El blog de Caótica

Viewing posts from the El blog de Caótica category

La puerta del bosque

La verdad es que creo que he leído La Puerta del Bosque justo en el momento en el que debía leerlo. Ha sido un soplo de aire fresco, entre tantas novelas oscuras y tristes que no paran de publicarse ahora mismo.

Cuando comencé a leer el libro no podía parar y me sentí como cuando era pequeña y mi madre me leía un cuento antes de dormir.

Pero también he sentido que ahora al ser mayor, me doy cuenta de que todo lo de esos cuentos no era tan bonito como lo pintaban.

Este libro es precioso y está tan bien escrito que se lo recomiendo a cualquier persona. Tanto como a adolescentes que sean adictos a la lectura o a adolescentes que no hayan tocado un libro en su vida (más que los obligatorios). Este es un buen libro para comenzar y engancharles.

Realmente, lo he disfrutado muchísimo. Es un libro tan original, y con unos personajes tan extraordinarios que es alucinante leerlo. Te transporta a otro lugar de una forma muy natural y perfecta. Ha sido un gran descubrimiento para mí.

 

Lara

Toda una vida

Toda una vida
Robert Seethaler
Ed. Salamandra

-La muerte es una porquería -dijo-. Con el tiempo vamos menguando. En unos pasa rápido, en otros puede durar más. Desde el nacimiento vamos perdiendo una cosa tras otra: primero un dedo, luego un brazo; primero un diente, luego la dentadura; primero un recuerdo, luego la memoria entera; y así sucesivamente, hasta que llega un momento en que ya no nos queda nada. Entonces meten nuestros últimos restos en un agujero, los tapan a paladas y listo.

Yo creo que en toda la vida (de un ser humano dado) nunca pasa nada. Por eso, cuando me apuro mucho por alguna tribulación cargada de amenazas, me digo: tranquila, resiste, nunca pasa nada. Y es verdad. Pasan muchas cosas, claro, felices y desgraciadas, pero yo creo que la vida es un caleidoscopio que continuamente nos ofrece todo como por primera y única vez aunque siempre estemos mirando las mismas piedritas de colores bajo posiciones distintas. Yo creo que, cuando somos jóvenes y radicales, creemos que una buena persona es la que hace cosas buenas pero, cuando nos acercamos al final, intuimos que una buena persona es la que muere sin haber hecho nada malo. Yo creo que una vida puede conocer muchos lugares del corazón antes de morir: el amor, un paisaje, una guerra, un campo de concentración, las pequeñas prostituciones con las que llenamos el carro de la compra… Pero nunca, nunca, nunca, pasa nada. Llamamos vida a una sucesión de opiniones propias más o menos erradas que desembocan en una final. Y yo creo, sospecho, temo, que este sí tiene su importancia y su razón de ser: cómo morimos. Ni siquiera me refiero a los últimos tiempos, estoy pensando en el último instante. No sé si me seguís, espero que sí.

Y ahora me dirijo a ti, A, querido amigo de nuestra común amiga N. Nunca nos conocimos y eso es lo de menos. Leías estos textos o reseñas y los comentabas con N. Ella me lo contaba y para mí era importante no defraudarte. Eras un otro exigente a quien yo sabía en el otro lado. Da igual, el caso es que N y tú os recomendabais libros. Eras un lector cuyo criterio le importaba a N aunque nunca fuiste cansino ni onanista con tus recomendaciones. Digamos que te importaba un bledo que otros leyeran lo mismo que tú. Pero un día, un viernes, pusiste mucho empeño: tienes que leer este libro cuanto antes, le dijiste. Te referías a Toda una vida. Al día siguiente, sábado, en tu cuarto de baño dejaste de existir. Tras tres días de completa soledad inane, te encontraron y certificaron lo debido. Quienes ya han leído este libro comprenden mucho. Quienes lo van a leer, comprenderán. ¿Qué viste en el baño? ¿Montañas nevadas y un aire tan limpio que los pulmones no lo pueden asimilar? ¿Qué veré yo en esa hora, desconocido A? Ya ves, al final me recomendaste un libro, así, sin conocernos. Un gran libro al que sólo la velocidad editorial puede impedir que se convierta en un clásico del XXI. No tiene la menor importancia.
Gracias por toda la vida de Andreas Egger, A.

