A mis mejores amigos no los he visto nunca
23 Ago 2018

A mis mejores amigos no los he visto nunca

A mis mejores amigos no los he

23 Ago 2018

A mis mejores amigos no los he visto nunca

Raymond Chandler

Debolsillo

Lo importante es que haya un espacio de tiempo, digamos cuatro horas al día al menos, en que un escritor profesional no haga nada más que escribir. No tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana o hacer el pino o retorcerse por el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada. Es el mismo principio que sirve para mantener el orden en la escuela. Si se puede hacer comportar a los alumnos, aprenderán algo solo para no aburrirse. A mí me funciona. Dos reglas muy simples: a) no es obligatorio escribir; b) no se puede hacer otra cosa. El resto viene solo.

1. De raíces irlandesas, Chandler (Chicago, 1888- La Jolla 1959) fue un gran escritor (y, sin embargo, íntegro) que gracias a su talento y sólo a él, acabó por poder vivir de su escritura. Su biografía no es gran cosa: origen irlandés del que no se enorgullecía, sin hijos, sin hermanos, una sola mujer que olvidó contarle su verdadera edad cuando se casaron (y a la que nunca abandonó por más que casi toda su vida en común fuera una anciana mentirosilla con muchos achaques), más de cien mudanzas y poca fe en el ser humano empezando por él mismo. Era tímido, descreído, asocial y puede que misántropo. Escéptico como él sólo, pero nunca un cínico, ya que sabía demasiado bien lo que cuesta vivir y esperar el final como para despreciar a nadie. Conceptos, circunstancias y situaciones sí que despreciaba. Mejor que cualquier otro, además.

2. Si el punto uno pudiera parecer una hagiografía, puedo añadir la misoginia al esbozo de su perfil. De vez en cuando, como en esta carta a James Sandoe, se descuelga con algo así y se queda tan tranquilo: ¿Por qué las mujeres escriben libros tan corrientes? Su poder de observación de la vida cotidiana es espléndido, pero nunca parecen desarrollar ningún color. A lápiz y al lado veo que he dejado una pregunta: ¿a qué mujeres has leído, Raymond?

3. A lo que iba: además de sus opiniones sobre esto y aquello (Hollywood, la Mafia, los gatos, lo banal que es casi todo el mundo o los entresijos del mercado editorial) esta recopilación de su correspondencia es lo mejor (con mucha diferencia) sobre la literatura que yo he leído hasta la fecha. Por doce euros (y aún le sobrarán unos céntimos al lector) estas cartas constituyen en sí mismas, además de un soberano placer para la lectura, un verdadero máster literario en el que Chandler demuestra que el Emperador siempre, siempre, siempre va desnudo. Lo poco que queda tras el paso de la comitiva real son algunos libros buenos de verdad y un buen puñado de lectores que pasan de la crítica profesional. Es tanto lo que Chandler nos regala en estas páginas que el escritor que las lea se cansará de subrayar si es que no está tan entusiasmado que el cansancio no le parezca un acto fuera de lugar. No me cabe la menor duda sobre lo que la lectura de estas cartas puede hacer por los que ya son escritores (inéditos o no). A nadie que no sea escritor o pretenda serlo le debe interesar, por otra parte, esta correspondencia privada. Nadie que desee saber cómo ser un escritor, dice Chandler, será nunca un escritor y, quien pregunte cómo llegar a serlo, por definición, se desenmascara. Nadie que le dé una gran importancia a los libros lo será nunca tampoco, pues el escritor sabe mejor que nadie que cualquier hasta el lector más empedernido renunciará antes a un libro que al alcohol, los pasteles, el sexo o el tabaco. Supongo que a Chandler le hubiera parecido una buena obra desanimar o consolar a los que no han sido elegidos, pero también sabe que tal cosa es imposible pues el requisito primordial sería el reconocimiento, por parte del escritor mediocre, de serlo. Como comprenderéis, leerlo significa una bonita ventaja competitiva para quienes lo hagan y no tengo el menor interés en recomendaros este libro; que una cosa es ser buena y otra muy distinta tener algún interés en la santidad. En definitiva: un tostón que os aburrirá tanto como observar la piel de una mandarina sólo porque a vuestro maestro zen le parece una buena idea.

4. Por cierto, si no habéis leído El largo adiós, os la recomiendo. No sólo no ha envejecido nada desde 1953, sino que cada día aumenta su vigencia y está mejor escrita. Una obra maestra que queda muy lejos del resto de las novelas del propio Chandler, pero a la altura de Cervantes, Shakespeare o Dickens. Lo sé, pero todavía no te meten en la cárcel por atrevida.

5. Por cierto, ¿os he contado alguna vez que, en mi opinión, el mundo se divide entre los que son de Hammett y los que somos de Chandler? Bueno, pues ya lo he hecho.

6. Este punto seis lo escribe la disociada que hay en mí. La que publicará esto en vez de quedarse el máster para ella sola. La que espera que el post os haya parecido largo y hayáis detenido antes la lectura. La que tendría que volver a nacer para dejar de recomendar un libro que le parece un hallazgo. Menos mal que en agosto sois todos felices muy lejos de cualquier reseña (como debe ser) y el viento de septiembre se llevará también estas palabras.

 

Belén Rubiano

Leave a comment
More Posts
Comments
Comment