El blog de Caótica

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Infiltrada

Infiltrada
D. B. John
Salamandra editores

La señora Moon abrió la puerta y se encontró a Tae-hyon sentado en el suelo con las piernas cruzadas, fumando tabaco negro liado. Bajo la bombilla desnuda, su rostro exhibía tantas arrugas y surcos como un campo marchito.
Se notaba que no había hecho nada en todo el día. Sin embargo, como para ella era importante evitar el bochorno de un marido, sonrió y dijo:
– Qué contenta estoy de haberme casado contigo.
 Tae-hyon apartó la mirada.
–  Me alegro de que uno de los dos esté contento.
Ella dejó la cesta en el suelo y se quitó las botas de goma… En la pared, los retratos de los los Líderes, Padre e Hijo, estaban inmaculados. Les había quitado el polvo con un trapo especial.

Kim Jong Il se podría considerar un personaje pintoresco, excéntrico y con una biografía un tanto peculiar, donde se afirma que escribió mil quinientos libros en tres años, aprendió a hablar a los dos meses de nacer o que nunca defecó. Un personaje de novela barata de no ser porque su país es una cárcel y él era el carcelero. Infiltrada trata sobre la gente que está presa en ese país de una manera o de otra.
Narra la historia de tres personajes: Jenna, profesora, es reclutada por la CIA para una misión en Corea del Norte (donde intentará descubrir qué le ocurrió a su hermana, dada por desaparecida, pero que en realidad fue secuestrada por agentes norcoreanos), la señora Moon, que malvive trabajando en una cooperativa agraria estatal y el coronel Cho, orgulloso representante de Kim Jong Il en una misión diplomática en el extranjero.
A algunos la historia les parecerá totalmente inverosímil, pero a Corea del Norte le gustaba secuestrar, tan sólo hay que recordar los secuestros que llevó a cabo (ciudadanos japoneses o un conocido cineasta surcoreano y su esposa secuestrados para trabajar en las producciones cinematográficas norcoreanas) y que tuvo que reconocer hace unos años.
No voy a desvelar cómo convergen las historias de los personajes protagonistas, pero todos verán cómo su mundo y sus certezas se van desmoronando, aunque ello no pille muy de sorpresa a la señora Moon (mi personaje preferido), ya que ella en el fondo es una mujer con un gusto refinado y elegante obligada a vivir en un mundo brutal y embrutecido.
Lean la novela, no se queden sólo con lo que vean en los documentales, comprueben cómo puede ser la vida diaria en un país absurdo (no hay más que pensar en tener que limpiar a diario los retratos de los líderes, sobre todo si uno lo piensa desde nuestra óptica occidental donde nos da pereza limpiar los cristales de las ventanas), un país propio del 1984 de Orwell. Léanla también porque la señora Moon se reiría si supiera que su vida miserable puede interesar a alguien que no sea un espía del gobierno. Y léanla porque sí, porque es verano y qué mejor que un libro para vivir otras vidas y pensar.

Por último les voy a pedir un favor: visiten la página https://flashdrivesforfreedom.org/ y donen sus pendrives para que la información y la verdad lleguen a Corea del Norte.

Manuel Reyes

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina Love
Pedro Mairal
Libros del Asteroide

– ¿Y cómo se llamaba?
– Sabrina.
– ¿Y qué te hizo?
– ¿Me estás entrevistando? 