Belén Rubiano

Cinco mujeres excepcionales

Cinco mujeres excepcionales
James Lord
Elba editorial

James Lord es lo que los círculos literarios más puristas calificarían de un escritor menor, por no decir un mero biógrafo de celebridades o un cotilla de altos vuelos metido a escritor. Novelista frustrado, tal vez.
(Del prólogo de Clara Pastor para esta edición)

Y lo que sigue son los motivos por los que le recomiendo este libro a todo el mundo excepto a mis enemigos (pasivos que confío en tener aunque en número bajo; porque si no los tienes es que eres una ameba y porque si son muchos algo muy malo habrás hecho). Tampoco es que les desee nada que les duela, ojo, pero no es plan de que si me tienen manía disfruten, encima y por mi culpa, de esta maravilla. Bueno, al lío:
1. El verano. No sé hasta qué punto somos lo que comemos, pero sé cómo y cuánto somos lo que leemos. En invierno y en verano, pero no me negaréis que los veranos en los que la suerte lectora nos acompaña marcan de un modo más indeleble nuestras vidas. Eso es así y el mundo no lo he diseñado yo.
2. El prólogo. Ignoro quién es Clara Pastor (debe tener un nivel intelectual que le envidio) ni con qué círculos literarios puristas se relaciona, pero los míos (es una tan poquita cosa) encontrarían en este volumen motivos suficientes para alimentarse durante mucho tiempo. ¿Cuántos libros mediocres alberga vuestra biblioteca personal cuyos prólogos juran la maestría de sus letras? Y ¿cuántos libros extraordinarios cuyos prólogos vengan a sugerir: lo que van a leer no vale demasiado, el lado bueno es que este James Lord aún tiene libros peores? ¿De verdad creéis que podéis renunciar a tener este libro en esta edición? Si esto es oro molido, por favor. Viva Elba.
3. Las protagonistas: Gertrude Stein, Alice B. Toklas, Arletty, Marie-Laure de Noailles y Errieta Perdikidi.
4. Todos los secundarios y el propio Lord.
5. El siglo XX a través del arte y el final de Europa.
6. El feminismo.
7. El clímax: Errieta, Errieta, Errieta.

Belén Rubiano

Y de Yesterday

Y de Yesterday
Sue Grafton
Tusquets editores

Me llamo Kinsey Millhone. Soy investigadora privada, tengo treinta y nueve años y trabajo en esta ciudad del sur de California situada a ciento cincuenta kilómetros al norte de Los Ángeles. Además, estoy soltera y me fastidia que me lo saquen a relucir.

El acto de sublimar es una suerte de evitación que suele generar más daños de los que alivia. Excepto en el arte. En 1982 Sue Grafton sublimó las inmensas ganas que tenía de acompañar a su ex marido al otro mundo con sus propias manos y escribió A de Adulterio como otras van a terapia o a la cárcel. Disfrutó tanto y le salió tan bien el sucedáneo que se le pasaron para siempre las ganas de innovar con su divorcio y creo que hasta olvidó que había estado casada con un cretino. El hecho de de que sus lectores disfrutáramos de su alter ego (Kinsey Millhone) y de su manera de explicarse el mundo aún más que ella misma supongo que también ayudó bastante. Por no hablar de que si tu editor te dice coño, Sue, esto es muy bueno, ¿sería usted capaz de escribir una letra por año y lo llamamos el Alfabeto del Crimen? es más fácil que una cosa lleve a la otra. A ella le faltó tiempo (ni uno sólo de sus libros es flojo) para demostrar que estaba más que capacitada, claro.
Dejando inacabada Z de Zombie, de Zzzz o de Zoom (ya nunca lo sabremos) Sue Grafton nos dejó el año pasado sin que eso tenga la menor importancia salvo para ella misma y sus hijos, ya que cuando una es tan condenadamente buena puede dejar de escribir cuando le parezca con la tranquilidad que debe dar haber contribuido mucho más que la media a elevar el nivel de lo que sale de una imprenta.
Independientemente de si uno (por motivos económicos, laborales o por vivir con un gato que no viaja) puede permitirse vacaciones, el verano es un estado de ánimo que siempre se puede perfeccionar leyendo una nueva aventura de Kinsey Millhone. Incluso sin mar e incluso sin piscina. Y hasta sin letra nueva cuando las hemos leído todas porque, insisto, lo que nos ha dejado es verdadera literatura que, como tal, gana al ser releída.
A diferencia de la relación de la propia estatura con el ansia de poder o la de la necesidad de un refugio con la vida monástica, el verano es un arte que también mejora cuando lo sublimamos.

