junio 2018

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Infiltrada

Infiltrada
D. B. John
Salamandra editores

La señora Moon abrió la puerta y se encontró a Tae-hyon sentado en el suelo con las piernas cruzadas, fumando tabaco negro liado. Bajo la bombilla desnuda, su rostro exhibía tantas arrugas y surcos como un campo marchito.
Se notaba que no había hecho nada en todo el día. Sin embargo, como para ella era importante evitar el bochorno de un marido, sonrió y dijo:
– Qué contenta estoy de haberme casado contigo.
 Tae-hyon apartó la mirada.
–  Me alegro de que uno de los dos esté contento.
Ella dejó la cesta en el suelo y se quitó las botas de goma… En la pared, los retratos de los los Líderes, Padre e Hijo, estaban inmaculados. Les había quitado el polvo con un trapo especial.

Kim Jong Il se podría considerar un personaje pintoresco, excéntrico y con una biografía un tanto peculiar, donde se afirma que escribió mil quinientos libros en tres años, aprendió a hablar a los dos meses de nacer o que nunca defecó. Un personaje de novela barata de no ser porque su país es una cárcel y él era el carcelero. Infiltrada trata sobre la gente que está presa en ese país de una manera o de otra.
Narra la historia de tres personajes: Jenna, profesora, es reclutada por la CIA para una misión en Corea del Norte (donde intentará descubrir qué le ocurrió a su hermana, dada por desaparecida, pero que en realidad fue secuestrada por agentes norcoreanos), la señora Moon, que malvive trabajando en una cooperativa agraria estatal y el coronel Cho, orgulloso representante de Kim Jong Il en una misión diplomática en el extranjero.
A algunos la historia les parecerá totalmente inverosímil, pero a Corea del Norte le gustaba secuestrar, tan sólo hay que recordar los secuestros que llevó a cabo (ciudadanos japoneses o un conocido cineasta surcoreano y su esposa secuestrados para trabajar en las producciones cinematográficas norcoreanas) y que tuvo que reconocer hace unos años.
No voy a desvelar cómo convergen las historias de los personajes protagonistas, pero todos verán cómo su mundo y sus certezas se van desmoronando, aunque ello no pille muy de sorpresa a la señora Moon (mi personaje preferido), ya que ella en el fondo es una mujer con un gusto refinado y elegante obligada a vivir en un mundo brutal y embrutecido.
Lean la novela, no se queden sólo con lo que vean en los documentales, comprueben cómo puede ser la vida diaria en un país absurdo (no hay más que pensar en tener que limpiar a diario los retratos de los líderes, sobre todo si uno lo piensa desde nuestra óptica occidental donde nos da pereza limpiar los cristales de las ventanas), un país propio del 1984 de Orwell. Léanla también porque la señora Moon se reiría si supiera que su vida miserable puede interesar a alguien que no sea un espía del gobierno. Y léanla porque sí, porque es verano y qué mejor que un libro para vivir otras vidas y pensar.

Por último les voy a pedir un favor: visiten la página https://flashdrivesforfreedom.org/ y donen sus pendrives para que la información y la verdad lleguen a Corea del Norte.

Manuel Reyes

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina Love
Pedro Mairal
Libros del Asteroide

– ¿Y cómo se llamaba?
– Sabrina.
– ¿Y qué te hizo?
– ¿Me estás entrevistando? 

