El blog de Caótica

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Los Papalagi

Los Papalagi.

Edición de Erich Scheurmann.

Dibujos de Joost Swarte.

RBA.

“Los Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos (…) La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que son”.

El gran jefe samoano Tuiavii de Tivea nos llamó los Papalagi. Tras visitar Europa a finales de los años veinte regresó a Upolu, su isla Polinesia, sinceramente aterrorizado y preocupado por el hombre blanco. Pero algo de horror propio hay también en su aversión a nuestro consumir los días, vivir mal y comprar cosas. Como si presintiera que una enfermedad tan localizada en un continente concreto pudiese, algún día (y no lo permita jamás el Gran Espíritu) alcanzar a sus hermanos. Me atrevo a afirmar que ni una sola frase del largo discurso tiene desperdicio o ha envejecido mal. Su mirada sobre nosotros es certera, ingenua, amorosa y lúcida. Y es tan divertido en sus percepciones que pudiera ser muy fácil no darnos cuenta de que estamos ante el texto más triste y compasivo que hayamos leído antes sobre nosotros mismos. La voz de Tuaivii nos sigue advirtiendo, desde esta reimpresión tan deliciosa como económica, de que no sabemos vivir, que no hemos entendido nada, ni hay inteligencia alguna en pasar los días haciendo daño y autolesionándonos. Vivir, parece apuntar el de Tivea, es un misterio tan complejo como paradójico porque, careciendo de sentido o finalidad es, ante todo, un acto sagrado.

El gran jefe samoano no sospechó nunca que sus humildes palabras llegarían a imprimirse en papel tosco y que aun muchos años después de la primera edición (1929) las podríamos adquirir con metales redondos y rectángulos de plástico. Posiblemente se hubiera sentido, de saberlo, terriblemente avergonzado pues todo buen hombre sabe que el colmo de la mala educación es dejar a otros en evidencia.

Belén Rubiano

A contraluz

A contraluz
Rachel Cusk
Libros del Asteroide

 

“Me acordaba muy a menudo del capítulo de “Cumbres borrascosas” en el que Heathcliff y Cathy, en el sombrío jardín, miran por las ventanas de la sala de los Linton y observan la iluminada escena familiar que tiene lugar puertas adentro. Lo fatal de esa visión es su subjetividad: al mirar por la ventana, los dos ven cosas distintas: Heathcliff algo que odia y teme, y Cathy, algo que desea y que echa en falta. Pero ninguno ve las cosas como realmente son. Y, de igual manera, yo empezaba a ver mis propios miedos y mis propios deseos manifestándose fuera de mí, empezaba a ver en las vidas ajenas un comentario de la mía.”

1. Carol Shields, Robertson Davies, Rohinton Mistry, Ann-Marie MacDonald, Margaret Laurence, Margaret Atwood, Malcolm Lawry, Alice Munro, Mavis Gallant, etc. Si naces en Canadá y eres escritor, estás condenado a ser muy bueno.
2. Los nacidos en Canadá también pueden ser escritores malos o mediocres, pero el Gobierno canadiense tiene un control muy férreo sobre los derechos de traducción de dichos escritores, ya que les encanta presumir de literatos estupendos allende sus fronteras.
3. Rachel Cusk (canadiense de nacimiento) es muy buena. Es posible que para la calidad literaria baste con vivir en Canadá los primeros siete años y luego ya te puedas ir a donde te lleven los mayores.
4. Tampoco hay que descartar a lo loco que puedan ser propiedades desconocidas (por ahora) del jarabe de alce.
5. A escribir se aprende leyendo y ensayando. No existen otros caminos ni atajos.
6. Bueno, también es imprescindible que el día de tu nacimiento la única hada madrina que estuviera de guardia no fuese la que regalaba el don de dormir a las piedras. Imprescindible, la verdad.
7. Hay dos clases de personas y nada más: quienes son capaces de narrarse a sí mismos y quienes no. Yo admiro a los primero y siempre los admiraré.
8. La mitad de los susodichos primeros se hacen escritores cuando son mayores. Los otros son muy apreciados en las reuniones de amigos y, en general, viven mejor que los que se hacen escritores. Normal.
9. La vida real no existe, ya que todo es opinión. A partir de ahí elaboramos la memoria y los recuerdos de lo que fuera que pasó. Si el tiempo acompaña, hasta los analizamos. Dicho análisis también está sujeto a la acción del tiempo sobre él. No es fijo ni sólido, sino portátil y voluble. Si somos honrados, hasta lo reconocemos.
10. Además de sobre el proceso creativo, la meta literatura y todo eso, Rachel Cusk sabe lo suyo sobre la vida y sobre la naturaleza de lo que llamamos amor que grita, amor que calla, amor que llora…

Belén Rubiano.