Belén Rubiano

Infiltrada

Infiltrada
D. B. John
Salamandra editores

La señora Moon abrió la puerta y se encontró a Tae-hyon sentado en el suelo con las piernas cruzadas, fumando tabaco negro liado. Bajo la bombilla desnuda, su rostro exhibía tantas arrugas y surcos como un campo marchito.
Se notaba que no había hecho nada en todo el día. Sin embargo, como para ella era importante evitar el bochorno de un marido, sonrió y dijo:
– Qué contenta estoy de haberme casado contigo.
 Tae-hyon apartó la mirada.
–  Me alegro de que uno de los dos esté contento.
Ella dejó la cesta en el suelo y se quitó las botas de goma… En la pared, los retratos de los los Líderes, Padre e Hijo, estaban inmaculados. Les había quitado el polvo con un trapo especial.

Kim Jong Il se podría considerar un personaje pintoresco, excéntrico y con una biografía un tanto peculiar, donde se afirma que escribió mil quinientos libros en tres años, aprendió a hablar a los dos meses de nacer o que nunca defecó. Un personaje de novela barata de no ser porque su país es una cárcel y él era el carcelero. Infiltrada trata sobre la gente que está presa en ese país de una manera o de otra.
Narra la historia de tres personajes: Jenna, profesora, es reclutada por la CIA para una misión en Corea del Norte (donde intentará descubrir qué le ocurrió a su hermana, dada por desaparecida, pero que en realidad fue secuestrada por agentes norcoreanos), la señora Moon, que malvive trabajando en una cooperativa agraria estatal y el coronel Cho, orgulloso representante de Kim Jong Il en una misión diplomática en el extranjero.
A algunos la historia les parecerá totalmente inverosímil, pero a Corea del Norte le gustaba secuestrar, tan sólo hay que recordar los secuestros que llevó a cabo (ciudadanos japoneses o un conocido cineasta surcoreano y su esposa secuestrados para trabajar en las producciones cinematográficas norcoreanas) y que tuvo que reconocer hace unos años.
No voy a desvelar cómo convergen las historias de los personajes protagonistas, pero todos verán cómo su mundo y sus certezas se van desmoronando, aunque ello no pille muy de sorpresa a la señora Moon (mi personaje preferido), ya que ella en el fondo es una mujer con un gusto refinado y elegante obligada a vivir en un mundo brutal y embrutecido.
Lean la novela, no se queden sólo con lo que vean en los documentales, comprueben cómo puede ser la vida diaria en un país absurdo (no hay más que pensar en tener que limpiar a diario los retratos de los líderes, sobre todo si uno lo piensa desde nuestra óptica occidental donde nos da pereza limpiar los cristales de las ventanas), un país propio del 1984 de Orwell. Léanla también porque la señora Moon se reiría si supiera que su vida miserable puede interesar a alguien que no sea un espía del gobierno. Y léanla porque sí, porque es verano y qué mejor que un libro para vivir otras vidas y pensar.

Por último les voy a pedir un favor: visiten la página https://flashdrivesforfreedom.org/ y donen sus pendrives para que la información y la verdad lleguen a Corea del Norte.

Manuel Reyes

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina Love
Pedro Mairal
Libros del Asteroide

– ¿Y cómo se llamaba?
– Sabrina.
– ¿Y qué te hizo?
– ¿Me estás entrevistando? 

