El blog de Caótica

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Un día cualquiera

Un día cualquiera.
Hebe Uhart.
Editorial Alfaguara.

“¿Y dónde quería que llegara con mi buena voluntad, si no sabía qué querían de mí? (…) Buena voluntad, una virtud de tarados, lo dijo de lástima. Yo, que estaba leyendo a esos escritores impresionantes, que comprendía todo, que llevaba un mundo en mi cabeza, a mí con la buena voluntad”.

1. Hebe Uhart, nacida un día cualquiera de 1936 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, estudió filosofía antes de ponerse a escribir libros extraordinarios y se le nota, pero para bien.
2. A veces te pasas un montón de años buscando algo y cuando, al fin, lo encuentras descubres que no era para tanto. Como yo no soy de culpar al mundo de nada, deduzco que la culpa de esa fútil espera ilusionada era mía y sólo mía. Me pasó con la adaptación cinematográfica (aburridísima, por no decir horrible) de Mildred Pierce, la descomunal novela de James M. Cain.
3. Tras mucho tiempo esperando el momento de leer a esta argentina puedo decir que no tengo el menor derecho a guardarle rencor a Joan Cranford por su Mildred de pacotilla. Vayan las expectativas sobradamente satisfechas por las menos informadas, que me declaro en paz.
4. Pues claro que Hebe Uhart tiene un tema, ya dije que es una gran escritora. Como hilos de una misma trama, de un lado, la falsedad que subyace en la idea que tenemos de la libertad. Ella cita a Spinoza: “El hombre cree que es libre porque fuma, pero no lo es, porque no sabe por qué lo hace”. El otro fleco de su obra lo podría resumir la biografía de Martha Gellhorn.
5. Gellhorn fue la tercera mujer de Hemingway y, como él, escribía libros pero, por encima de todas las cosas, holló el mundo como pocas. Se podría decir que fue una nómada irredenta y una mujer tan vital que resultaba imposible, para quienes la trataron, imaginarla dormida o muerta. Con ochenta y cinco años, seguía haciendo muchos largos cada día en su piscina, por ejemplo. Pues bien, con ochenta y nueve años afirmó que, de haber sabido ella en qué consistía la vida, jamás se hubiera desacostado y todo el tiempo de la vigilia lo habría dedicado a leer a Agatha Christie. Y como no lo decía por llamar la atención sino porque lo vio claro y ya había leído varias veces todas las de Miss Marple, apagó su luz tragando con un poquito de agua una píldora que no contenía Ibuprofeno sino un veneno mortal.
6. Si también creéis que la vida es demasiado corta para reparar cuanto rompimos y un día cualquiera es, sin embargo, largo hasta la obscenidad, disfrutareis muchísimo a Hebe Uhart.

Belén Rubiano.

Un mal secreto

– Los egipcios creían que el corazón era el órgano del  pensamiento. Desdeñaban el cerebro.
– Y ahora la ciencia ha descubierto neuronas en el recubrimiento del corazón.
– Y en los intestinos.
– Exacto. Por eso, a veces tenemos “pensamientos viscerales”.
– Y por eso se nos rompe el corazón.
– Ajá.

Un mal secreto.
Ann-Marie MacDonald.
Editorial Lumen.

1. Ann-Marie Mac Donald, por no hacer mudanza en su costumbre, lo ha vuelto a hacer: una novela magistral.
2. Claro, como la pobre (aunque nacida en Baden-Baden) es canadiense, no le salen de las otras.
3. En realidad, lo hizo en 2014, pero quienes no leemos en inglés tenemos que agradecer a Lumen su reciente traducción en tiempo relativo (que nunca es el de las novedades librescas).
4. Ann-Marie Mac Donald es dueña de una complejidad, alcance e inteligencia tan generosos como abrumadores. Encima, le acompaña una prosa que, a su manera, roza la perfección de lo eficaz si tal cosa existiera.
5. Como todos los grandes escritores, esta mujer solo tiene un tema y se podría decir que siempre escribe (y escribirá) el mismo libro.
6. Los militantes en cierta forma de vagancia podrían afirmar (y sería veraz) que escribe sobre las raíces invisibles de la homosexualidad femenina.
7. Quienes tengan una tolerancia a lo cómodo más baja, seguramente coincidirán conmigo en que “su tema” tiene un calado mucho más universal y difícil de acotar. Mac Donald se hace dos preguntas y en sus cartografías desarrolla sus novelas: ¿cómo podríamos saber cuándo fue la primera vez que alguien nos hizo daño? La otra: ¿serviría de algo el acceso a esa respuesta?
8. Por supuesto y como de costumbre, ceci n’est pas una crítica literaria. Si acaso, una afirmación poco temeraria: sus libros cuestan muchísimo menos de lo que valen. Yo ya he cumplido con avisaros.