Esperando noticias

Esperando noticias
Kate Atkinson
Editorial Lumen

Espero que Kate Atkinson no obtenga nunca cualquiera de los máximos galardones que sirven para honrar a los literatos de bien, porque pocas veces los ganan los buenos. No deseo, tampoco, destacar ningún párrafo en especial de su prosa: no lo necesita. Este es el primer libro suyo que disfruto y espero que baste, a modo de humilde crítica literaria, la confesión de que no tengo la más remota idea de cómo voy a lograr sobrevivir una vez que devore todas sus traducciones, que no son pocas, pero lo serán. Creo que si Dickens viviera nuestro tiempo, fuese mujer y deseara un tono más policíaco para sus novelas, podría firmar: Kate Atkinson.

Os recomendaría que la reservéis para atravesar y salvar esas malas rachas infames que toda vida implica si no fuera porque cualquiera puede morir sin previo aviso y, en ese caso, se iría de este mundo sin haber leído.

Maravillosa, única, necesaria e imperfecta. Qué gozada.

 

Belén Rubiano

 

La vegetariana

La vegetariana

Han Kang

:Rata_

 

“En ese instante un joven paciente de veintitantos años se coloca detrás de ella, casi pegado a su espalda. Es algo que ocurre frecuentemente en el sanatorio, pero ella se inquieta. Los pacientes no hacen caso de la distancia apropiada que debe guardar entre sí la gente, así como del tiempo adecuado durante el que se puede mirar a una persona. Algunos tienen la mirada perdida propia de los que viven sumergidos en su mundo, pero también hay muchos que tienen una mirada tan lúcida que pueden ser confundidos con el equipo médico”.

 

Hace ya unos días que lo leí, pero hasta hoy no he encontrado los minutos necesarios para comentarlo y ahora me alegro, pues el tiempo pasado desde su lectura ha jugado a su favor. Si me pareció un buen libro, a estas alturas creo que es muy bueno. Yeonghye, la protagonista, se niega a abandonar al lector, ejerciendo la tozudez de hacerse más presente cada día que pasa y la lectura queda, supuestamente, más lejos en el tiempo. Creo que Yeonghye entronca directamente con la esencia de la que están hechos los mitos, los sueños, los versículos que permanecen y los versos que siempre arden. Es una Bartleby que parece llevar hasta sus últimas coherencias aquel verso de Caeiro: “Yo soy del tamaño de lo que veo”.
Estoy convencida de que si algo es (o debiera ser) un hombre, es una animal responsable. Somos lo que miramos, las conversaciones que soportamos, los lugares donde aceptamos permanecer. Y la única libertad contra lo que sea que repudiemos quizás consista en una tenaz negación (sin juicio ni proselitismo) que no debe aspirar ni a ser comprendida. De eso trata “La vegetariana”: una mujer decide que no quiere ser, en modo alguno, un animal violento. Estructurado en tres partes y tres voces (las dos primeras son buenas, la tercera es mucho mejor) y escrito en un estilo seco que suena como las hojas y ramas caídas que uno pisara en mitad de la noche, esta novela de Han Kang es lo último que yo recomendaría a quienes este verano busquen alguna lectura inocua para sobrevolar fronteras políticas o aumentar el placer del frescor de una alberca. No es eso, afortunadamente.

:Belén Rubiano_

Diez razones por las que no entiendo a Javier Marías

1. Al señor Marías (hijo) también le desagrada el éxito póstumo de la poesía de Gloria Fuertes. También a mí me apena: que sea tan póstumo. Descubrí sus versos, siendo casi una niña, en la colección “Letras Hispánicas” de Cátedra y, desde entonces, nunca he dejado de releerla. Siempre he pensado que estaba dotada de una calidad y verdad arrolladoras. Por cierto (y volveré luego sobre ello), Gloria Fuertes tiene un tema: el exilio íntimo al que te obliga cualquier clase de diferencia. Podéis llamarla pobreza, adolescencia o que, nacida mujer, no te gusten los hombres demasiado. La soledad, sin rencor, que implica habitar cualquier margen por las razones que sean.