La vida empieza de cualquier manera y nunca se sabe cómo va a respirar. Cada biografía es como una madeja de hilo a la que, tras manosearla el tiempo suficiente, se le escapa un cabo. Luego tiras de ese extremo, vas desenrollando todo el hilo y acabas por tener una historia. La que sea, pero la tuya. A la manera en que nos ocupamos del hilo (que no se enrede, que no se rompa, que no se ensucie o todo lo contrario) solemos llamarla libertad. Al cabo que se suelta como por propia voluntad y del que tiramos, lo llamamos destino.
Es curioso el destino de Mairal. Nace en Buenos Aires un día como otro de 1970. Es un gran escritor pero nadie lo sabe y él menos que nadie, aunque es fácil suponer que alguna sospecha que otra, con más miedo que vergüenza, albergaría. A ver cómo te ganas la vida si has nacido siendo un gran escritor…
Sigo. En 1998 (aun sin calculadora es fácil deducir que no tenía ni treinta años) gana el Clarín de novela, el galardón más prestigioso de su país. En el jurado del premio está, entre otros, Adolfo Bioy Casares y a los lectores argentinos les da por pensar que el honor le queda grande y lo han premiado por ser su sobrino. Ni existe tal parentesco ni conoce al consagrado, pero el caso es que Argentina no se mata por leer Una noche con Sabrina Love. En España, Jorge Herralde compra los derechos de la novela para Anagrama pero, en vez de publicarla en la colección de Narrativas hispánicas (que era su lugar) lo hace en Contraseñas (que no lo era ni de lejos) con lo que tampoco queremos leer ese libro ni cuando, descatalogado, lo encontramos en puestos callejeros y librerías de lance. A Mairal no le queda otra que seguir escribiendo muy bien, claro. No como una vaca sagrada a la que le van a festejar cualquier tontería sino como el gran escritor que es aunque pocos lo sepan. Publica pues otras novelas (creo que Salvatierra es magnífica, aunque aún no he podido leerla) y algo de poesía. Sigue siendo un anti héroe espectacularmente dotado para la literatura aunque apenas si lo saben en su propio hogar. Hace un año escribe La uruguaya, uno de los mejores libros, en mi opinión, publicados en este balbuceante XXI. Lo demás, el reconocimiento y devoción que merece, ya lo sabemos muchos.
Como todos los grandes escritores, Mairal escribe y escribirá un solo libro: el viaje a Ítaca en su caso. Si en La uruguaya el protagonista necesita veinticuatro horas para ir y volver, en Una noche con Sabrina Love necesitará tres días. Lo importante es que todos somos (de chicos) Daniel Montero como, a mitad del camino de nuestras vidas, todos somos Lucas Pereyra. Lo importante es que Pedro Mairal ha tenido la mala suerte de que sus lectores tengamos una buena suerte que no nos merecemos y que, a estas alturas, difícilmente se nos puede malbaratar, pues hay un momento en la vida en el que uno escoge ya para siempre escribir bien y tocar el ukelele a ser una vaca sagrada que se enoja cada dos por tres toda vez que dos o tres (nunca son muchos más) se dan cuenta del engaño.
Yo creo que algunos destinos, como el de Pedro Mairal, son perfectos. Pero eso lo he sabido siempre; lo que mis prejuicios han aprendido es que una gran novela (Una noche con Sabrina Love, por ejemplo) puede dormir un sueño injusto durante veinte años delante de mis ojos y al alcance de mis manos.

Belén Rubiano

Memorias de un librero

Memorias de un librero

Héctor Yánover

Trama Ed.

Tengo que rendir un digno y justo homenaje. Lo mejor de una librería no es el libro ni lo que el libro pueda llagar a significar; no son, por supuesto, ni las estanterías ni los proveedores. Lo mejor de una librería son los clientes de las librerías. Son los habitués, los lectores, los amigos, los compradores de libros. A ellos, porque son hermosos y hacen posible la belleza, yo les doy un abrazo, emocionado.

Que España es uno de los países donde más (y mejor) se edita no deja de ser motivo de perplejidad, pues también es uno de los países donde menos se lee. Ya, el clima. Pero no quería hablar del tiempo sino de nuestros lectores:

A. La mayoría absoluta pertenece a este grupo. Sus lectores compran un libro al año (unidad de tiempo que a veces necesitan para leerlo) y lo sobrellevan como quien tiene que cargar con un trofeo muy pesado. La naturaleza del libro elegido responde, siempre, a razones completamente esotéricas. Unas veces es una bazofia y otras (las menos) es un libro excelente (el caso de Patria) cuya lectura también disfrutan quienes integran los grupos B y C. Los lectores del grupo A suelen afirmar sin sonrojarse que leer es para ellos una actividad vital para la que quisieran disponer de más tiempo. Esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo y apenas si revela (salvo que somos una especie muy divertida) rasgo alguno de la humanidad. Yo, sin ir más lejos, hago lo mismo con el deporte. Un día subí una cuesta en el campo que hubiera preferido que no estuviera allí y, desde entonces, sostengo que el senderismo me encanta y que, si no lo practico más a menudo, es por falta de tiempo. Dado que las editoriales que tienen la suerte de tener en su catálogo uno de estos títulos tocados por la gracia no son muy amigas de dar cifras reales para que el ministro de Hacienda no les chinche, me resulta muy difícil aventurar un número aproximado de cuántos lectores empedernidos pertenecen a este grupo pero, tranquilamente, dos o tres millones. Si el número no es mayor es gracias a ellos mismos ya que, conscientes del despilfarro que supone la compra del libro anual, hacen cuanto pueden por evitar su venta: Es buenísimo, me está encantando, pero no se te ocurra comprártelo que cuando lo lea mi madre y mi hermano, te lo presto. Insisto, no es una crítica y yo hice lo mismo con unas mancuernas que compré hace tiempo: regalarlas sin importarme nada lo que pudiera dolerle al dueño de Decathlon.