La vida empieza de cualquier manera y nunca se sabe cómo va a respirar. Cada biografía es como una madeja de hilo a la que, tras manosearla el tiempo suficiente, se le escapa un cabo. Luego tiras de ese extremo, vas desenrollando todo el hilo y acabas por tener una historia. La que sea, pero la tuya. A la manera en que nos ocupamos del hilo (que no se enrede, que no se rompa, que no se ensucie o todo lo contrario) solemos llamarla libertad. Al cabo que se suelta como por propia voluntad y del que tiramos, lo llamamos destino.
Es curioso el destino de Mairal. Nace en Buenos Aires un día como otro de 1970. Es un gran escritor pero nadie lo sabe y él menos que nadie, aunque es fácil suponer que alguna sospecha que otra, con más miedo que vergüenza, albergaría. A ver cómo te ganas la vida si has nacido siendo un gran escritor…
Sigo. En 1998 (aun sin calculadora es fácil deducir que no tenía ni treinta años) gana el Clarín de novela, el galardón más prestigioso de su país. En el jurado del premio está, entre otros, Adolfo Bioy Casares y a los lectores argentinos les da por pensar que el honor le queda grande y lo han premiado por ser su sobrino. Ni existe tal parentesco ni conoce al consagrado, pero el caso es que Argentina no se mata por leer Una noche con Sabrina Love. En España, Jorge Herralde compra los derechos de la novela para Anagrama pero, en vez de publicarla en la colección de Narrativas hispánicas (que era su lugar) lo hace en Contraseñas (que no lo era ni de lejos) con lo que tampoco queremos leer ese libro ni cuando, descatalogado, lo encontramos en puestos callejeros y librerías de lance. A Mairal no le queda otra que seguir escribiendo muy bien, claro. No como una vaca sagrada a la que le van a festejar cualquier tontería sino como el gran escritor que es aunque pocos lo sepan. Publica pues otras novelas (creo que Salvatierra es magnífica, aunque aún no he podido leerla) y algo de poesía. Sigue siendo un anti héroe espectacularmente dotado para la literatura aunque apenas si lo saben en su propio hogar. Hace un año escribe La uruguaya, uno de los mejores libros, en mi opinión, publicados en este balbuceante XXI. Lo demás, el reconocimiento y devoción que merece, ya lo sabemos muchos.
Como todos los grandes escritores, Mairal escribe y escribirá un solo libro: el viaje a Ítaca en su caso. Si en La uruguaya el protagonista necesita veinticuatro horas para ir y volver, en Una noche con Sabrina Love necesitará tres días. Lo importante es que todos somos (de chicos) Daniel Montero como, a mitad del camino de nuestras vidas, todos somos Lucas Pereyra. Lo importante es que Pedro Mairal ha tenido la mala suerte de que sus lectores tengamos una buena suerte que no nos merecemos y que, a estas alturas, difícilmente se nos puede malbaratar, pues hay un momento en la vida en el que uno escoge ya para siempre escribir bien y tocar el ukelele a ser una vaca sagrada que se enoja cada dos por tres toda vez que dos o tres (nunca son muchos más) se dan cuenta del engaño.
Yo creo que algunos destinos, como el de Pedro Mairal, son perfectos. Pero eso lo he sabido siempre; lo que mis prejuicios han aprendido es que una gran novela (Una noche con Sabrina Love, por ejemplo) puede dormir un sueño injusto durante veinte años delante de mis ojos y al alcance de mis manos.

Belén Rubiano

Memorias de un librero

Memorias de un librero

Héctor Yánover

Trama Ed.

Tengo que rendir un digno y justo homenaje. Lo mejor de una librería no es el libro ni lo que el libro pueda llagar a significar; no son, por supuesto, ni las estanterías ni los proveedores. Lo mejor de una librería son los clientes de las librerías. Son los habitués, los lectores, los amigos, los compradores de libros. A ellos, porque son hermosos y hacen posible la belleza, yo les doy un abrazo, emocionado.

Que España es uno de los países donde más (y mejor) se edita no deja de ser motivo de perplejidad, pues también es uno de los países donde menos se lee. Ya, el clima. Pero no quería hablar del tiempo sino de nuestros lectores:

A. La mayoría absoluta pertenece a este grupo. Sus lectores compran un libro al año (unidad de tiempo que a veces necesitan para leerlo) y lo sobrellevan como quien tiene que cargar con un trofeo muy pesado. La naturaleza del libro elegido responde, siempre, a razones completamente esotéricas. Unas veces es una bazofia y otras (las menos) es un libro excelente (el caso de Patria) cuya lectura también disfrutan quienes integran los grupos B y C. Los lectores del grupo A suelen afirmar sin sonrojarse que leer es para ellos una actividad vital para la que quisieran disponer de más tiempo. Esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo y apenas si revela (salvo que somos una especie muy divertida) rasgo alguno de la humanidad. Yo, sin ir más lejos, hago lo mismo con el deporte. Un día subí una cuesta en el campo que hubiera preferido que no estuviera allí y, desde entonces, sostengo que el senderismo me encanta y que, si no lo practico más a menudo, es por falta de tiempo. Dado que las editoriales que tienen la suerte de tener en su catálogo uno de estos títulos tocados por la gracia no son muy amigas de dar cifras reales para que el ministro de Hacienda no les chinche, me resulta muy difícil aventurar un número aproximado de cuántos lectores empedernidos pertenecen a este grupo pero, tranquilamente, dos o tres millones. Si el número no es mayor es gracias a ellos mismos ya que, conscientes del despilfarro que supone la compra del libro anual, hacen cuanto pueden por evitar su venta: Es buenísimo, me está encantando, pero no se te ocurra comprártelo que cuando lo lea mi madre y mi hermano, te lo presto. Insisto, no es una crítica y yo hice lo mismo con unas mancuernas que compré hace tiempo: regalarlas sin importarme nada lo que pudiera dolerle al dueño de Decathlon.