2. Pues eso dice, que Gloria Fuertes no es para tanto y que viene a ser como chasco seguro (en su opinión) cuando pagas tu entrada por ver cine español. Qué no daría yo, señor Marías (hijo) por haber sido advertida tan certeramente, pero contra sus propios libros, las pocas veces (aunque demasiadas) en que cambié un trozo de papel con valor moneda de curso legal por páginas suyas. Pero, ¿sabe qué es lo mejor? Que es hermoso que nadie lo hiciera. Es lindo que la mayoría de la gente no vaya por ahí desaconsejando y con su propio gusto (o complejo) personal como único principio rector. Es hermoso, insisto. Tuve un ejemplar raro de “Todas las almas” que regalé con mucho cariño a alguien que sí lo apreciaba. No acabé “Todas las almas”, mi primer intento con su narrativa. Me pareció (y le ruego que me perdone) el típico libro que puedes leer mientras duermes la siesta. Más tarde lo intenté con tres o cuatro más, pues me alegraba de su éxito escritor y respetaba a lectores de excelente criterio que me insistían en disfrutarle. Pero nada, un sueño que me daba leerle que no se lo puede usted ni figurar.

3. Usted, señor Marías (hijo) ha vendido muy bien cuanto escribía durante muchos años, y no sólo me alegraba, sino que he tenido mi parte de responsabilidad. He sido librera y he vendido muy a gusto sus libros, con sus maravillosos títulos (de Shakespeare) y preciosas portadas. ¿Usted sabe (seguro que sí) lo que suponía para un librero abrir las cajas de novedades, sacar una suya y vender diez ejemplares en esa jornada? Era algo que te permitía cenar algo más variado que el plato de macarrones habitual. Sigue pasando, ¿sabe?, pero con otros autores y, en general, está más repartido el pastel (y es obvio que le duele). Pues lo que le decía que, sin gustarme, prefería vender sus libros a los de Ken Follett. Y, no se crea, que me preguntaban los clientes y todo. Siempre fui sincera: No, no me gusta nada. Ni cómo escribe (creo que tortura cada frase hasta hacerla llorar) ni lo que no cuenta porque, Javier Marías, en mi opinión, no cuenta nada, no tiene ningún tema. Me parece, lo suyo, un lucimiento sin causa y una maldad contra los bosques, pero leedlo y me contáis. Quién soy yo para decir a nadie cómo soportar el tráfago inmenso que hay entre el despertar y el sueño.

4. Sugiere que este aniversario tan celebrado de Gloria Fuertes pueda deberse, y eso hasta lo entendería usted, a su condición de mujer y lesbiana (por supuesto, lo dice con palabras más cobardes). ¿Realmente, señor Marías (hijo) usted cree que el mundo que gira alrededor de una imprenta es tan idiota y cambia con tanta ligereza los billetes de veinte euros por versos? Y, lo que me parece más grave, ¿cree que se puede ofender así, con esa impunidad, a tantas mujeres en particular y lectores en general? Lectores de libros de verdad y de sus artículos, digo.

5. Nos sugiere usted, a cambio, un listado de mujeres a las que podríamos leer en vez de perder el tiempo con la simplona de Gloria Fuertes. Muchas gracias por nada pero, mire usted, algunas de sus recomendadas no han sido más justas contra los árboles que sus propios libros y, las que sí, ya las hemos leído.

6. ¿Todas muertas, señor Marías (hijo)? Ni un sólo nombre de escritora viva, con sus derechos de autor, su alquiler o su hipoteca, sus tapitas del bar, su aire acondicionado por reparar o su endodoncia por pagar. Ya es mala suerte. Yo siempre me alegré cada vez que vendía un libro suyo y no sólo por evitar mi pasta hervida, pero me daba alegría que usted pudiera vivir de esto de escribir. Y eso que daba por seguro que cualquier tiempo y dinero que un lector dedicara a su obra dejando de leer la de su padre (tan bueno que aún no nos lo merecemos) era, y es, malbaratado.