B. A este grupo pertenecen los verdaderos lectores. Almas maravillosas para las librerías que, a sabiendas de lo importante que es tener un seguro médico privado hoy en día, prefieren comprar todos los libros que puedan leer cada mes (más uno o dos que ya leerán cuando les toque o no; tenerlo también importa) y confiar en la bondad de los extraños cada vez que necesiten forjar el carácter en la sala de espera del Macarena o el hospital que los políticos de su código postal hayan decidido que es más que suficiente para ir tirando. ¿Ciento cincuenta mil? En toda la geografía peninsular e insular, no creo que seamos muchos más.

C. Se da el caso (y yo no digo que sean virtuosos; eso tiene que ser un vicio, una compulsión o ambas cosas) de lectores que, independientemente de sus caudales, van por ahí con los cuellos de las camisas rozados y hasta zurcidos, que ni miran el valor nutricional de las cenas de sus propios hijos porque todo se lo gastan en libros y sostienen que el almuerzo del comedor escolar ya es equilibrado por ley. Son almas que hasta han tenido que renunciar a la visita trimestral a su echador de cartas de cabecera y que han aprendido a hacerse la pedicura para poder prescindir también de los honorarios de su podólogo. Son lectores que hasta vuelven a comprar un libro del que ya tienen dos ejemplares. ¿Por qué? Pues por la traducción, por un prólogo nuevo, porque el papel huele distinto, yo qué sé. En España, documentados, viven trescientos veintinueve de estos seres extraordinarios. Me llegan datos de un señor de Oviedo que, por lo visto, también, pero como no lo he podido contrastar porque no tiene teléfono (supongo que ha dado de baja la línea e internet para poder comprar más libros) y no puedo estar segura de que no sea un fake del grupo C, no lo incorporo a la cifra.

Bueno, pues esto somos y todo este rollo apenas tiene un objetivo: cada uno sabe las cabras que guarda y a qué grupo pertenece. Yo sólo os digo que si pertenecéis al grupo B o C, no habéis leído aún esta joya impagable del librero argentino Héctor Yánover y la descubrís gracias a estas líneas, me tendréis gratitud mientras viváis. Que ahora tienen los de Trama sus derechos y no os podéis permitir dejarlo pasar y que vuelva a estar descatalogado. Que todos estos años en los que el libro debía ser rastreado en librerías de viejo han sido, os lo prometo, muy duros y el mundo, sin la menor duda, un lugar peor donde leer.

 

Belén Rubiano

El arte de la ficción

El arte de la ficción
James Salter
Salamandra

Escribir sobre uno mismo desinteresadamente es difícil. No se trata de una cuestión de tėcnica. No estaba seguro de hasta dónde llevar la confesión, rasgar las costuras. Al mismo tiempo, ¿por qué iba a interesarle a nadie mi vida, a menos que estuviera escrita como una novela?

Porque el propio Salter invita en una de sus conferencias a extremar la libertad, copio y pego en el punto uno un post mío de otros pagos y luego sigo:

1. Que yo no digo, porque ningún libro o taller de escritura sirve para eso, que después de leerlo vayáis a escribir mejor. Ni de coña, vamos. Ni siquiera en vuestros mensajes de textos o en las cartas que escribiréis para daros de baja en compañías que os estén poniendo de los nervios se apreciará la más leve mejoría y hasta vuestro testamento, si lo redactáis vosotros mismos, será igual de confuso que antes de Salter y un pobre notario tendrá que cobrar sus honorarios para que alguien lo entienda. No es eso, lo que intento deciros es que, si os interesa lo que le pasa a las palabras cuando las ponemos por escrito, estas tres conferencias dictadas os son imprescindibles aunque sólo tengáis a día de hoy quince euros en el banco. Pues qué caro, pensaréis más de uno, total, por noventa y cuatro páginas que me van a dejar como estoy. Pues no, listos, qué serán quince euros a cambio de una cura de humildad tan tierna como necesaria y la certeza, al llegar al final, de que verdaderamente estáis menos solos que antes. Un chollo, de verdad.

2. Si Wislawa Szymborska en su Correo literario (tenéis la recomendación encarecida en este mismo blog) nos ofrecía su cura de humildad a hostia limpia, Salter lo hace como quien sabe lo frágil que es la piel de quienes, sin pretender hacer daño a nadie por el camino querrían, sencillamente, leer y escribir mejor en previsión, quizás, de ese día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales.