B. A este grupo pertenecen los verdaderos lectores. Almas maravillosas para las librerías que, a sabiendas de lo importante que es tener un seguro médico privado hoy en día, prefieren comprar todos los libros que puedan leer cada mes (más uno o dos que ya leerán cuando les toque o no; tenerlo también importa) y confiar en la bondad de los extraños cada vez que necesiten forjar el carácter en la sala de espera del Macarena o el hospital que los políticos de su código postal hayan decidido que es más que suficiente para ir tirando. ¿Ciento cincuenta mil? En toda la geografía peninsular e insular, no creo que seamos muchos más.

C. Se da el caso (y yo no digo que sean virtuosos; eso tiene que ser un vicio, una compulsión o ambas cosas) de lectores que, independientemente de sus caudales, van por ahí con los cuellos de las camisas rozados y hasta zurcidos, que ni miran el valor nutricional de las cenas de sus propios hijos porque todo se lo gastan en libros y sostienen que el almuerzo del comedor escolar ya es equilibrado por ley. Son almas que hasta han tenido que renunciar a la visita trimestral a su echador de cartas de cabecera y que han aprendido a hacerse la pedicura para poder prescindir también de los honorarios de su podólogo. Son lectores que hasta vuelven a comprar un libro del que ya tienen dos ejemplares. ¿Por qué? Pues por la traducción, por un prólogo nuevo, porque el papel huele distinto, yo qué sé. En España, documentados, viven trescientos veintinueve de estos seres extraordinarios. Me llegan datos de un señor de Oviedo que, por lo visto, también, pero como no lo he podido contrastar porque no tiene teléfono (supongo que ha dado de baja la línea e internet para poder comprar más libros) y no puedo estar segura de que no sea un fake del grupo C, no lo incorporo a la cifra.

Bueno, pues esto somos y todo este rollo apenas tiene un objetivo: cada uno sabe las cabras que guarda y a qué grupo pertenece. Yo sólo os digo que si pertenecéis al grupo B o C, no habéis leído aún esta joya impagable del librero argentino Héctor Yánover y la descubrís gracias a estas líneas, me tendréis gratitud mientras viváis. Que ahora tienen los de Trama sus derechos y no os podéis permitir dejarlo pasar y que vuelva a estar descatalogado. Que todos estos años en los que el libro debía ser rastreado en librerías de viejo han sido, os lo prometo, muy duros y el mundo, sin la menor duda, un lugar peor donde leer.

 

Belén Rubiano

El arte de la ficción

El arte de la ficción
James Salter
Salamandra

Escribir sobre uno mismo desinteresadamente es difícil. No se trata de una cuestión de tėcnica. No estaba seguro de hasta dónde llevar la confesión, rasgar las costuras. Al mismo tiempo, ¿por qué iba a interesarle a nadie mi vida, a menos que estuviera escrita como una novela?

Porque el propio Salter invita en una de sus conferencias a extremar la libertad, copio y pego en el punto uno un post mío de otros pagos y luego sigo:

1. Que yo no digo, porque ningún libro o taller de escritura sirve para eso, que después de leerlo vayáis a escribir mejor. Ni de coña, vamos. Ni siquiera en vuestros mensajes de textos o en las cartas que escribiréis para daros de baja en compañías que os estén poniendo de los nervios se apreciará la más leve mejoría y hasta vuestro testamento, si lo redactáis vosotros mismos, será igual de confuso que antes de Salter y un pobre notario tendrá que cobrar sus honorarios para que alguien lo entienda. No es eso, lo que intento deciros es que, si os interesa lo que le pasa a las palabras cuando las ponemos por escrito, estas tres conferencias dictadas os son imprescindibles aunque sólo tengáis a día de hoy quince euros en el banco. Pues qué caro, pensaréis más de uno, total, por noventa y cuatro páginas que me van a dejar como estoy. Pues no, listos, qué serán quince euros a cambio de una cura de humildad tan tierna como necesaria y la certeza, al llegar al final, de que verdaderamente estáis menos solos que antes. Un chollo, de verdad.

2. Si Wislawa Szymborska en su Correo literario (tenéis la recomendación encarecida en este mismo blog) nos ofrecía su cura de humildad a hostia limpia, Salter lo hace como quien sabe lo frágil que es la piel de quienes, sin pretender hacer daño a nadie por el camino querrían, sencillamente, leer y escribir mejor en previsión, quizás, de ese día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales.

3. Y así queda mi ranking hasta la fecha para este tipo de libros: Premio gordo para Salter, porque lo tiene todo. Segunda posición para Stephen King y su Mientras escribo, porque no va de nada (ni de gran escritor, ni de millonario guay) pero sí da buenos consejos y comparte lo que a él le ha funcionado. Y por último pero no menos, Suspense de Patricia Highsmith, porque también es generosa con quienes se exigen mucho a sí mismos cuando escriben y, además, pone el dedo en una llaga nada desdeñable: el suspense no es un atributo que sólo favorezca a los textos de ese género, ya que hasta el prospecto de un anti inflamatorio gana mucho si el lector conoce de antemano que no le será dado saber hasta el final cuántas probabilidades tiene de ser uno entre cien (posible somnolencia) o uno entre un millón (sueño eterno).