Belén Rubiano.

Felicidad familiar

Felicidad familiar.

Laurie Colwin.

Libros de Asteroide.

“Querida Eva: los últimos seis meses han sido los más lúgubres de mi vida. Puede que algún día te sientas como yo. Un día despertarás y los trinos habrán desaparecido. Puede que no te pase nunca, pero me ha pasado a mí. Todo se vuelve muy difícil. Tu querido hermano no ha cambiado ni un ápice. Su forma de ser me ha derrotado: trabaja demasiado, está fuera a menudo y cuando está presente está ausente. Yo, en cambio, tengo una aventura adulterina. (…) Todos los días lloro por lo menos una vez.”

1. Hay dos clases de libros de ficción: los escritos antes de que se inventara el teléfono móvil y los otros. Yo prefiero, de lejos, a los pioneros.
2. Bueno, hay una tercera clase de los segundos que respeto y admiro especialmente: los que, portando los escritores de los mismos un teléfono en el bolsillo o en el bolso, olvidan que tal progreso existe cuando trabajan con sus argumentos y  personajes; de modo que se buscan la vida para que estos últimos se tengan que comunicar en la distancia atendiendo a las obligaciones de un tempo clásico que, aun siendo hoy ya anacrónico, es más veraz.
3. Sostengo, además, que existen dos clases de escritores de primera fila (es que no estoy hablando de los otros, que son legión): quienes nos donan cuanto tenían dentro (algunos, hasta la última gota) y quienes mueren antes o prefieren dejar de escribir (unos egoístas vividores o amantes del descanso eterno, eso es lo que son).
4. Laurie Colwin, con cuarenta y ocho tartas de cumpleaños apagadas en su haber, dejó de escribir en 1992. Y no por frivolidad, es que se murió.
5. Es la crítica más destructiva que se le puede hacer a su obra. De verdad, si la leéis entenderéis mi desconsuelo: algunas muertes tempranas son de una perfecta desfachatez.
6. Su tema es la naturaleza de lo que llamamos amor: su hallazgo, su defensa, su abandono, su aliento, su lastre, su importancia vital, nuestra desidia, su ahora sí, su ahora no, su prodigiosa capacidad de volver a aparecer cuando ni está ni se le espera, su facultad de revivirnos mientras que, a la par, nos desmenuza como pan rallado entre los dedos…
7. El punto anterior viene a cuento porque yo soy la primera que, en ocasiones, no tiene más ambición que leer bonitos asesinatos por resolver o sobre gente que busca la paz y cosas así.
8. Y es tan buena esta Colwin que aunque ni remotamente seamos, como sus personajes, hermosos ejemplares de neoyorquinos ricos, se la entiende perfectamente. Eso tiene mucho mérito, no me digáis que no.

Belén Rubiano.

Los Papalagi

Los Papalagi.

Edición de Erich Scheurmann.

Dibujos de Joost Swarte.

RBA.

“Los Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos (…) La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que son”.

El gran jefe samoano Tuiavii de Tivea nos llamó los Papalagi. Tras visitar Europa a finales de los años veinte regresó a Upolu, su isla Polinesia, sinceramente aterrorizado y preocupado por el hombre blanco. Pero algo de horror propio hay también en su aversión a nuestro consumir los días, vivir mal y comprar cosas. Como si presintiera que una enfermedad tan localizada en un continente concreto pudiese, algún día (y no lo permita jamás el Gran Espíritu) alcanzar a sus hermanos. Me atrevo a afirmar que ni una sola frase del largo discurso tiene desperdicio o ha envejecido mal. Su mirada sobre nosotros es certera, ingenua, amorosa y lúcida. Y es tan divertido en sus percepciones que pudiera ser muy fácil no darnos cuenta de que estamos ante el texto más triste y compasivo que hayamos leído antes sobre nosotros mismos. La voz de Tuaivii nos sigue advirtiendo, desde esta reimpresión tan deliciosa como económica, de que no sabemos vivir, que no hemos entendido nada, ni hay inteligencia alguna en pasar los días haciendo daño y autolesionándonos. Vivir, parece apuntar el de Tivea, es un misterio tan complejo como paradójico porque, careciendo de sentido o finalidad es, ante todo, un acto sagrado.

