El asesino tímido
25 May 2018

El asesino tímido

El asesino tímido Clara Usón Seix Barral

25 May 2018

El asesino tímido
Clara Usón
Seix Barral

Los médicos me prohibieron retomar mi trabajo de abogada hasta mi completa curación, pero nadie me dijo que no podía escribir novelas, escribir novelas, según mi madre, es un hobby, como hacer punto o jugar al golf, los hobbies son inofensivos por definición y yo a nadie perjudicaba con mis veleidades literarias. (Danilo Kiš dijo que cuando uno ya no tiene nada que perder, empieza a escribir, escribir es un acto de desesperación. Ahorcarse o sentarse delante de la máquina de escribir es el único dilema, afirma Kiš ; yo, si bien soy tímida, no valgo para asesina, incapaz de ahorcarme y sin nada que perder, escribo).

He tenido que leer la novela al menos dos veces. Como Borges, creo en el poder de la relectura más que en el de la lectura. Y en mi caso releo por dos motivos: releo los párrafos de manera obsesiva por culpa de un diagnosticado déficit de atención; y releo los textos, sean capítulos o novelas enteras, que necesito interiorizar. Subrayo a lápiz lo que debería memorizar y redondeo lo que me tatuaría si no le tuviera respeto al dolor de lo que al menos antes era para toda la vida. Cuando era adolescente un profesor de Literatura me enseñó a leer con un lápiz en la mano. Sin embargo mi ejemplar de El asesino tímido está impoluto. Podría interpretarse que me ha dejado indiferente. Mis relecturas no han dejado huella de grafito sobre el papel. No están escritas todas las veces que mis ojos han pasado por sus párrafos y algunos de sus capítulos. Y sin embargo, en todo momento, la relectura ha estado acompañada de un mullido sentimiento de gratitud; mullido como un colchón que acoge y da descanso a un cuerpo y una mente agotados de transitar laberintos, propios y ajenos.

Si alguna vez, todas las veces, me he perdido en mis intentos de comprender el impulso de autodestrucción humano, tan humano, a Clara Usón le debo la oportunidad de reflexionar con la misma naturalidad que ella alcanza acerca del desesperado deseo de huída que se materializa en el suicidio, como una tentación dulce. Y cómo, afanándose en la desesperación, el poder de la autodestrucción arrasa todo lo que el suicida toca. El triunfo es enfrentarse a la bestia que te seduce con sus promesas de descanso eterno, con sus túneles para escapar de los encierros; y es una lucha diaria en la que cada nuevo día vivido es algo que no te pertenece, porque la bestia te lo arrebató el día que apareció en tu vida y en definitiva da igual de lo que se alimentara, cada autodestrucción tiene sus maneras y sus motivos. (Re)Leer El asesino tímido ha sido escuchar el sonido de las piezas cuando encajan. Puedes atreverte sin miedo a deshacer el puzle que con paciencia has ido conformando, sin desdeñar el valor de cada pieza, porque siempre podrás repetirlo a ciegas con la clarividencia de haber hallado las claves: “haber sufrido—le digo a Sandra citando a Borges—no es ningún mérito, ni enseña nada, ni encierra lección alguna, la vida no es una carrera académica” (esta entre otras).

Cada salto en la narración, cada vericueto de ires y venires, de menciones y conversaciones con un deslumbrante Wittgenstein; o del diálogo íntimo con Camus o Pavese, del que se extraen ideas como piedras preciosas; a la contemplación de una Virginia Woolf entrando en el río con los bolsillos cargados de piedras que te mira y te reta; cada intento por resolver el misterio del suicidio o el asesinato de esta actriz del destape, Sandra Mozarovski, que funciona como símbolo de una promesa de falsa libertad que frustra la vida; cada vericueto de su discurso, que fluye, conforma un laberinto hipnótico en el que te adentras absorta, desenrollando el hilo de Ariadna que te regala la Usón con un seguro de retorno. Caminas en él, página a página, tras las confesiones alucinadas de una voz potente y circular. Transitas en ella entre la realidad, la ficción, la locura, el drama y el humor, un magnífico y refrescante humor; pero sobre todo en la lucidez de una mujer redimida, ya por fin libre, vivencialmente libre, hasta de sí misma. Y es por este brillo, esta solidez, esta sabiduría y estas bondades que El asesino tímido se merece, como algunos de los que están entre los grandes, una o varias relecturas.

Maite Aragón

La condena de Sísifo es al mismo tiempo su salvación, porque si una sola vez le fuera concedido alcanzar la cumbre de la montaña y depositar allí su roca, librándose de su carga, ¿qué hará después?