Belén Rubiano

El asesino tímido

El asesino tímido
Clara Usón
Seix Barral

Los médicos me prohibieron retomar mi trabajo de abogada hasta mi completa curación, pero nadie me dijo que no podía escribir novelas, escribir novelas, según mi madre, es un hobby, como hacer punto o jugar al golf, los hobbies son inofensivos por definición y yo a nadie perjudicaba con mis veleidades literarias. (Danilo Kiš dijo que cuando uno ya no tiene nada que perder, empieza a escribir, escribir es un acto de desesperación. Ahorcarse o sentarse delante de la máquina de escribir es el único dilema, afirma Kiš ; yo, si bien soy tímida, no valgo para asesina, incapaz de ahorcarme y sin nada que perder, escribo).

He tenido que leer la novela al menos dos veces. Como Borges, creo en el poder de la relectura más que en el de la lectura. Y en mi caso releo por dos motivos: releo los párrafos de manera obsesiva por culpa de un diagnosticado déficit de atención; y releo los textos, sean capítulos o novelas enteras, que necesito interiorizar. Subrayo a lápiz lo que debería memorizar y redondeo lo que me tatuaría si no le tuviera respeto al dolor de lo que al menos antes era para toda la vida. Cuando era adolescente un profesor de Literatura me enseñó a leer con un lápiz en la mano. Sin embargo mi ejemplar de El asesino tímido está impoluto. Podría interpretarse que me ha dejado indiferente. Mis relecturas no han dejado huella de grafito sobre el papel. No están escritas todas las veces que mis ojos han pasado por sus párrafos y algunos de sus capítulos. Y sin embargo, en todo momento, la relectura ha estado acompañada de un mullido sentimiento de gratitud; mullido como un colchón que acoge y da descanso a un cuerpo y una mente agotados de transitar laberintos, propios y ajenos.

Si alguna vez, todas las veces, me he perdido en mis intentos de comprender el impulso de autodestrucción humano, tan humano, a Clara Usón le debo la oportunidad de reflexionar con la misma naturalidad que ella alcanza acerca del desesperado deseo de huída que se materializa en el suicidio, como una tentación dulce. Y cómo, afanándose en la desesperación, el poder de la autodestrucción arrasa todo lo que el suicida toca. El triunfo es enfrentarse a la bestia que te seduce con sus promesas de descanso eterno, con sus túneles para escapar de los encierros; y es una lucha diaria en la que cada nuevo día vivido es algo que no te pertenece, porque la bestia te lo arrebató el día que apareció en tu vida y en definitiva da igual de lo que se alimentara, cada autodestrucción tiene sus maneras y sus motivos. (Re)Leer El asesino tímido ha sido escuchar el sonido de las piezas cuando encajan. Puedes atreverte sin miedo a deshacer el puzle que con paciencia has ido conformando, sin desdeñar el valor de cada pieza, porque siempre podrás repetirlo a ciegas con la clarividencia de haber hallado las claves: “haber sufrido—le digo a Sandra citando a Borges—no es ningún mérito, ni enseña nada, ni encierra lección alguna, la vida no es una carrera académica” (esta entre otras).

Cada salto en la narración, cada vericueto de ires y venires, de menciones y conversaciones con un deslumbrante Wittgenstein; o del diálogo íntimo con Camus o Pavese, del que se extraen ideas como piedras preciosas; a la contemplación de una Virginia Woolf entrando en el río con los bolsillos cargados de piedras que te mira y te reta; cada intento por resolver el misterio del suicidio o el asesinato de esta actriz del destape, Sandra Mozarovski, que funciona como símbolo de una promesa de falsa libertad que frustra la vida; cada vericueto de su discurso, que fluye, conforma un laberinto hipnótico en el que te adentras absorta, desenrollando el hilo de Ariadna que te regala la Usón con un seguro de retorno. Caminas en él, página a página, tras las confesiones alucinadas de una voz potente y circular. Transitas en ella entre la realidad, la ficción, la locura, el drama y el humor, un magnífico y refrescante humor; pero sobre todo en la lucidez de una mujer redimida, ya por fin libre, vivencialmente libre, hasta de sí misma. Y es por este brillo, esta solidez, esta sabiduría y estas bondades que El asesino tímido se merece, como algunos de los que están entre los grandes, una o varias relecturas.

Maite Aragón

La condena de Sísifo es al mismo tiempo su salvación, porque si una sola vez le fuera concedido alcanzar la cumbre de la montaña y depositar allí su roca, librándose de su carga, ¿qué hará después?