El gran jefe samoano no sospechó nunca que sus humildes palabras llegarían a imprimirse en papel tosco y que aun muchos años después de la primera edición (1929) las podríamos adquirir con metales redondos y rectángulos de plástico. Posiblemente se hubiera sentido, de saberlo, terriblemente avergonzado pues todo buen hombre sabe que el colmo de la mala educación es dejar a otros en evidencia.

Belén Rubiano

A contraluz

A contraluz
Rachel Cusk
Libros del Asteroide

 

“Me acordaba muy a menudo del capítulo de “Cumbres borrascosas” en el que Heathcliff y Cathy, en el sombrío jardín, miran por las ventanas de la sala de los Linton y observan la iluminada escena familiar que tiene lugar puertas adentro. Lo fatal de esa visión es su subjetividad: al mirar por la ventana, los dos ven cosas distintas: Heathcliff algo que odia y teme, y Cathy, algo que desea y que echa en falta. Pero ninguno ve las cosas como realmente son. Y, de igual manera, yo empezaba a ver mis propios miedos y mis propios deseos manifestándose fuera de mí, empezaba a ver en las vidas ajenas un comentario de la mía.”

1. Carol Shields, Robertson Davies, Rohinton Mistry, Ann-Marie MacDonald, Margaret Laurence, Margaret Atwood, Malcolm Lawry, Alice Munro, Mavis Gallant, etc. Si naces en Canadá y eres escritor, estás condenado a ser muy bueno.
2. Los nacidos en Canadá también pueden ser escritores malos o mediocres, pero el Gobierno canadiense tiene un control muy férreo sobre los derechos de traducción de dichos escritores, ya que les encanta presumir de literatos estupendos allende sus fronteras.
3. Rachel Cusk (canadiense de nacimiento) es muy buena. Es posible que para la calidad literaria baste con vivir en Canadá los primeros siete años y luego ya te puedas ir a donde te lleven los mayores.
4. Tampoco hay que descartar a lo loco que puedan ser propiedades desconocidas (por ahora) del jarabe de alce.
5. A escribir se aprende leyendo y ensayando. No existen otros caminos ni atajos.
6. Bueno, también es imprescindible que el día de tu nacimiento la única hada madrina que estuviera de guardia no fuese la que regalaba el don de dormir a las piedras. Imprescindible, la verdad.
7. Hay dos clases de personas y nada más: quienes son capaces de narrarse a sí mismos y quienes no. Yo admiro a los primero y siempre los admiraré.
8. La mitad de los susodichos primeros se hacen escritores cuando son mayores. Los otros son muy apreciados en las reuniones de amigos y, en general, viven mejor que los que se hacen escritores. Normal.
9. La vida real no existe, ya que todo es opinión. A partir de ahí elaboramos la memoria y los recuerdos de lo que fuera que pasó. Si el tiempo acompaña, hasta los analizamos. Dicho análisis también está sujeto a la acción del tiempo sobre él. No es fijo ni sólido, sino portátil y voluble. Si somos honrados, hasta lo reconocemos.
10. Además de sobre el proceso creativo, la meta literatura y todo eso, Rachel Cusk sabe lo suyo sobre la vida y sobre la naturaleza de lo que llamamos amor que grita, amor que calla, amor que llora…

Belén Rubiano.

Esperando noticias

Esperando noticias
Kate Atkinson
Editorial Lumen

Espero que Kate Atkinson no obtenga nunca cualquiera de los máximos galardones que sirven para honrar a los literatos de bien, porque pocas veces los ganan los buenos. No deseo, tampoco, destacar ningún párrafo en especial de su prosa: no lo necesita. Este es el primer libro suyo que disfruto y espero que baste, a modo de humilde crítica literaria, la confesión de que no tengo la más remota idea de cómo voy a lograr sobrevivir una vez que devore todas sus traducciones, que no son pocas, pero lo serán. Creo que si Dickens viviera nuestro tiempo, fuese mujer y deseara un tono más policíaco para sus novelas, podría firmar: Kate Atkinson.