3. Y así queda mi ranking hasta la fecha para este tipo de libros: Premio gordo para Salter, porque lo tiene todo. Segunda posición para Stephen King y su Mientras escribo, porque no va de nada (ni de gran escritor, ni de millonario guay) pero sí da buenos consejos y comparte lo que a él le ha funcionado. Y por último pero no menos, Suspense de Patricia Highsmith, porque también es generosa con quienes se exigen mucho a sí mismos cuando escriben y, además, pone el dedo en una llaga nada desdeñable: el suspense no es un atributo que sólo favorezca a los textos de ese género, ya que hasta el prospecto de un anti inflamatorio gana mucho si el lector conoce de antemano que no le será dado saber hasta el final cuántas probabilidades tiene de ser uno entre cien (posible somnolencia) o uno entre un millón (sueño eterno).

Belén Rubiano

El asesino tímido

El asesino tímido
Clara Usón
Seix Barral

Los médicos me prohibieron retomar mi trabajo de abogada hasta mi completa curación, pero nadie me dijo que no podía escribir novelas, escribir novelas, según mi madre, es un hobby, como hacer punto o jugar al golf, los hobbies son inofensivos por definición y yo a nadie perjudicaba con mis veleidades literarias. (Danilo Kiš dijo que cuando uno ya no tiene nada que perder, empieza a escribir, escribir es un acto de desesperación. Ahorcarse o sentarse delante de la máquina de escribir es el único dilema, afirma Kiš ; yo, si bien soy tímida, no valgo para asesina, incapaz de ahorcarme y sin nada que perder, escribo).

He tenido que leer la novela al menos dos veces. Como Borges, creo en el poder de la relectura más que en el de la lectura. Y en mi caso releo por dos motivos: releo los párrafos de manera obsesiva por culpa de un diagnosticado déficit de atención; y releo los textos, sean capítulos o novelas enteras, que necesito interiorizar. Subrayo a lápiz lo que debería memorizar y redondeo lo que me tatuaría si no le tuviera respeto al dolor de lo que al menos antes era para toda la vida. Cuando era adolescente un profesor de Literatura me enseñó a leer con un lápiz en la mano. Sin embargo mi ejemplar de El asesino tímido está impoluto. Podría interpretarse que me ha dejado indiferente. Mis relecturas no han dejado huella de grafito sobre el papel. No están escritas todas las veces que mis ojos han pasado por sus párrafos y algunos de sus capítulos. Y sin embargo, en todo momento, la relectura ha estado acompañada de un mullido sentimiento de gratitud; mullido como un colchón que acoge y da descanso a un cuerpo y una mente agotados de transitar laberintos, propios y ajenos.

Si alguna vez, todas las veces, me he perdido en mis intentos de comprender el impulso de autodestrucción humano, tan humano, a Clara Usón le debo la oportunidad de reflexionar con la misma naturalidad que ella alcanza acerca del desesperado deseo de huída que se materializa en el suicidio, como una tentación dulce. Y cómo, afanándose en la desesperación, el poder de la autodestrucción arrasa todo lo que el suicida toca. El triunfo es enfrentarse a la bestia que te seduce con sus promesas de descanso eterno, con sus túneles para escapar de los encierros; y es una lucha diaria en la que cada nuevo día vivido es algo que no te pertenece, porque la bestia te lo arrebató el día que apareció en tu vida y en definitiva da igual de lo que se alimentara, cada autodestrucción tiene sus maneras y sus motivos. (Re)Leer El asesino tímido ha sido escuchar el sonido de las piezas cuando encajan. Puedes atreverte sin miedo a deshacer el puzle que con paciencia has ido conformando, sin desdeñar el valor de cada pieza, porque siempre podrás repetirlo a ciegas con la clarividencia de haber hallado las claves: “haber sufrido—le digo a Sandra citando a Borges—no es ningún mérito, ni enseña nada, ni encierra lección alguna, la vida no es una carrera académica” (esta entre otras).

Cada salto en la narración, cada vericueto de ires y venires, de menciones y conversaciones con un deslumbrante Wittgenstein; o del diálogo íntimo con Camus o Pavese, del que se extraen ideas como piedras preciosas; a la contemplación de una Virginia Woolf entrando en el río con los bolsillos cargados de piedras que te mira y te reta; cada intento por resolver el misterio del suicidio o el asesinato de esta actriz del destape, Sandra Mozarovski, que funciona como símbolo de una promesa de falsa libertad que frustra la vida; cada vericueto de su discurso, que fluye, conforma un laberinto hipnótico en el que te adentras absorta, desenrollando el hilo de Ariadna que te regala la Usón con un seguro de retorno. Caminas en él, página a página, tras las confesiones alucinadas de una voz potente y circular. Transitas en ella entre la realidad, la ficción, la locura, el drama y el humor, un magnífico y refrescante humor; pero sobre todo en la lucidez de una mujer redimida, ya por fin libre, vivencialmente libre, hasta de sí misma. Y es por este brillo, esta solidez, esta sabiduría y estas bondades que El asesino tímido se merece, como algunos de los que están entre los grandes, una o varias relecturas.