La vida empieza de cualquier manera y nunca se sabe cómo va a respirar. Cada biografía es como una madeja de hilo a la que, tras manosearla el tiempo suficiente, se le escapa un cabo. Luego tiras de ese extremo, vas desenrollando todo el hilo y acabas por tener una historia. La que sea, pero la tuya. A la manera en que nos ocupamos del hilo (que no se enrede, que no se rompa, que no se ensucie o todo lo contrario) solemos llamarla libertad. Al cabo que se suelta como por propia voluntad y del que tiramos, lo llamamos destino.
Es curioso el destino de Mairal. Nace en Buenos Aires un día como otro de 1970. Es un gran escritor pero nadie lo sabe y él menos que nadie, aunque es fácil suponer que alguna sospecha que otra, con más miedo que vergüenza, albergaría. A ver cómo te ganas la vida si has nacido siendo un gran escritor…
Sigo. En 1998 (aun sin calculadora es fácil deducir que no tenía ni treinta años) gana el Clarín de novela, el galardón más prestigioso de su país. En el jurado del premio está, entre otros, Adolfo Bioy Casares y a los lectores argentinos les da por pensar que el honor le queda grande y lo han premiado por ser su sobrino. Ni existe tal parentesco ni conoce al consagrado, pero el caso es que Argentina no se mata por leer Una noche con Sabrina Love. En España, Jorge Herralde compra los derechos de la novela para Anagrama pero, en vez de publicarla en la colección de Narrativas hispánicas (que era su lugar) lo hace en Contraseñas (que no lo era ni de lejos) con lo que tampoco queremos leer ese libro ni cuando, descatalogado, lo encontramos en puestos callejeros y librerías de lance. A Mairal no le queda otra que seguir escribiendo muy bien, claro. No como una vaca sagrada a la que le van a festejar cualquier tontería sino como el gran escritor que es aunque pocos lo sepan. Publica pues otras novelas (creo que Salvatierra es magnífica, aunque aún no he podido leerla) y algo de poesía. Sigue siendo un anti héroe espectacularmente dotado para la literatura aunque apenas si lo saben en su propio hogar. Hace un año escribe La uruguaya, uno de los mejores libros, en mi opinión, publicados en este balbuceante XXI. Lo demás, el reconocimiento y devoción que merece, ya lo sabemos muchos.
Como todos los grandes escritores, Mairal escribe y escribirá un solo libro: el viaje a Ítaca en su caso. Si en La uruguaya el protagonista necesita veinticuatro horas para ir y volver, en Una noche con Sabrina Love necesitará tres días. Lo importante es que todos somos (de chicos) Daniel Montero como, a mitad del camino de nuestras vidas, todos somos Lucas Pereyra. Lo importante es que Pedro Mairal ha tenido la mala suerte de que sus lectores tengamos una buena suerte que no nos merecemos y que, a estas alturas, difícilmente se nos puede malbaratar, pues hay un momento en la vida en el que uno escoge ya para siempre escribir bien y tocar el ukelele a ser una vaca sagrada que se enoja cada dos por tres toda vez que dos o tres (nunca son muchos más) se dan cuenta del engaño.
Yo creo que algunos destinos, como el de Pedro Mairal, son perfectos. Pero eso lo he sabido siempre; lo que mis prejuicios han aprendido es que una gran novela (Una noche con Sabrina Love, por ejemplo) puede dormir un sueño injusto durante veinte años delante de mis ojos y al alcance de mis manos.

Belén Rubiano

Memorias de un librero

Memorias de un librero

Héctor Yánover

Trama Ed.

Tengo que rendir un digno y justo homenaje. Lo mejor de una librería no es el libro ni lo que el libro pueda llagar a significar; no son, por supuesto, ni las estanterías ni los proveedores. Lo mejor de una librería son los clientes de las librerías. Son los habitués, los lectores, los amigos, los compradores de libros. A ellos, porque son hermosos y hacen posible la belleza, yo les doy un abrazo, emocionado.

Que España es uno de los países donde más (y mejor) se edita no deja de ser motivo de perplejidad, pues también es uno de los países donde menos se lee. Ya, el clima. Pero no quería hablar del tiempo sino de nuestros lectores:

A. La mayoría absoluta pertenece a este grupo. Sus lectores compran un libro al año (unidad de tiempo que a veces necesitan para leerlo) y lo sobrellevan como quien tiene que cargar con un trofeo muy pesado. La naturaleza del libro elegido responde, siempre, a razones completamente esotéricas. Unas veces es una bazofia y otras (las menos) es un libro excelente (el caso de Patria) cuya lectura también disfrutan quienes integran los grupos B y C. Los lectores del grupo A suelen afirmar sin sonrojarse que leer es para ellos una actividad vital para la que quisieran disponer de más tiempo. Esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo y apenas si revela (salvo que somos una especie muy divertida) rasgo alguno de la humanidad. Yo, sin ir más lejos, hago lo mismo con el deporte. Un día subí una cuesta en el campo que hubiera preferido que no estuviera allí y, desde entonces, sostengo que el senderismo me encanta y que, si no lo practico más a menudo, es por falta de tiempo. Dado que las editoriales que tienen la suerte de tener en su catálogo uno de estos títulos tocados por la gracia no son muy amigas de dar cifras reales para que el ministro de Hacienda no les chinche, me resulta muy difícil aventurar un número aproximado de cuántos lectores empedernidos pertenecen a este grupo pero, tranquilamente, dos o tres millones. Si el número no es mayor es gracias a ellos mismos ya que, conscientes del despilfarro que supone la compra del libro anual, hacen cuanto pueden por evitar su venta: Es buenísimo, me está encantando, pero no se te ocurra comprártelo que cuando lo lea mi madre y mi hermano, te lo presto. Insisto, no es una crítica y yo hice lo mismo con unas mancuernas que compré hace tiempo: regalarlas sin importarme nada lo que pudiera dolerle al dueño de Decathlon.

B. A este grupo pertenecen los verdaderos lectores. Almas maravillosas para las librerías que, a sabiendas de lo importante que es tener un seguro médico privado hoy en día, prefieren comprar todos los libros que puedan leer cada mes (más uno o dos que ya leerán cuando les toque o no; tenerlo también importa) y confiar en la bondad de los extraños cada vez que necesiten forjar el carácter en la sala de espera del Macarena o el hospital que los políticos de su código postal hayan decidido que es más que suficiente para ir tirando. ¿Ciento cincuenta mil? En toda la geografía peninsular e insular, no creo que seamos muchos más.