Os recomendaría que la reservéis para atravesar y salvar esas malas rachas infames que toda vida implica si no fuera porque cualquiera puede morir sin previo aviso y, en ese caso, se iría de este mundo sin haber leído.

Maravillosa, única, necesaria e imperfecta. Qué gozada.

 

Belén Rubiano

 

La vegetariana

La vegetariana

Han Kang

:Rata_

 

“En ese instante un joven paciente de veintitantos años se coloca detrás de ella, casi pegado a su espalda. Es algo que ocurre frecuentemente en el sanatorio, pero ella se inquieta. Los pacientes no hacen caso de la distancia apropiada que debe guardar entre sí la gente, así como del tiempo adecuado durante el que se puede mirar a una persona. Algunos tienen la mirada perdida propia de los que viven sumergidos en su mundo, pero también hay muchos que tienen una mirada tan lúcida que pueden ser confundidos con el equipo médico”.

 

Hace ya unos días que lo leí, pero hasta hoy no he encontrado los minutos necesarios para comentarlo y ahora me alegro, pues el tiempo pasado desde su lectura ha jugado a su favor. Si me pareció un buen libro, a estas alturas creo que es muy bueno. Yeonghye, la protagonista, se niega a abandonar al lector, ejerciendo la tozudez de hacerse más presente cada día que pasa y la lectura queda, supuestamente, más lejos en el tiempo. Creo que Yeonghye entronca directamente con la esencia de la que están hechos los mitos, los sueños, los versículos que permanecen y los versos que siempre arden. Es una Bartleby que parece llevar hasta sus últimas coherencias aquel verso de Caeiro: “Yo soy del tamaño de lo que veo”.
Estoy convencida de que si algo es (o debiera ser) un hombre, es una animal responsable. Somos lo que miramos, las conversaciones que soportamos, los lugares donde aceptamos permanecer. Y la única libertad contra lo que sea que repudiemos quizás consista en una tenaz negación (sin juicio ni proselitismo) que no debe aspirar ni a ser comprendida. De eso trata “La vegetariana”: una mujer decide que no quiere ser, en modo alguno, un animal violento. Estructurado en tres partes y tres voces (las dos primeras son buenas, la tercera es mucho mejor) y escrito en un estilo seco que suena como las hojas y ramas caídas que uno pisara en mitad de la noche, esta novela de Han Kang es lo último que yo recomendaría a quienes este verano busquen alguna lectura inocua para sobrevolar fronteras políticas o aumentar el placer del frescor de una alberca. No es eso, afortunadamente.

:Belén Rubiano_

Diez razones por las que no entiendo a Javier Marías

1. Al señor Marías (hijo) también le desagrada el éxito póstumo de la poesía de Gloria Fuertes. También a mí me apena: que sea tan póstumo. Descubrí sus versos, siendo casi una niña, en la colección “Letras Hispánicas” de Cátedra y, desde entonces, nunca he dejado de releerla. Siempre he pensado que estaba dotada de una calidad y verdad arrolladoras. Por cierto (y volveré luego sobre ello), Gloria Fuertes tiene un tema: el exilio íntimo al que te obliga cualquier clase de diferencia. Podéis llamarla pobreza, adolescencia o que, nacida mujer, no te gusten los hombres demasiado. La soledad, sin rencor, que implica habitar cualquier margen por las razones que sean.

2. Pues eso dice, que Gloria Fuertes no es para tanto y que viene a ser como chasco seguro (en su opinión) cuando pagas tu entrada por ver cine español. Qué no daría yo, señor Marías (hijo) por haber sido advertida tan certeramente, pero contra sus propios libros, las pocas veces (aunque demasiadas) en que cambié un trozo de papel con valor moneda de curso legal por páginas suyas. Pero, ¿sabe qué es lo mejor? Que es hermoso que nadie lo hiciera. Es lindo que la mayoría de la gente no vaya por ahí desaconsejando y con su propio gusto (o complejo) personal como único principio rector. Es hermoso, insisto. Tuve un ejemplar raro de “Todas las almas” que regalé con mucho cariño a alguien que sí lo apreciaba. No acabé “Todas las almas”, mi primer intento con su narrativa. Me pareció (y le ruego que me perdone) el típico libro que puedes leer mientras duermes la siesta. Más tarde lo intenté con tres o cuatro más, pues me alegraba de su éxito escritor y respetaba a lectores de excelente criterio que me insistían en disfrutarle. Pero nada, un sueño que me daba leerle que no se lo puede usted ni figurar.

