo engulle directamente y hay quien lo saborea o incluso muerde un par de veces antes de hacerlo pasar por la garganta. En el primero de los casos nos quedaremos con la imagen de la pobre Antoinette, anulada y frustrada en su juventud que asoma por todos los que la rodean y la reducen a una mota de polvo. Sentimientos que la llevarán a la venganza dejando a su pretenciosa familia, ciega a todo lo que no los conduzca al reconocimiento de la alta sociedad parisina, a la más terrible humillación según las leyes de la alta y rancia alcurnia.
Pero aquellos que presten un poco más de atención notarán los pedruscos que la autora de Suite francesa nos ha colado bajo la alfombra. La (no) relación con el otro / los otros, desaparecidos de las pocas páginas que reúne el texto y que condicionan todo lo que sucede en ellas, porque la ausencia también nos habla y nos esculpe con sus silencios, y eso le ocurre a cualquiera de tus vecinos, del primero al octavo piso.
Némirovsky demuestra verdadera maestría al mostrarnos todo eso a través de unos personajes esbozados en un momento muy concreto de sus vidas con todo su lastre, y que además parecen estar en los extremos opuestos del mundo. Pero no. Hay más, bastante más. Y sólo hace falta un ratito para darse cuenta.

María Pérez Cordero