7. Hace pocos días que encontré en una librería de lance una de sus últimas novelas con preciosa portada y título (de Hamlet) y, por tres euros, me la llevé. Supongo que sentí la obligación moral, por ese precio, de retirarla de la circulación. Ya en casa pensé: a lo mejor te has hecho mayor y ya Marías (hijo) sí tiene algo que contarte. Ya sabe, la tontería judeocristiana del no sos vos, soy yo. Pero qué va y me dije: pues al primer café que me tome con alguien que lo aprecie (como yo algunas películas españolas) lo llevo a modo de presente y así evito esa cosa tan triste de ir con las manos vacías. Pues bien, su artículo contra Gloria Fuertes y sus lectores logró una cosa rara (en mí): que me levantara, buscara la cinta métrica hasta encontrarla y midiera el lomo de su libro. Mide, exactamente, tres centímetros y veinte milímetros. Desde aquí lanzo la dádiva: el alma primera que me diga que tiene un mueble cojo justo con la antedicha descompensación, suyo es el libro.

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10. Creo que voy a omitir las otras tres razones porque, ¿sabe?, las personas, aun las que atacan y viven en contra de todo (lo que no es conveniencia propia) o sin pensar, son siempre personas. Hasta usted. Las otras tres razones entrarían en la categoría de animadversiones personales a las que también tengo derecho. Pero no a difundirlas sólo por tener un púlpito dado más o menos humilde. Eso sería ponerme a su altura y pocas cosas me preocuparían más. Bastante me disgusta ya haber escrito lo anterior con ánimo de que se publique pero, ¿sabe?, he alcanzado esa edad en la que empieza a inquietarme confundir el final de los (verdaderos) modales con el principio de la (auténtica) cobardía.

Belén Rubiano

La fotografía de la notita ológrafa ha sido cedida amablemente por la pintora Trinidad Fernández; amiga y vecina, durante muchos años, de Gloria Fuertes.

Esperando a mister Bojangles

Esperando a mister Bojangles
Olivier Bourdeaut
Ed. Salamandra

Sus extravagancias llenaron mi vida, anidaron en cada uno de sus rincones y ocuparon toda la esfera del reloj, devorando todos sus instantes. Yo había recibido su locura con los brazos abiertos, y luego los había cerrado para estrecharla con fuerza e impregnarme de ella, pero temía que aquel dulce desvarío no fuera eterno. Para ella, lo real no existía. Había encontrado a un don Quijote con falda y botas que todas las mañanas, con los ojos apenas abiertos y todavía hinchados, saltaba sobre su jamelgo y le golpeaba frenéticamente los flancos para salir al galope e ir al asalto de sus lejanos molinos cotidianos. Había conseguido dar sentido a mi vida transformándola en un caos permanente. Su trayectoria era clara, tenía mil direcciones, millones de horizontes, mi papel consistía en hacer que la intendencia la siguiera a su ritmo, en proporcionarle los medios para vivir su locura sin preocuparse de nada más.

Hamlet, Don Quijote, Ivan Karamazov, cualquier personaje de Alicia en el País de las Maravillas, Las vírgenes suicidas, etc. Etc….¡Cuántos locos personajes literarios me han seducido! ¡Son mis favoritos! Y los protagonistas de “Esperando a Mr. Bojangles” son mis nuevos amigos en la galería del desequilibrio mental. Son unos locos deliciosos, de los cuales me está costando muchísimo desprenderme después de la última página del libro. Probablemente porque no debo desprenderme de su locura, sino todo lo contrario. Hay algo diferente y nuevo en ellos.
Se han preguntado Ustedes alguna vez ¿Cómo sería la vida si me dejara gobernar por una locura más o menos permanente, por momentos extravagantes? Personalmente, me lo pregunto a diario y es una idea que considero seductora, una tentación atractiva que podría atraparme, quizás sin vuelta atrás.
¿Y si esa locura fuera empapada de amor en cada momento? ¿No sería una perspectiva aún más tentadora?
Página tras página, la vida de esta átipica familia que danza con el compás de Mr. Bojangles nos cautiva. Siempre con la banda sonora de la voz de Nina Simone en la cabeza.
Los personajes creados por Olivier Bourdeaut están atormentados, pero se quieren. El amor está por todas partes. Por eso no quiero abandonarlos. Porque la vida puede ser trágica, loca, sin lógica, injusta…..da igual lo absurda que sea. Sólo el amor nos ayuda a sobrellevarlo todo. Y cuanto más amor y locura, mejor.