3. Usted, señor Marías (hijo) ha vendido muy bien cuanto escribía durante muchos años, y no sólo me alegraba, sino que he tenido mi parte de responsabilidad. He sido librera y he vendido muy a gusto sus libros, con sus maravillosos títulos (de Shakespeare) y preciosas portadas. ¿Usted sabe (seguro que sí) lo que suponía para un librero abrir las cajas de novedades, sacar una suya y vender diez ejemplares en esa jornada? Era algo que te permitía cenar algo más variado que el plato de macarrones habitual. Sigue pasando, ¿sabe?, pero con otros autores y, en general, está más repartido el pastel (y es obvio que le duele). Pues lo que le decía que, sin gustarme, prefería vender sus libros a los de Ken Follett. Y, no se crea, que me preguntaban los clientes y todo. Siempre fui sincera: No, no me gusta nada. Ni cómo escribe (creo que tortura cada frase hasta hacerla llorar) ni lo que no cuenta porque, Javier Marías, en mi opinión, no cuenta nada, no tiene ningún tema. Me parece, lo suyo, un lucimiento sin causa y una maldad contra los bosques, pero leedlo y me contáis. Quién soy yo para decir a nadie cómo soportar el tráfago inmenso que hay entre el despertar y el sueño.

4. Sugiere que este aniversario tan celebrado de Gloria Fuertes pueda deberse, y eso hasta lo entendería usted, a su condición de mujer y lesbiana (por supuesto, lo dice con palabras más cobardes). ¿Realmente, señor Marías (hijo) usted cree que el mundo que gira alrededor de una imprenta es tan idiota y cambia con tanta ligereza los billetes de veinte euros por versos? Y, lo que me parece más grave, ¿cree que se puede ofender así, con esa impunidad, a tantas mujeres en particular y lectores en general? Lectores de libros de verdad y de sus artículos, digo.

5. Nos sugiere usted, a cambio, un listado de mujeres a las que podríamos leer en vez de perder el tiempo con la simplona de Gloria Fuertes. Muchas gracias por nada pero, mire usted, algunas de sus recomendadas no han sido más justas contra los árboles que sus propios libros y, las que sí, ya las hemos leído.

6. ¿Todas muertas, señor Marías (hijo)? Ni un sólo nombre de escritora viva, con sus derechos de autor, su alquiler o su hipoteca, sus tapitas del bar, su aire acondicionado por reparar o su endodoncia por pagar. Ya es mala suerte. Yo siempre me alegré cada vez que vendía un libro suyo y no sólo por evitar mi pasta hervida, pero me daba alegría que usted pudiera vivir de esto de escribir. Y eso que daba por seguro que cualquier tiempo y dinero que un lector dedicara a su obra dejando de leer la de su padre (tan bueno que aún no nos lo merecemos) era, y es, malbaratado.

7. Hace pocos días que encontré en una librería de lance una de sus últimas novelas con preciosa portada y título (de Hamlet) y, por tres euros, me la llevé. Supongo que sentí la obligación moral, por ese precio, de retirarla de la circulación. Ya en casa pensé: a lo mejor te has hecho mayor y ya Marías (hijo) sí tiene algo que contarte. Ya sabe, la tontería judeocristiana del no sos vos, soy yo. Pero qué va y me dije: pues al primer café que me tome con alguien que lo aprecie (como yo algunas películas españolas) lo llevo a modo de presente y así evito esa cosa tan triste de ir con las manos vacías. Pues bien, su artículo contra Gloria Fuertes y sus lectores logró una cosa rara (en mí): que me levantara, buscara la cinta métrica hasta encontrarla y midiera el lomo de su libro. Mide, exactamente, tres centímetros y veinte milímetros. Desde aquí lanzo la dádiva: el alma primera que me diga que tiene un mueble cojo justo con la antedicha descompensación, suyo es el libro.

8.

9.