Maite Aragón

La condena de Sísifo es al mismo tiempo su salvación, porque si una sola vez le fuera concedido alcanzar la cumbre de la montaña y depositar allí su roca, librándose de su carga, ¿qué hará después?

Reza la banda promocional del libro: Una novela inspirada en el caso real de la polémica muerte de Sandra Mozarovski. Afortunadamente, no es verdad. Porque es mucho más, no porque la reconstrucción del temprano final de Sandra no le resulte al lector apasionante. Se publican tantas novedades que apenas si sirven para salvar un fin de semana del mero acto de pensar y pensar en vano que, aunque no sé cómo llevar esta recomendación a puerto, sí sé que para mí es especial. Digamos que es prurito personal conseguir que el mayor número de lectores indecisos elijan este libro entre tantas sirenas desafinadas. Vale, iré por partes.

1. Claro que es la historia de Sandra Mozarovski, aquella actriz del destape y la transición que murió con dieciocho años tras caer desde la terraza de su casa de Madrid una triste noche estival de 1977. Aunque hay pocos datos fiables en las hemerotecas (las eufemísticas revistas del corazón de la época) y ninguna autopsia que se hiciera pública, lo único que queda claro es que (por la estructura de la barandilla) su muerte no pudo ser un accidente: o se suicidó o la invitaron a no molestar. ¿Era una de las amantes de nuestro estrenado monarca puesto a dedo? ¿Estaba embarazada de él? Sólo sabemos que murió demasiado joven, que en aquella época ningún padre le hubiera pedido a un rey una prueba de ADN y que a su Alteza sólo le salpicó el asunto en tanto en cuanto sus entrañables amigas empezaron a grabar (sin pedir permiso) sus encuentros amorosos. Todo un fastidio, no me digáis que no.

2. Si no la mataron, este es el primer suicidio de esta historia que tira de tantos hilos a la vez. Cesare Pavese, cansado de ser un Sísifo, llamó a la muerte y ésta acudió. Con anterioridad, había bautizado a la autolisis como ese asesino tímido.

3. De Camus, que también es uno de los actores principales de la trama, no sabemos si se suicidó o no. El francés absurdo e individualista (lo decía él) murió en un accidente de coche tras empotrar el que le acababa de prestar Gallimard. Nunca se sabrá mas pudo ser y, si no, fue sin querer queriendo. Llevamos dos.

4. Y tenemos a Wittgenstein quien, tras desearlo mucho y quizás predestinado, no fue capaz. Muere pues cuando le llega su hora y dedica su vida, entre otras cosas, a la filosofía del lenguaje. ¿Sirve este realmente para traducir el pensamiento? De lo que no se puede hablar, dice, es mejor callar. Y sigue viviendo pues matarse, lo sabemos todos, no está al alcance de cualquiera. Ya os he contado, muy por encima, el argumento de la novela (novela o literatura del yo, que ahora hay que ponerle etiquetas a todo, por lo visto). El tema aún es mejor: nacer de cualquier modo, crecer a lo loco, vivir o no.

5. No me olvido de ella, la propia Clara Usón: Fui joven en una época en que el futuro parecía también joven y nuevo. En esa primera frase del libro, Usón ya cuenta que la primera persona es la suya y nos presenta a uno de los personajes secundarios más importantes del texto: la transición, la movida, los 80’s. De su generación dice la autora (no en el libro, sino cuando habla de él): Quisimos ser jóvenes y serlo mucho tiempo. Éramos nuevos ricos de libertad. Kamikazes. Subtrama esta (la de los ángulos ciegos de la historia, su propia juventud y la de Sandra) que le sirve para introducir a otro personaje fundamental: la voluntad de autodestrucción y cuanto implica.

6. ¿Para qué sirven las palabras? Las de los libros y las que nos decimos. Como mucho, y no siempre, para no morir. Sherezade habla, habla, habla y sus males no espanta, pero consigue una nueva prórroga cada día. Es justo lo que hace Clara Usón con sus lectores. Defiende la estructura del libro porque a ella lo que le gusta, dice, es contar muchas cosas a la vez. Y que, teniendo en cuenta lo inconexa y desordenada que es la vida, el único hilo conductor es uno mismo y ya está.

7. Hilo. Ovillo. Porque todo lo anterior que os he contado está maravillosamente enredado en la novela. Todas las paralelas de la trama resultan ser secantes que se rozan: Sísifo, Pavese, Camus, Sandra Mozarovski, Wittgenstein (que repetirá una y otra vez que de lo que no se puede hablar es mejor callar) o Juan Carlos I que, como sigue siendo el rey y la sombra de Shakespeare es tan alargada, concluirá: ¿por qué no te callas?