Claudia Montanari

El hombre que plantaba árboles

Autor: Jean Giono

Ilustraciones: Joëlle Jolivet

Editorial: Duomo ediciones

Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación durante largos años. Si dicha actuación está despojada de todo egoísmo, si la idea que la rige es una generosidad sin par, si es absolutamente cierto que no ha buscado ninguna recompensa y que, además, ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos hallamos, sin duda alguna, ante un carácter inolvidable.

Este libro es un brevísimo cuento de este autor francés, de padre italiano, que tras haber participado en la primera guerra mundial y ante los tremendos horrores vividos, se hizo adalid del pacifismo, desde un profundo convencimiento de la inutilidad de la violencia. Esta actitud moral se trasluce en el cuento, que  hará pensar sobre lo esencial, sobre las cosas que importan, sobre el valor de la austeridad y la tenacidad.  La narración nos dirigirá a la inmensa esperanza de saber que cada ser humano puede  transformar el mundo/su mundo.

Los dibujos acompañan de forma muy adecuada a la sencillez del personaje principal del cuento, con dos desplegables que resumen su desarrollo.

Muy recomendable para jóvenes buscando rumbo.

Patro Peláez

Sapiens

‘Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad.’

Autor: Yuval Noah Harari

Editorial: Debate

“Para contentar a la vez a optimistas y pesimistas, podemos concluir diciendo que nos hallamos en el umbral tanto del cielo como del infierno, moviéndonos nerviosamente entre el portal de uno y la antesala del otro. La historia todavía no ha decidido dónde terminaremos, y una serie de coincidencias todavía nos pueden enviar a cualquiera de las dos direcciones”

Llego al texto de Yuval Noah Harari “Sapiens: De animales a dioses” publicado por Debate en 2015, con un poco de retraso, (creo que va por la 22ª edición, así que imagínense lo tarde que voy). No creo que pueda añadir mucho a lo que ya se ha dicho de este libro, que reúne un buen número de críticas positivas desde diferentes ámbitos académicos y no académicos(este año aparecía en casi todas las recomendaciones del día del libro en Sant Jordi), por no hablar del indiscutible éxito de ventas tratándose de un texto ensayístico.

Tampoco voy a desgranarles las tesis que defiende el autor a lo largo de su escrito, no porque no sean interesantes, que lo son y mucho, sino porque prefiero que lo descubran por sí mismos en la lectura más que recomendable de este texto. En cualquier caso si hay alguien que quiera un spoiler del texto se pueden encontrar en la web varias reseñas más que completas y válidas a este libro.

Lo que si adelantaré es que a mí me ha parecido una lectura más que oportuna para el momento histórico que nos ha tocado vivir (yo añadiría apocalípticamente histórico pero no me quiero dejar arrastrar por mis propias emociones depresivas). Sapiens es un texto divulgativo que se dirige a un público mayoritario con una escritura y argumentación sencilla, que no simple, y que trata de dar explicaciones a nuestro mundo desde diferentes ámbitos de la ciencia (una visión holística a la que estoy poco acostumbrado), para acabar describiendo un mundo en crisis que es como es pero que podría haber sido de otra manera y que podría ser de otras muchas, vamos lo contingente del mundo que dirían en” Amanece que nos es poco”.

Guillermoro

 

“Lo más importante que hay que saber acerca de los humanos prehistóricos es que eran animales insignificantes que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas. (…) Estamos acostumbrados a pensar en nosotros como la única especie humana que hay, porque durante los últimos 10.000 años nuestra especie ha sido, efectivamente, la única especie humana de estos pagos. Pero el significado real de la palabra humano es ‘un animal que pertenece al género Homo’, y hubo otras muchas especies de este género además del Homo sapiens.”

No te dejes asustar por un título tan detallado. El libro no es una historia al uso, según el concepto académico, con datos, fechas y nombres para aburrir. Es ameno e interesante. El autor nos da su visión sobre la evolución del hombre, el camino andado desde el origen. Utiliza datos científicos incontestables –e interesantísimos vistos en conjunto-, pero llega a sus propias conclusiones, con las que se podrá estar o no de acuerdo, pero son inteligentes y te harán pensar. Una bocanada de aire fresco para nuestro pensamiento, muchas veces amodorrado. Entre otras muchas reflexiones, la historia que nos cuenta del homo sapiens extendiéndose por el mundo es una auténtica vacuna contra el racismo.