Reza la banda promocional del libro: Una novela inspirada en el caso real de la polémica muerte de Sandra Mozarovski. Afortunadamente, no es verdad. Porque es mucho más, no porque la reconstrucción del temprano final de Sandra no le resulte al lector apasionante. Se publican tantas novedades que apenas si sirven para salvar un fin de semana del mero acto de pensar y pensar en vano que, aunque no sé cómo llevar esta recomendación a puerto, sí sé que para mí es especial. Digamos que es prurito personal conseguir que el mayor número de lectores indecisos elijan este libro entre tantas sirenas desafinadas. Vale, iré por partes.

1. Claro que es la historia de Sandra Mozarovski, aquella actriz del destape y la transición que murió con dieciocho años tras caer desde la terraza de su casa de Madrid una triste noche estival de 1977. Aunque hay pocos datos fiables en las hemerotecas (las eufemísticas revistas del corazón de la época) y ninguna autopsia que se hiciera pública, lo único que queda claro es que (por la estructura de la barandilla) su muerte no pudo ser un accidente: o se suicidó o la invitaron a no molestar. ¿Era una de las amantes de nuestro estrenado monarca puesto a dedo? ¿Estaba embarazada de él? Sólo sabemos que murió demasiado joven, que en aquella época ningún padre le hubiera pedido a un rey una prueba de ADN y que a su Alteza sólo le salpicó el asunto en tanto en cuanto sus entrañables amigas empezaron a grabar (sin pedir permiso) sus encuentros amorosos. Todo un fastidio, no me digáis que no.

2. Si no la mataron, este es el primer suicidio de esta historia que tira de tantos hilos a la vez. Cesare Pavese, cansado de ser un Sísifo, llamó a la muerte y ésta acudió. Con anterioridad, había bautizado a la autolisis como ese asesino tímido.

3. De Camus, que también es uno de los actores principales de la trama, no sabemos si se suicidó o no. El francés absurdo e individualista (lo decía él) murió en un accidente de coche tras empotrar el que le acababa de prestar Gallimard. Nunca se sabrá mas pudo ser y, si no, fue sin querer queriendo. Llevamos dos.

4. Y tenemos a Wittgenstein quien, tras desearlo mucho y quizás predestinado, no fue capaz. Muere pues cuando le llega su hora y dedica su vida, entre otras cosas, a la filosofía del lenguaje. ¿Sirve este realmente para traducir el pensamiento? De lo que no se puede hablar, dice, es mejor callar. Y sigue viviendo pues matarse, lo sabemos todos, no está al alcance de cualquiera. Ya os he contado, muy por encima, el argumento de la novela (novela o literatura del yo, que ahora hay que ponerle etiquetas a todo, por lo visto). El tema aún es mejor: nacer de cualquier modo, crecer a lo loco, vivir o no.

5. No me olvido de ella, la propia Clara Usón: Fui joven en una época en que el futuro parecía también joven y nuevo. En esa primera frase del libro, Usón ya cuenta que la primera persona es la suya y nos presenta a uno de los personajes secundarios más importantes del texto: la transición, la movida, los 80’s. De su generación dice la autora (no en el libro, sino cuando habla de él): Quisimos ser jóvenes y serlo mucho tiempo. Éramos nuevos ricos de libertad. Kamikazes. Subtrama esta (la de los ángulos ciegos de la historia, su propia juventud y la de Sandra) que le sirve para introducir a otro personaje fundamental: la voluntad de autodestrucción y cuanto implica.

6. ¿Para qué sirven las palabras? Las de los libros y las que nos decimos. Como mucho, y no siempre, para no morir. Sherezade habla, habla, habla y sus males no espanta, pero consigue una nueva prórroga cada día. Es justo lo que hace Clara Usón con sus lectores. Defiende la estructura del libro porque a ella lo que le gusta, dice, es contar muchas cosas a la vez. Y que, teniendo en cuenta lo inconexa y desordenada que es la vida, el único hilo conductor es uno mismo y ya está.

7. Hilo. Ovillo. Porque todo lo anterior que os he contado está maravillosamente enredado en la novela. Todas las paralelas de la trama resultan ser secantes que se rozan: Sísifo, Pavese, Camus, Sandra Mozarovski, Wittgenstein (que repetirá una y otra vez que de lo que no se puede hablar es mejor callar) o Juan Carlos I que, como sigue siendo el rey y la sombra de Shakespeare es tan alargada, concluirá: ¿por qué no te callas?

Belén Rubiano

Solenoide

Solenoide
Mircea Cartarescu
Impedimenta

Al igual que el sexo y las drogas, al igual que todas las manipulaciones de nuestra mente que querrían reventar el cráneo y salir al mundo, la literatura es una máquina de crear, en primer lugar, beatitud, y luego decepción. Después de leer decenas de miles de libros, no puedes evitar preguntarte: ¿dónde ha estado mi vida durante todo este tiempo?

