agosto 2019

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Los asquerosos

Los asquerosos

Santiago Lorenzo

Blackie Books

Empezó por el principio. Me dijo que él había llegado a Zarzahuriel forzado por las circunstancias y un destornillador. Se había visto empujado a un medio desconocido al que había intentado sobreponerse. Con tal volumen de éxito que ya no se veía llevando otra vida que la que llevaba allí, metido hasta las trancas en la empresa suprema de hacer a cada momento lo que quisiera hacer. Dijo textualmente que en su puta vida se había sentido mejor.

Hacía tiempo que no me reía tanto con una novela (bueno, con dos novelas, la anterior fue Rialto 11 y también causó agujetas abdominales; pero centrémonos). En el fondo me cuesta pensar en Los asquerosos sin rememorar Rialto 11, no por sus similitudes –que no las hay–, sino porque los he leído seguidos, y aunque no tienen nada que ver percibo sutiles paralelismos: historias de sabor agridulce donde la ironía y la crítica mordaz prevalecen, narradas en clave más cómica que trágica y preñadas de situaciones, descripciones y observaciones que desembocan en reacciones que van de la sonrisa cómplice hasta la carcajada sonora.

Ahora que dejo constancia de mi síndrome de hiperactividad y déficit de atención, intentaré centrarme y contaros mis impresiones sobre Los asquerosos (Rialto 11 merece mención y reseña aparte).

No busquéis aquí una sinopsis pormenorizada de las andanzas de Manuel. No temáis seguir leyendo, no habrá spoilers. Si queréis conocer la historia de cabo a rabo ahorrando leeros el tomo, consultad una de las múltiples reseñas escritas en todos los medios culturales de la península.

A caballo entre el Robinson de Defoe y el Walden de Thoreau; despojado del infantilismo aventurero del primero y de la parsimonia bucólica del segundo (ojo, adoro ambas novelas, pero comparándolas con esta, esos son los adjetivos que brotan de mi teclado inalámbrico), la cuarta novela de Santiago Lorenzo retrata sin ambages el grado supremo de la imbecilidad humana, contrapuesto al espíritu de libertad absoluta.

Lorenzo no solo narra con maestría y buen ritmo, además juega con el lenguaje como si fuera una bola de esa sustancia sólida pero moldeable denominada plastilina. Importa términos obsoletos, los moderniza; deforma adjetivos y crea epítetos como un niño con pintura, pinceles y libertad para pintar lo que le salga de la bragueta.

Recomiendo Los asquerosos a todo el que alguna vez haya tenido la sensación de que poco a poco, pero inexorablemente, el mundo se está yendo a la mierda. De que las elevadas cotas de mamarrachismo se imponen al sentido común y devalúan la cada vez menos común sensatez. De que la abundante lelicie da forma a una sociedad de seres adobados en imbecilicia, orgullosos cada vez que coronan otro de los ochomiles de la soplapollez.

A través del relato/retrato de en lo que nos estamos convirtiendo, Lorenzo aborda temas calientes como la España vaciada, el retorno al agro, la ineptitud política, social y policial, el deterioro de valores éticos básicos, la hegemonía del paradigma materialista/capitalista y el déficit de libertades inherente a una sociedad que se autodenomina libre y demócrata.

Odio las comparaciones, más aún dentro de la esfera creativa/artística, pero a veces son inevitables. Aparte de las ya mencionadas (odiosas a más no poder) equiparaciones con Crusoe: «Un Robinson moderno», y Walden: «Un Thoreau a la fuerza», lo que me atrapa de su estilo es un cierto aroma Galdosiano. Un sabor a antiguo sin retrogusto a viejuno. Su capacidad para retratar personajes únicos, con los que todos podernos sentirnos identificados. Y ante todo, un sentido del humor aplastante.

Si formáis parte del reducido grupo que aún no ha leído este libro, dejad lo que estéis haciendo (dejad de leer esto), salid pitando a vuestra librería más cercana y haceros con él antes de que se agote la décima edición. Aprovechad los rigores estivales para sentaros bajo una higuera y reír, reflexionar y dejar que la inspiración que evoca el texto os ayude a meditar acerca de mundos tan lejanos y cercanos como los de Manuel y Los Mochufas.

Javier Sebastián