Patro Peláez

Los hermanos Burgess

Las pelusas estaban barridas y amontonadas en el centro del salón y la luz vespertina que entraba por las ventanas era indiferente, cruda. Las paredes desnudas parecían decirle con hastío: “Lo sentimos. Pensabas que esto era un hogar. Pero sólo era esto, desde el principio”.

Los hermanos Burgess.
Elizabeth Strout.
Ed. Austral.

 

Francamente, no logro recordar cómo era mi vida cuando no leía a Elizabeth Strout pero, que necesito que viva muchos años para que siga escribiendo, es seguro. No tiene un libro malo. No tiene una novela que no sea magistral. No firma un texto que no merezca el Pulitzer, aunque sólo lo ganara por “Olive Kitteridge”. No busca historias, es una escritora de raza y, como todos los que son así de nacimiento, sólo tiene un tema. O tema y medio: en su caso, a veces la familia, casi siempre, la maternidad. Desde el punto de vista de la madre o desde la perspectiva del hijo, pero eso es todo: inagotable.
Steinbeck, Faulkner, Melville, Henry James, Willa Cather, Highsmith, Carson McCullers (de entre los muertos). Philip Roth, Anne Tyler, Richard Russo, Joyce Carol Oates, el primer Auster (de entre los vivos). Olvido a muchos, sin duda, pero ahora mismo os explico a santo de qué los arriba retahilados. Sevilla es una ciudad llena de guiris y de sevillanos (claro) y yo soy una persona a la que le gusta tomar café en la calle y que siempre lleva un libro en el bolso. Pero sólo leo si las conversaciones (las verbales y las mudas) ajenas y cercanas no despiertan mi atención. A estas alturas de mis años tengo ya, como es lógico, mi propia opinión sobre lo que distingue a las nacionalidades socio-económicas más inclinadas al hecho de viajar y con la posibilidad de soportar el coste de esos efímeros traslados. Digamos que hablo de una forma de estar (en la vida) y de mirar (esa misma vida). Todos nacemos al azar en cualquier sitio y ese lugar, de algún modo, nos construye. Pues bien, en todos menos en los norteamericanos, yo encuentro una correspondencia bastante justa (incluyendo a los trianeros) entre sus literaturas y sus maneras de narrar sus vidas a la sombra de un bar; ya sean canadienses, rusos, portugueses, mexicanos, japoneses, ingleses, italianos, argentinos o franceses. En cambio, a los norteamericanos, creo que les deberé siempre esta impagable perplejidad que me permite no olvidar que nunca vemos nada. Cuando los leo (ahora sí os remito a las retahílas de arriba) no encuentro la menor similitud con sus modos de ocupar una mesa durante un tiempo dado. Creo que ellos solos se bastan para demostrar que la literatura es la ciencia (sí, ciencia) de la condición humana mientras que en el velador de al lado yo sólo percibo almas más buenas que malas, pero cándidas e infantiles que, sólo por cubrir más superficie de cuerpo que la que ofrece un niño a la intemperie, compran su ropa en secciones de adultos. Leed a Elizabeth Strout. Este o cualquiera de sus libros. En serio.

Belén Rubiano.

Por cierto, es una suerte que la editorial haya fijado el precio del libro atendiendo únicamente a su formato de bolsillo pues, de haber querido cobrar unos céntimos por cada errata que contiene la edición, sería tan económico como una Biblia Gutenberg o pedir langosta en Maxim’s.

TALES

La revista del relato corto Nº5. Málaga, 2017.

 