Reza la banda promocional del libro: Una novela inspirada en el caso real de la polémica muerte de Sandra Mozarovski. Afortunadamente, no es verdad. Porque es mucho más, no porque la reconstrucción del temprano final de Sandra no le resulte al lector apasionante. Se publican tantas novedades que apenas si sirven para salvar un fin de semana del mero acto de pensar y pensar en vano que, aunque no sé cómo llevar esta recomendación a puerto, sí sé que para mí es especial. Digamos que es prurito personal conseguir que el mayor número de lectores indecisos elijan este libro entre tantas sirenas desafinadas. Vale, iré por partes.

1. Claro que es la historia de Sandra Mozarovski, aquella actriz del destape y la transición que murió con dieciocho años tras caer desde la terraza de su casa de Madrid una triste noche estival de 1977. Aunque hay pocos datos fiables en las hemerotecas (las eufemísticas revistas del corazón de la época) y ninguna autopsia que se hiciera pública, lo único que queda claro es que (por la estructura de la barandilla) su muerte no pudo ser un accidente: o se suicidó o la invitaron a no molestar. ¿Era una de las amantes de nuestro estrenado monarca puesto a dedo? ¿Estaba embarazada de él? Sólo sabemos que murió demasiado joven, que en aquella época ningún padre le hubiera pedido a un rey una prueba de ADN y que a su Alteza sólo le salpicó el asunto en tanto en cuanto sus entrañables amigas empezaron a grabar (sin pedir permiso) sus encuentros amorosos. Todo un fastidio, no me digáis que no.

2. Si no la mataron, este es el primer suicidio de esta historia que tira de tantos hilos a la vez. Cesare Pavese, cansado de ser un Sísifo, llamó a la muerte y ésta acudió. Con anterioridad, había bautizado a la autolisis como ese asesino tímido.

3. De Camus, que también es uno de los actores principales de la trama, no sabemos si se suicidó o no. El francés absurdo e individualista (lo decía él) murió en un accidente de coche tras empotrar el que le acababa de prestar Gallimard. Nunca se sabrá mas pudo ser y, si no, fue sin querer queriendo. Llevamos dos.

4. Y tenemos a Wittgenstein quien, tras desearlo mucho y quizás predestinado, no fue capaz. Muere pues cuando le llega su hora y dedica su vida, entre otras cosas, a la filosofía del lenguaje. ¿Sirve este realmente para traducir el pensamiento? De lo que no se puede hablar, dice, es mejor callar. Y sigue viviendo pues matarse, lo sabemos todos, no está al alcance de cualquiera. Ya os he contado, muy por encima, el argumento de la novela (novela o literatura del yo, que ahora hay que ponerle etiquetas a todo, por lo visto). El tema aún es mejor: nacer de cualquier modo, crecer a lo loco, vivir o no.

5. No me olvido de ella, la propia Clara Usón: Fui joven en una época en que el futuro parecía también joven y nuevo. En esa primera frase del libro, Usón ya cuenta que la primera persona es la suya y nos presenta a uno de los personajes secundarios más importantes del texto: la transición, la movida, los 80’s. De su generación dice la autora (no en el libro, sino cuando habla de él): Quisimos ser jóvenes y serlo mucho tiempo. Éramos nuevos ricos de libertad. Kamikazes. Subtrama esta (la de los ángulos ciegos de la historia, su propia juventud y la de Sandra) que le sirve para introducir a otro personaje fundamental: la voluntad de autodestrucción y cuanto implica.

6. ¿Para qué sirven las palabras? Las de los libros y las que nos decimos. Como mucho, y no siempre, para no morir. Sherezade habla, habla, habla y sus males no espanta, pero consigue una nueva prórroga cada día. Es justo lo que hace Clara Usón con sus lectores. Defiende la estructura del libro porque a ella lo que le gusta, dice, es contar muchas cosas a la vez. Y que, teniendo en cuenta lo inconexa y desordenada que es la vida, el único hilo conductor es uno mismo y ya está.

7. Hilo. Ovillo. Porque todo lo anterior que os he contado está maravillosamente enredado en la novela. Todas las paralelas de la trama resultan ser secantes que se rozan: Sísifo, Pavese, Camus, Sandra Mozarovski, Wittgenstein (que repetirá una y otra vez que de lo que no se puede hablar es mejor callar) o Juan Carlos I que, como sigue siendo el rey y la sombra de Shakespeare es tan alargada, concluirá: ¿por qué no te callas?

Belén Rubiano

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