Comencemos con una verdad: todos los escritores escriben lo que les viene en gana. Y entremos en detalle: hay escritores libres y escritores libérrimos. A estos últimos pertenece Mircea Cartarescu. Uno tiene la sensación de que sólo con un dominio total del vocabulario, con una aplicación virtuosa del ritmo, con la entrega absoluta en cada frase, se puede escribir lo que sea —de verdad, lo que sea— sin caer en el patetismo, la pedantería o el ridículo. Eso ocurre con el libro del bucarestino, del que intentaré hablar sin destripar nada. Ese asombro infantil que acomete al lector es parte de su encanto. Porque Solenoide se pone intenso, muy intenso. En sus 800 páginas caben sueños, divagaciones existenciales, alucinaciones, semblanzas, lecciones de matemática y mundos paralelos, y todo ello lo sostienen, además del papel, una ciudad y un hombre. La ciudad es el tristísimo Bucarest comunista, y el hombre es, o no es, o quizás sea —no lo sé ni lo sabe él mismo— el propio Cartarescu. Hay aquí un juego de espejos, propio de la obra cartaresquiana, en el que el autor y su reflejo ficticio se entremezclan. Un problema añadido es que él tampoco sabe mirar su vida con otros ojos que los del literato, ni es capaz, como digo, de distinguir entre lo inventado, lo vivido, lo imaginado, lo anhelado. No es nada que nos deba sorprender, porque ese problema lo tenemos todos: mírense al espejo, o al espejo deformado de su propia memoria, y me cuentan. Dicen las lenguas desatadas que pocos de los críticos que han reseñado Solenoide se han leído el libro. Todo el libro, digo. Y hay que tener en cuenta que a esta novela le han llovido los premios. ¿Cómo una obra como esta, sembrada de pasajes geniales, de narraciones alucinadas, de viajes insólitos, ha acabado con la paciencia de avezados lectores? En primer lugar, porque a esos lectores no les da el día ni la semana ni el mes para leer tanta novedad. El mercado editorial está desatado, no dejan de aparecer libros esenciales, impostergables, definitivos. En segundo lugar, se entiende esta impaciencia o descreimiento porque este es un libro grande, enorme, tan desmesurado que junto a sus muchas virtudes brotan, como malas hierbas, párrafos, incluso capítulos, que parecen no ir a ninguna parte. No es que esta sea una historia lineal, ni esperamos eso de ella. Pero tampoco podemos aceptarlo todo. La novela como género es una paella, y hay malas novelas como hay chiringuitos cutres. En el caso que nos ocupa, las malas hierbas son como esas manchitas del ojo que estropean una puesta de sol: molestias sin importancia. Más de una vez he levantado la vista, con el libro abierto, manoteando el aire oscuro de mi cabeza, tratando de encontrar la causa de un deleite extraordinario. Pocas veces me ocurre. Creo que, al igual que ocurre con la creación poética, el vínculo con un libro leído, el motivo por el que ese libro nos sigue hablando tras cerrar sus tapas, consiste en una imagen, un pensamiento, una idea; la perla o prisma que engloba y muta el mundo; el momento en el que todo se olvida, todo se vacía para abarcar un detalle, una anécdota en la que todo, en fin, se resume y recuerda. (Lo mismo ocurre con una canción, una película, una pintura, un amor, un trauma). Solenoide contiene varias, y todas ellas consiguen, además, entrelazarse, replicarse, ir de la mano, lejos la una de la otra, como notas de un mismo acorde. Nada de este entusiasmo —que espero haberles transmitido— habría sido posible sin la traducción imposible de Marian Ochoa de Eribe, quien de principio a fin logra que leamos rumano en español, o español con acento del este; no sé cómo decirlo sin que parezca una perogrullada. De aquí se sale con ganas de seguir leyendo a Cartarescu y más sabiendo, como he sabido luego, que todos sus libros cuentan, de manera más o menos velada, las mismas historias, la misma música.

Rafa Castaño

El Nix

El Nix
Nathan Hill
Editorial Salamandra
 
Samuel no sabía que su madre se marchaba. No sabía que ya llevaba muchos meses marchándose: en secreto, por partes. Se había ido llevando objetos de casa, uno a uno. Un único vestido de su armario. Luego una foto suelta del álbum. Un tenedor del cajón de los cubiertos. Un edredón de debajo de la cama. Cada semana se llevaba algo. Un jersey. Unos zapatos. Un adorno navideño. Un libro. Poco a poco, su presencia en la casa se fue minimizando.
Llevaba ya casi un año así, cuando Samuel y su padre empezaron a notar algo, una especie de inestabilidad, una sensación de merma desconcertante, inquietante y a veces incluso siniestra, que los asaltaba cuando menos lo esperaban. Echaban un vistazo a la estantería y pensaban: “¿No teníamos más libros?” Al pasar por delante de la vitrina donde se guardaba la vajilla tenían la certeza de que faltaba algo. Pero ¿qué? No lograban ponerle nombre a aquella impresión de que los detalles de sus vidas se estaban reorganizando. No comprendían que si ya no comían guisos preparados en la olla de cocción lenta era porque esa olla ya no estaba en la casa. 

