Memorias de un librero
13 Jun 2018

Memorias de un librero

Memorias de un librero Héctor Yánover Trama

13 Jun 2018

Memorias de un librero

Héctor Yánover

Trama Ed.

Tengo que rendir un digno y justo homenaje. Lo mejor de una librería no es el libro ni lo que el libro pueda llagar a significar; no son, por supuesto, ni las estanterías ni los proveedores. Lo mejor de una librería son los clientes de las librerías. Son los habitués, los lectores, los amigos, los compradores de libros. A ellos, porque son hermosos y hacen posible la belleza, yo les doy un abrazo, emocionado.

Que España es uno de los países donde más (y mejor) se edita no deja de ser motivo de perplejidad, pues también es uno de los países donde menos se lee. Ya, el clima. Pero no quería hablar del tiempo sino de nuestros lectores:

A. La mayoría absoluta pertenece a este grupo. Sus lectores compran un libro al año (unidad de tiempo que a veces necesitan para leerlo) y lo sobrellevan como quien tiene que cargar con un trofeo muy pesado. La naturaleza del libro elegido responde, siempre, a razones completamente esotéricas. Unas veces es una bazofia y otras (las menos) es un libro excelente (el caso de Patria) cuya lectura también disfrutan quienes integran los grupos B y C. Los lectores del grupo A suelen afirmar sin sonrojarse que leer es para ellos una actividad vital para la que quisieran disponer de más tiempo. Esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo y apenas si revela (salvo que somos una especie muy divertida) rasgo alguno de la humanidad. Yo, sin ir más lejos, hago lo mismo con el deporte. Un día subí una cuesta en el campo que hubiera preferido que no estuviera allí y, desde entonces, sostengo que el senderismo me encanta y que, si no lo practico más a menudo, es por falta de tiempo. Dado que las editoriales que tienen la suerte de tener en su catálogo uno de estos títulos tocados por la gracia no son muy amigas de dar cifras reales para que el ministro de Hacienda no les chinche, me resulta muy difícil aventurar un número aproximado de cuántos lectores empedernidos pertenecen a este grupo pero, tranquilamente, dos o tres millones. Si el número no es mayor es gracias a ellos mismos ya que, conscientes del despilfarro que supone la compra del libro anual, hacen cuanto pueden por evitar su venta: Es buenísimo, me está encantando, pero no se te ocurra comprártelo que cuando lo lea mi madre y mi hermano, te lo presto. Insisto, no es una crítica y yo hice lo mismo con unas mancuernas que compré hace tiempo: regalarlas sin importarme nada lo que pudiera dolerle al dueño de Decathlon.

B. A este grupo pertenecen los verdaderos lectores. Almas maravillosas para las librerías que, a sabiendas de lo importante que es tener un seguro médico privado hoy en día, prefieren comprar todos los libros que puedan leer cada mes (más uno o dos que ya leerán cuando les toque o no; tenerlo también importa) y confiar en la bondad de los extraños cada vez que necesiten forjar el carácter en la sala de espera del Macarena o el hospital que los políticos de su código postal hayan decidido que es más que suficiente para ir tirando. ¿Ciento cincuenta mil? En toda la geografía peninsular e insular, no creo que seamos muchos más.

C. Se da el caso (y yo no digo que sean virtuosos; eso tiene que ser un vicio, una compulsión o ambas cosas) de lectores que, independientemente de sus caudales, van por ahí con los cuellos de las camisas rozados y hasta zurcidos, que ni miran el valor nutricional de las cenas de sus propios hijos porque todo se lo gastan en libros y sostienen que el almuerzo del comedor escolar ya es equilibrado por ley. Son almas que hasta han tenido que renunciar a la visita trimestral a su echador de cartas de cabecera y que han aprendido a hacerse la pedicura para poder prescindir también de los honorarios de su podólogo. Son lectores que hasta vuelven a comprar un libro del que ya tienen dos ejemplares. ¿Por qué? Pues por la traducción, por un prólogo nuevo, porque el papel huele distinto, yo qué sé. En España, documentados, viven trescientos veintinueve de estos seres extraordinarios. Me llegan datos de un señor de Oviedo que, por lo visto, también, pero como no lo he podido contrastar porque no tiene teléfono (supongo que ha dado de baja la línea e internet para poder comprar más libros) y no puedo estar segura de que no sea un fake del grupo C, no lo incorporo a la cifra.

Bueno, pues esto somos y todo este rollo apenas tiene un objetivo: cada uno sabe las cabras que guarda y a qué grupo pertenece. Yo sólo os digo que si pertenecéis al grupo B o C, no habéis leído aún esta joya impagable del librero argentino Héctor Yánover y la descubrís gracias a estas líneas, me tendréis gratitud mientras viváis. Que ahora tienen los de Trama sus derechos y no os podéis permitir dejarlo pasar y que vuelva a estar descatalogado. Que todos estos años en los que el libro debía ser rastreado en librerías de viejo han sido, os lo prometo, muy duros y el mundo, sin la menor duda, un lugar peor donde leer.

 

Belén Rubiano

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