C. Se da el caso (y yo no digo que sean virtuosos; eso tiene que ser un vicio, una compulsión o ambas cosas) de lectores que, independientemente de sus caudales, van por ahí con los cuellos de las camisas rozados y hasta zurcidos, que ni miran el valor nutricional de las cenas de sus propios hijos porque todo se lo gastan en libros y sostienen que el almuerzo del comedor escolar ya es equilibrado por ley. Son almas que hasta han tenido que renunciar a la visita trimestral a su echador de cartas de cabecera y que han aprendido a hacerse la pedicura para poder prescindir también de los honorarios de su podólogo. Son lectores que hasta vuelven a comprar un libro del que ya tienen dos ejemplares. ¿Por qué? Pues por la traducción, por un prólogo nuevo, porque el papel huele distinto, yo qué sé. En España, documentados, viven trescientos veintinueve de estos seres extraordinarios. Me llegan datos de un señor de Oviedo que, por lo visto, también, pero como no lo he podido contrastar porque no tiene teléfono (supongo que ha dado de baja la línea e internet para poder comprar más libros) y no puedo estar segura de que no sea un fake del grupo C, no lo incorporo a la cifra.

Bueno, pues esto somos y todo este rollo apenas tiene un objetivo: cada uno sabe las cabras que guarda y a qué grupo pertenece. Yo sólo os digo que si pertenecéis al grupo B o C, no habéis leído aún esta joya impagable del librero argentino Héctor Yánover y la descubrís gracias a estas líneas, me tendréis gratitud mientras viváis. Que ahora tienen los de Trama sus derechos y no os podéis permitir dejarlo pasar y que vuelva a estar descatalogado. Que todos estos años en los que el libro debía ser rastreado en librerías de viejo han sido, os lo prometo, muy duros y el mundo, sin la menor duda, un lugar peor donde leer.

 

Belén Rubiano

El arte de la ficción

El arte de la ficción
James Salter
Salamandra

Escribir sobre uno mismo desinteresadamente es difícil. No se trata de una cuestión de tėcnica. No estaba seguro de hasta dónde llevar la confesión, rasgar las costuras. Al mismo tiempo, ¿por qué iba a interesarle a nadie mi vida, a menos que estuviera escrita como una novela?

Porque el propio Salter invita en una de sus conferencias a extremar la libertad, copio y pego en el punto uno un post mío de otros pagos y luego sigo:

1. Que yo no digo, porque ningún libro o taller de escritura sirve para eso, que después de leerlo vayáis a escribir mejor. Ni de coña, vamos. Ni siquiera en vuestros mensajes de textos o en las cartas que escribiréis para daros de baja en compañías que os estén poniendo de los nervios se apreciará la más leve mejoría y hasta vuestro testamento, si lo redactáis vosotros mismos, será igual de confuso que antes de Salter y un pobre notario tendrá que cobrar sus honorarios para que alguien lo entienda. No es eso, lo que intento deciros es que, si os interesa lo que le pasa a las palabras cuando las ponemos por escrito, estas tres conferencias dictadas os son imprescindibles aunque sólo tengáis a día de hoy quince euros en el banco. Pues qué caro, pensaréis más de uno, total, por noventa y cuatro páginas que me van a dejar como estoy. Pues no, listos, qué serán quince euros a cambio de una cura de humildad tan tierna como necesaria y la certeza, al llegar al final, de que verdaderamente estáis menos solos que antes. Un chollo, de verdad.

2. Si Wislawa Szymborska en su Correo literario (tenéis la recomendación encarecida en este mismo blog) nos ofrecía su cura de humildad a hostia limpia, Salter lo hace como quien sabe lo frágil que es la piel de quienes, sin pretender hacer daño a nadie por el camino querrían, sencillamente, leer y escribir mejor en previsión, quizás, de ese día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales.

3. Y así queda mi ranking hasta la fecha para este tipo de libros: Premio gordo para Salter, porque lo tiene todo. Segunda posición para Stephen King y su Mientras escribo, porque no va de nada (ni de gran escritor, ni de millonario guay) pero sí da buenos consejos y comparte lo que a él le ha funcionado. Y por último pero no menos, Suspense de Patricia Highsmith, porque también es generosa con quienes se exigen mucho a sí mismos cuando escriben y, además, pone el dedo en una llaga nada desdeñable: el suspense no es un atributo que sólo favorezca a los textos de ese género, ya que hasta el prospecto de un anti inflamatorio gana mucho si el lector conoce de antemano que no le será dado saber hasta el final cuántas probabilidades tiene de ser uno entre cien (posible somnolencia) o uno entre un millón (sueño eterno).

Belén Rubiano