 
Creo que era James Salter quien comentaba que en sus conversaciones con otros escritores muchas veces salía a relucir el tema de si se había escrito ya la gran novela americana o quién había estado más cerca de conseguirlo. Es algo subjetivo, como todas las opiniones que puedan girar en torno a una obra de ficción. Sin embargo, en mi humilde opinión, El Nix de Nathan Hill sí que llegará a considerarse como una de las grandes novelas americanas. 
Para aclarar un poco las cosas con el título, digamos que el Nix es un personaje de la mitología nórdica y que puede atraparte toda la vida, como es el caso del protagonista, Samuel, cuyo Nix es su propia madre, que lo abandona siendo niño y esa tragedia lo acompaña hasta su vida adulta, momento del reencuentro entre ambos. Y ése es el núcleo en torno al que gira la novela, saber por qué Faye abandonó a su hijo y a su marido, la vida que llevaba y volver a aparecer años después siendo una perfecta desconocida y mezclada en un caso de agresión a un político.
También los otros personajes que transitan la novela tienen su Nix particular, todos ellos desarrollados de manera magistral, con su propia historia detrás, que siempre te dejan con las ganas de saber qué les ocurrió, les ocurre o les ocurrirá, porque así de absorbente es esta obra, que no te da ni un segundo de tregua. 
Esta novela es un monstruo que lo abarca todo. Cada capítulo suele desarrollar la historia de alguno de los personajes, ellos son la trama fundamental que hilvana todo el armazón y Hill juega maestralmente con ello, dejándonos siempre con la intriga y con la necesidad de seguir leyendo más sobre cada uno de ellos, ansiosos por saber cómo continúa su historia hasta que Hill nos secuestre en la siguiente esquina que giremos y nos arroje a otro mar para el que no estábamos preparados y del que tampoco queramos salir.
Por favor no se asusten de sus 700 páginas, si consiguen vencer ese miedo se encontrarán con una novela ágil, increíble, que se lee prácticamente de un tirón, con la que no dudarán en quedarse un rato más leyendo antes de irse a dormir, con la que se divertirán oyendo hablar a sus personajes y de la que podrán hablar mucho antes de que lo hagan sus amigos cuando vean la serie que prepara sobre el libro J.J. Abrams con Meryl Streep como protagonista.

Manuel Reyes

Diarios

Diarios
Iñaki Uriarte
Pepitas de calabaza

He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Sólo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos.

Nuestro país no es ningún ejemplo para el mundo en lo que a la literatura diarística se refiere. Complejos, falta de libertad, venalidad pura y dura, será un poco de todo, qué sé yo. Pero cada uno a su manera y con sus defectos, admiro los diarios de:
1. Trapiello, cuyo Salón de pasos perdidos ya he recomendado por aquí.
2.  Pla, aunque no hayan resistido demasiado bien el paso del tiempo, que hay que tener ganas para leer ahora a alguien que está todo el santo día viendo la mota en el ojo ajeno y a quien de una mujer apenas si le interesa desnudarla con la mirada y fantasear con ella si comparten viaje en autobús.
3. José Luis García Martín, a pesar de su ¿cicatería?
4. Laura Freixas y su brutal sinceridad. Pero una no lee diarios para admirar a nadie. Si yo militara en Greenpeace, haría un lote con su Todos llevan máscara (Errata Naturae) y Correo literario (Nørdica, Wislawa Szymborska) y los vendería juntos. Evitarían mucha tala innecesaria, esa que reduce los árboles a libros.
5. E Iñaki Uriarte, de quien Pepitas de Calabaza ya ha publicado tres volúmenes impagables. De estas páginas me gustan hasta sus andares. Por fin, te dices, he aquí unos diarios que nos debía el tiempo y la justicia. Pero no me equivoco y sé que no: los diarios de este hombre son tan buenos que aún no nos los merecemos. No mientras la mejor literatura en nuestro país de un escritor vivo la esté tirando, de poquito a poquito y con mucho esfuerzo, una pequeña editorial riojana…

Belén Rubiano

El baile

El baile
Irène Némirovsky
Salamandra

De nuevo Antoinette se echó a llorar, pero más quedo, saboreando las lágrimas que se le colaban por las comisuras de la boca; un extraño placer la invadió bruscamente: por primera vez en la vida lloraba así, sin muecas, ni hipos, silenciosamente, como una mujer… Más adelante, derramaría las mismas lágrimas por un amor… 