La noche en que Soler ganó el Andalucía de novela yo estaba allí. Era un premio que tenía su importancia y no estaba mal dotado económicamente. Aquella noche Soler abrió una puerta que ya nunca se cerraría para él aunque otros, estoy segura, dejaron de escribir. El fallo del premio se celebraba durante el transcurso de una cena en el Hotel Alfonso XIII de Sevilla mientras el jurado deliberaba y cenaba en una sala aparte. Entre plato y plato del banquete, su portavoz salía y, desde un atril, leía los nombres (con pseudónimos) que aún podían albergar esperanzas y los títulos bajo los que, en cumplimiento de las bases del premio, habían presentado sus obras. Durante mucho tiempo yo creí que aquella noche había probado el caviar verdadero por primera vez, aunque hoy sé que eran huevas de lumpo repintadas y creo que sigo sin haberlo probado. A nuestra mesa estaba sentado fulanito y su “Fulgor amarillo”. Lo acompañaba una mujer bastante más guapa que él y que parecía quererlo mucho. Lo miraba como si él fuese un Dios pequeño y careciera de defectos mortales, con lo que se notaba un poco que no era su mujer de verdad. Cada vez que la portavoz salía para leer la lista de finalistas, “Fulgor amarillo” seguía en ella y la chica parecía que iba a estallar su corpiño de tanto amor. Tras los postres, la lista contenía sólo tres nombres: fulanito, con “Fulgor amarillo”, y dos más, claro. Nosotros también creíamos que estábamos compartiendo mesa con el vencedor, no parábamos de animarlo y estaba más que acordado todo a lo que nos convidaría para celebrar el galardón, pero no llevábamos maldad; era la euforia del momento y nos alegrábamos sinceramente por él (y por ella). Cuando la portavoz leyó el nombre del ganador y el de su novela, las partes del cuerpo de fulanito que no quedaban ocultas a la vista con la ropa se volvieron de un gris casi azul, la mujer lo miró como si alguien sin el menor sentido de la oportunidad se lo acabara de presentar y, en un instante, habían desaparecido de esa manera que te hace pensar que nunca habían estado. Cuando nos marchábamos vimos en un sofacito que (como casi todo el mobiliario del regio hotel) parecía poco estable, a un chico muy delgado atendiendo a la prensa que lo rodeaba y que perfectamente podría estar temiendo que todo fuese un sueño. Yo no recordaba su nombre pues aún me resonaba en la memoria el de mentira, el pseudónimo bajo el que atravesó aquella noche llena de fulgor vicario y que resultó ser propio. Alguien dijo mientras dejábamos atrás la estancia: es Antonio Soler y me alegro mucho.

(…)
En los tres puntos de arriba es donde la vida cambia. Salvajemente.

Al año siguiente nos volvieron a invitar a la ceremonia del fallo del mismo premio literario pero, justo cuando llegábamos a casa para vestirnos adecuadamente para la cena, en esos mismos segundos en que algo sucede y ya no vuelves nunca a ser como eras, una portería de fútbol cayó sobre un niño que vivía en nuestro bloque. Recién apagado el motor del coche, unas vecinas que corrían angustiadas nos gritaron que lo pusiéramos de nuevo en marcha. El padre sostenía a su hijo como una pietà al suyo y ocuparon el asiento de atrás mientras corríamos contra el tiempo hacia el Virgen Macarena. Quedaba muy cerca, el tráfico estaba ausente (era un sábado abrasador, no recuerdo ahora si de julio) y dudo que llegáramos a tardar siete minutos en recorrer todo el trayecto. Quien era mi marido conducía, yo agitaba un pañuelo blanco con la ventanilla bajada y, como una sirena, el padre ululaba inconsolable mientras sostenía a su hijo. Justo cuando íbamos a alcanzar el hospital, nos cruzamos con el coche que conducía la madre del niño y que regresaba de hacer esas compras tan necesarias cuando damos por descontados el aliento. Ninguno de nosotros la vio, pero ella sí a nuestro coche, que volaba por las calles de Sevilla con el horror recorriendo toda su chapa, un pañuelo que suplicaba auxilio y a su marido (que apenas si nos conocía) ocupando el asiento de atrás. Por supuesto, hizo un giro suicida y nos siguió. Apenas a unos estertores de derrapar ante la puerta de urgencias, la sangre dejó de manar como un torrente y el niño murió. Hasta entonces, yo no sabía a qué huele toda la sangre que nos mantiene vivos cuando recorre nuestro cuerpo, pero no evoca en lo más mínimo al pensamiento que tenemos de la sangre y su olor. Huele más bien a todo el hierro que sostiene, invisible, un rascacielos cualquiera (de los más altos) de Nueva York. Sobre una de las alfombrillas traseras había quedado uno de los zapatos del niño. Era muy pequeño y lo recuerdo perfectamente. He ido olvidando cosas infinitas a lo largo de los muchos años que han pasado desde aquella tarde, pero cada vez recuerdo mejor aquel zapato muerto que dos días después entregué a su madre.

Belén Rubiano.