10. Creo que voy a omitir las otras tres razones porque, ¿sabe?, las personas, aun las que atacan y viven en contra de todo (lo que no es conveniencia propia) o sin pensar, son siempre personas. Hasta usted. Las otras tres razones entrarían en la categoría de animadversiones personales a las que también tengo derecho. Pero no a difundirlas sólo por tener un púlpito dado más o menos humilde. Eso sería ponerme a su altura y pocas cosas me preocuparían más. Bastante me disgusta ya haber escrito lo anterior con ánimo de que se publique pero, ¿sabe?, he alcanzado esa edad en la que empieza a inquietarme confundir el final de los (verdaderos) modales con el principio de la (auténtica) cobardía.

Belén Rubiano

La fotografía de la notita ológrafa ha sido cedida amablemente por la pintora Trinidad Fernández; amiga y vecina, durante muchos años, de Gloria Fuertes.

Esperando a mister Bojangles

Esperando a mister Bojangles
Olivier Bourdeaut
Ed. Salamandra

Sus extravagancias llenaron mi vida, anidaron en cada uno de sus rincones y ocuparon toda la esfera del reloj, devorando todos sus instantes. Yo había recibido su locura con los brazos abiertos, y luego los había cerrado para estrecharla con fuerza e impregnarme de ella, pero temía que aquel dulce desvarío no fuera eterno. Para ella, lo real no existía. Había encontrado a un don Quijote con falda y botas que todas las mañanas, con los ojos apenas abiertos y todavía hinchados, saltaba sobre su jamelgo y le golpeaba frenéticamente los flancos para salir al galope e ir al asalto de sus lejanos molinos cotidianos. Había conseguido dar sentido a mi vida transformándola en un caos permanente. Su trayectoria era clara, tenía mil direcciones, millones de horizontes, mi papel consistía en hacer que la intendencia la siguiera a su ritmo, en proporcionarle los medios para vivir su locura sin preocuparse de nada más.

Hamlet, Don Quijote, Ivan Karamazov, cualquier personaje de Alicia en el País de las Maravillas, Las vírgenes suicidas, etc. Etc….¡Cuántos locos personajes literarios me han seducido! ¡Son mis favoritos! Y los protagonistas de “Esperando a Mr. Bojangles” son mis nuevos amigos en la galería del desequilibrio mental. Son unos locos deliciosos, de los cuales me está costando muchísimo desprenderme después de la última página del libro. Probablemente porque no debo desprenderme de su locura, sino todo lo contrario. Hay algo diferente y nuevo en ellos.
Se han preguntado Ustedes alguna vez ¿Cómo sería la vida si me dejara gobernar por una locura más o menos permanente, por momentos extravagantes? Personalmente, me lo pregunto a diario y es una idea que considero seductora, una tentación atractiva que podría atraparme, quizás sin vuelta atrás.
¿Y si esa locura fuera empapada de amor en cada momento? ¿No sería una perspectiva aún más tentadora?
Página tras página, la vida de esta átipica familia que danza con el compás de Mr. Bojangles nos cautiva. Siempre con la banda sonora de la voz de Nina Simone en la cabeza.
Los personajes creados por Olivier Bourdeaut están atormentados, pero se quieren. El amor está por todas partes. Por eso no quiero abandonarlos. Porque la vida puede ser trágica, loca, sin lógica, injusta…..da igual lo absurda que sea. Sólo el amor nos ayuda a sobrellevarlo todo. Y cuanto más amor y locura, mejor.

Claudia Montanari

El hombre que plantaba árboles

Autor: Jean Giono

Ilustraciones: Joëlle Jolivet

Editorial: Duomo ediciones

Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación durante largos años. Si dicha actuación está despojada de todo egoísmo, si la idea que la rige es una generosidad sin par, si es absolutamente cierto que no ha buscado ninguna recompensa y que, además, ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos hallamos, sin duda alguna, ante un carácter inolvidable.

Este libro es un brevísimo cuento de este autor francés, de padre italiano, que tras haber participado en la primera guerra mundial y ante los tremendos horrores vividos, se hizo adalid del pacifismo, desde un profundo convencimiento de la inutilidad de la violencia. Esta actitud moral se trasluce en el cuento, que  hará pensar sobre lo esencial, sobre las cosas que importan, sobre el valor de la austeridad y la tenacidad.  La narración nos dirigirá a la inmensa esperanza de saber que cada ser humano puede  transformar el mundo/su mundo.

Los dibujos acompañan de forma muy adecuada a la sencillez del personaje principal del cuento, con dos desplegables que resumen su desarrollo.

Muy recomendable para jóvenes buscando rumbo.

Patro Peláez