La obra de Irène Némirovsky volvió para no volver a marcharse, consiguiendo el voto unánime de lectores rasos, libreros y críticos de lengua bífida sobre el tremendo valor de sus textos y así, de paso, rescatarla de una cámara de gas en Auschwitz para ocupar el lugar que merece.
El baile se digiere en un único bocado por su brevedad, pero hay quien lo engulle directamente y hay quien lo saborea o incluso muerde un par de veces antes de hacerlo pasar por la garganta. En el primero de los casos nos quedaremos con la imagen de la pobre Antoinette, anulada y frustrada en su juventud que asoma por todos los que la rodean y la reducen a una mota de polvo. Sentimientos que la llevarán a la venganza dejando a su pretenciosa familia, ciega a todo lo que no los conduzca al reconocimiento de la alta sociedad parisina, a la más terrible humillación según las leyes de la alta y rancia alcurnia.
Pero aquellos que presten un poco más de atención notarán los pedruscos que la autora de Suite francesa nos ha colado bajo la alfombra. La (no) relación con el otro / los otros, desaparecidos de las pocas páginas que reúne el texto y que condicionan todo lo que sucede en ellas, porque la ausencia también nos habla y nos esculpe con sus silencios, y eso le ocurre a cualquiera de tus vecinos, del primero al octavo piso.
Némirovsky demuestra verdadera maestría al mostrarnos todo eso a través de unos personajes esbozados en un momento muy concreto de sus vidas con todo su lastre, y que además parecen estar en los extremos opuestos del mundo. Pero no. Hay más, bastante más. Y sólo hace falta un ratito para darse cuenta.

María Pérez Cordero

Magnetizado

Magnetizado
Carlos Busqued
Anagrama

– ¿El demonio no inspira los actos malos?
– Si yo pensara eso, sería cristiano. La maldad está en uno, no en la religión. La persona que tiene un costado oscuro… no necesariamente tiene que ser un malvado en su vida. El concepto de que yo, para adorar a Satán, tengo que ser un hijo de puta es un concepto cristiano. Es como decir que la juventud se va a la mierda porque escucha rocanrol. Se va a la mierda por otras mil cosas, no por el rocanrol.

1. En 1982 Ricardo Melogno era un veinteañero ensimismado y taciturno de Buenos Aires que en cuatro noches muy seguidas mató a cuatro taxistas de un disparo en la frente. Lo hizo desde el asiento de atrás de los taxis, en el momento en el que los cuatro hombres se giraron para comunicarle el importe de la carrera una vez llegados al destino solicitado. Tras acompañarlos en el tránsito de morir mientras se fumaba un cigarrillo, Melogno se marchaba caminando llevándose la documentación personal de los muertos. Nunca les cogió dinero.
2. Cuatro noches, luego paró.
3. En una especie de cobertizo que tenía su padre y en el que a Melogno le gustaba pasar horas escondido, montó una especie de altarcito con las fotografías de los muertos. Para que no le vinieran a hundir desde la muerte o algo así.
4. Su padre, tras descubrir el esotérico altar con los mismos rostros que llenaban la primera plana de los periódicos de aquellas semanas, fue a la policía y lo contó. Melogno confesó sin dilaciones. Sí, había sido él. No, no tenía la menor idea de por qué lo había hecho.
5. Cumplió su condena, pero aún sigue preso. Por cierto, ¿alguien sabe de qué hablamos cuando hablamos de justicia humana?
6. A quienes les interese, como a mí, cualquier libro en el que un fulano dado (Carlos Busqued en éste caso. Argentina, 1970) intenta descifrar el porqué de un cómo y un cuándo determinados sin importarle la respuesta final, van a disfrutar de esta rescritura de más de noventa horas de conversación con ¿un monstruo? muy honrado que no quiere o no sabe pronunciar las palabras mágicas que le devuelvan al hipotético universo de Antes y Nada.
7. He visto por ahí algunas comparaciones con A sangre fría (Capote) o El adversario (Carrère), pero yo no les encuentro justificaciones ni paralelismos a esa supuesta afinidad. Sí los veo (y muy marcados) con un texto extraordinario, poderosísimo, terrible e inclasificable: Ataúdes tallados a mano (dentro de Música para camaleones, de Truman Capote). Otra cosa es que lo recomiende, que no es eso, ya que tendría que estar segura que me vais a perdonar el terror (adicional al estipulado en el contrato de estar vivos) con el tendréis que lidiar tras su lectura. Por si el antídoto reside en la costumbre yo suelo releerlo cada tanto, pero no hay modo y mucho me temo que hasta sea peor…

Belén Rubiano