Belén Rubiano

Solenoide

Solenoide
Mircea Cartarescu
Impedimenta

Al igual que el sexo y las drogas, al igual que todas las manipulaciones de nuestra mente que querrían reventar el cráneo y salir al mundo, la literatura es una máquina de crear, en primer lugar, beatitud, y luego decepción. Después de leer decenas de miles de libros, no puedes evitar preguntarte: ¿dónde ha estado mi vida durante todo este tiempo?

Comencemos con una verdad: todos los escritores escriben lo que les viene en gana. Y entremos en detalle: hay escritores libres y escritores libérrimos. A estos últimos pertenece Mircea Cartarescu. Uno tiene la sensación de que sólo con un dominio total del vocabulario, con una aplicación virtuosa del ritmo, con la entrega absoluta en cada frase, se puede escribir lo que sea —de verdad, lo que sea— sin caer en el patetismo, la pedantería o el ridículo. Eso ocurre con el libro del bucarestino, del que intentaré hablar sin destripar nada. Ese asombro infantil que acomete al lector es parte de su encanto. Porque Solenoide se pone intenso, muy intenso. En sus 800 páginas caben sueños, divagaciones existenciales, alucinaciones, semblanzas, lecciones de matemática y mundos paralelos, y todo ello lo sostienen, además del papel, una ciudad y un hombre. La ciudad es el tristísimo Bucarest comunista, y el hombre es, o no es, o quizás sea —no lo sé ni lo sabe él mismo— el propio Cartarescu. Hay aquí un juego de espejos, propio de la obra cartaresquiana, en el que el autor y su reflejo ficticio se entremezclan. Un problema añadido es que él tampoco sabe mirar su vida con otros ojos que los del literato, ni es capaz, como digo, de distinguir entre lo inventado, lo vivido, lo imaginado, lo anhelado. No es nada que nos deba sorprender, porque ese problema lo tenemos todos: mírense al espejo, o al espejo deformado de su propia memoria, y me cuentan. Dicen las lenguas desatadas que pocos de los críticos que han reseñado Solenoide se han leído el libro. Todo el libro, digo. Y hay que tener en cuenta que a esta novela le han llovido los premios. ¿Cómo una obra como esta, sembrada de pasajes geniales, de narraciones alucinadas, de viajes insólitos, ha acabado con la paciencia de avezados lectores? En primer lugar, porque a esos lectores no les da el día ni la semana ni el mes para leer tanta novedad. El mercado editorial está desatado, no dejan de aparecer libros esenciales, impostergables, definitivos. En segundo lugar, se entiende esta impaciencia o descreimiento porque este es un libro grande, enorme, tan desmesurado que junto a sus muchas virtudes brotan, como malas hierbas, párrafos, incluso capítulos, que parecen no ir a ninguna parte. No es que esta sea una historia lineal, ni esperamos eso de ella. Pero tampoco podemos aceptarlo todo. La novela como género es una paella, y hay malas novelas como hay chiringuitos cutres. En el caso que nos ocupa, las malas hierbas son como esas manchitas del ojo que estropean una puesta de sol: molestias sin importancia. Más de una vez he levantado la vista, con el libro abierto, manoteando el aire oscuro de mi cabeza, tratando de encontrar la causa de un deleite extraordinario. Pocas veces me ocurre. Creo que, al igual que ocurre con la creación poética, el vínculo con un libro leído, el motivo por el que ese libro nos sigue hablando tras cerrar sus tapas, consiste en una imagen, un pensamiento, una idea; la perla o prisma que engloba y muta el mundo; el momento en el que todo se olvida, todo se vacía para abarcar un detalle, una anécdota en la que todo, en fin, se resume y recuerda. (Lo mismo ocurre con una canción, una película, una pintura, un amor, un trauma). Solenoide contiene varias, y todas ellas consiguen, además, entrelazarse, replicarse, ir de la mano, lejos la una de la otra, como notas de un mismo acorde. Nada de este entusiasmo —que espero haberles transmitido— habría sido posible sin la traducción imposible de Marian Ochoa de Eribe, quien de principio a fin logra que leamos rumano en español, o español con acento del este; no sé cómo decirlo sin que parezca una perogrullada. De aquí se sale con ganas de seguir leyendo a Cartarescu y más sabiendo, como he sabido luego, que todos sus libros cuentan, de manera más o menos velada, las mismas historias, la misma música.

Rafa Castaño